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BLOG DEL VIAJE A PARÍS EN AUTOCARAVANA por A. López
 
Directorio

VIAJE A PARÍS EN AUTOCARAVANA

INTRODUCCIÓN

Parada en Castilla

Emprender un viaje a París en autocaravana durante diez días es una experiencia única que combina la emoción de la ruta con el encanto incomparable de la capital francesa. Este tipo de viaje permite disfrutar del trayecto tanto como del destino, recorriendo paisajes cambiantes, pueblos pintorescos y regiones llenas de historia antes de llegar a la majestuosa ciudad de la luz. La autocaravana ofrece libertad y comodidad, permitiendo detenerse en lugares con encanto, probar la gastronomía local y descubrir rincones menos conocidos del camino. Una vez en París, la aventura continúa entre monumentos emblemáticos, calles llenas de vida y una atmósfera cultural inigualable. Durante estos diez días, cada jornada se convierte en una oportunidad para vivir nuevas experiencias, combinar naturaleza y ciudad, y disfrutar del placer de viajar sin prisas, con la flexibilidad que solo la autocaravana puede ofrecer.

Día 22 de septiembre (lunes)
Ruta: Madrid-Zumaia

 

Ría de Zumaia

Hoy comenzamos una nueva aventura camino al centro de Francia. Después de preparar todo y repostar a tope en el Plenoil a un precio de 1.249€ que seguramente no volveremos a disfrutar en todo el viaje.

Nuestra primera etapa es Zumaia está en el corazón de País Vasco. Últimamente salía en muchas fotos y tenía ganas de descubrirla.

El camino ha sido tranquilo sin muchas novedades. Me ha llamado la atención la a cantidad de tierras cultivadas de girasol que estaban muy secas y he pensado que estaban perdidas y luego he descubierto que en esta parte todavía no lo han cosechado.

Hoy comienza el otoño y mirando el color de las nubes me he dado cuenta que cambiamos de estación. El blanco brillante y azulado ha pasado a toda la gama de grises.

Puente sobre la ría de Zumaia

A principio de la tarde llegamos a Zumaia con un sol intermitente y radiante. Aparcamos en el parking del puerto que está al otro lado de la ría, es gratuito GPS N43.295873 W2.253578 . Ya es otoño y al parecer ha dejado de funcionar un pequeño barco que por 1 euro te la cruza.

Lo primero que vemos es su iglesia de san Pedro, se ve desde cualquier punto pues está en la parte alta GPS N 43.2970709 W2.2570617 .

La Iglesia de San Pedro de Zumaia, situada en el casco antiguo de esta localidad costera del País Vasco, es uno de los templos góticos más destacados de Gipuzkoa. Construida entre los siglos XIII y XVI, se levanta sobre una pequeña colina con vistas al mar, lo que le confiere una posición estratégica tanto defensiva como simbólica. Su estructura maciza y austera, con muros de piedra gruesos y contrafuertes potentes, refleja el carácter fortificado propio de muchos templos vascos de la época, que servían no solo como lugares de culto, sino también como refugio para la población en tiempos de conflicto.

Iglesia de San Pedro de Zumaia

El edificio presenta una sola nave de grandes proporciones, cubierta con bóvedas de crucería y rematada por un ábside poligonal. En su interior destaca la sensación de verticalidad y la sobriedad decorativa, que resalta aún más la monumentalidad del espacio. El retablo mayor, de estilo barroco, alberga imágenes de gran valor artístico, entre las que sobresale la figura de San Pedro, patrón de Zumaia. La iluminación natural, que penetra por los ventanales ojivales, crea un ambiente recogido y solemne.

A lo largo de los siglos, la iglesia ha sufrido diversas reformas y restauraciones que han respetado su esencia gótica, al tiempo que han incorporado elementos de otros estilos. En el exterior, su torre campanario y la portada apuntada son rasgos característicos que dominan el perfil del casco antiguo. Hoy en día, la Iglesia de San Pedro no solo es un lugar de culto, sino también un símbolo histórico y cultural de Zumaia, visitado por numerosos turistas que se acercan atraídos por su valor artístico.

Nave de la Iglesia de San Pedro de Zumaia

La Iglesia de San Pedro de Zumaia alberga en su interior un notable conjunto de obras de arte que reflejan la historia, la devoción y la evolución estética de la comunidad a lo largo de los siglos. La pieza más destacada es el retablo mayor barroco, realizado en el siglo XVII y dedicado a San Pedro Apóstol, patrón de la villa. Este retablo, de gran riqueza ornamental, está decorado con columnas salomónicas, relieves dorados y escenas de la vida del santo. En su centro se encuentra la imagen de San Pedro con las llaves del cielo, símbolo de su autoridad espiritual, acompañada de esculturas de otros santos y apóstoles trabajadas con gran expresividad y detalle.

Entre las capillas laterales destaca la que alberga la escultura de la Virgen del Rosario, una talla barroca de gran devoción popular que representa a la Virgen con el Niño, ambos coronados y vestidos con ropajes ornamentados. Esta imagen ha sido tradicionalmente protagonista de procesiones y actos religiosos en Zumaia. En otro punto del templo se conserva un Cristo Crucificado de estilo gótico tardío, tallado en madera policromada y datado en el siglo XV, que llama la atención por la intensidad de su expresión y el realismo de su anatomía.

Retablo Mayor de la Iglesia de San Pedro de Zumaia

El templo cuenta también con un órgano romántico del siglo XIX, que sigue en uso y es muy apreciado por su sonoridad y excelente conservación. Además, las vidrieras modernas aportan luz y color al interior, representando escenas bíblicas y motivos simbólicos que se integran armoniosamente con la arquitectura gótica del edificio. Junto a ellas, se conservan diversos elementos decorativos como relieves en piedra y madera, escudos heráldicos y detalles escultóricos que enriquecen la atmósfera del conjunto.

Recorrido por el Flysch de Zumaia

Después nos disponemos hacer un recorrido circular de unos dos kilómetros por la zona que llaman Flych de Zumaia. Este lugar se ha hecho tan famoso que vienen hasta los free tours.

Nosotros al parecer lo hacemos a la inversa GPS N43.298011 W2.262914 y terminamos en la ermita de San Telmo, desde donde la panorámica es más espectacular.

El recorrido por el Flysch de Zumaia es una de las experiencias más impresionantes que se pueden disfrutar en la costa vasca. Este paisaje geológico único, situado entre Zumaia, Deba y Mutriku, forma parte del Geoparque de la Costa Vasca y es reconocido internacionalmente por su extraordinario valor científico y natural. El flysch está compuesto por una sucesión de capas de roca sedimentaria que se formaron en el fondo del mar hace más de 60 millones de años. Cada estrato representa un fragmento de la historia de la Tierra, conservando en sus pliegues información sobre antiguos océanos, cambios climáticos y extinciones masivas, incluida la que marcó el final de los dinosaurios.

Paisaje del Recorrido por el Flysch de Zumaia

El recorrido comienza habitualmente en el puerto de Zumaia, desde donde se puede acceder al sendero litoral que conduce a la playa de Itzurun, uno de los puntos más emblemáticos del flysch. Desde este lugar, los acantilados muestran con claridad las capas rocosas verticales que parecen gigantescos libros de piedra. El contraste entre las formaciones geológicas y el intenso azul del mar Cantábrico crea un paisaje espectacular que ha servido de escenario a películas y series, entre ellas Juego de Tronos.

A lo largo del recorrido, el visitante puede detenerse en varios miradores que ofrecen vistas panorámicas sobre los acantilados y el litoral. Uno de los más conocidos es el mirador de Algorri, desde donde se obtiene una perspectiva inmejorable de la sucesión de estratos y de la erosión marina que los ha modelado durante millones de años. También se encuentra allí el Centro de Interpretación de Algorri, que explica de forma didáctica el origen del flysch, su composición y la importancia de su conservación.

Acantilado del recorrido por el Flysch de Zumaia

El camino puede continuarse hacia el oeste en dirección a Deba, siguiendo el Sendero del Flysch, una ruta de gran interés geológico y paisajístico que combina tramos costeros con zonas rurales. Durante el recorrido es posible observar fósiles marinos, pequeñas calas escondidas y formaciones rocosas de formas caprichosas esculpidas por el viento y el oleaje.

Este itinerario no solo ofrece una lección de geología al aire libre, sino también un contacto directo con la naturaleza en uno de los entornos más bellos del País Vasco. Realizar el recorrido por el Flysch de Zumaia permite comprender mejor la historia de nuestro planeta mientras se disfruta de un paisaje de impresionante belleza, donde el tiempo parece haberse detenido en las rocas que guardan la memoria de millones de años.

Capas Recorrido por el Flysch de Zumaia

El paisaje desde la ermita de San Telmo de Zumaia es uno de los más sobrecogedores y emblemáticos de la costa vasca. Situada sobre un acantilado que se alza majestuoso sobre la playa de Itzurun, esta pequeña ermita blanca dedicada al patrón de los marineros ofrece una panorámica inigualable del flysch y del mar Cantábrico. Desde su mirador, el visitante puede contemplar cómo las capas de roca se hunden en el océano formando pliegues y líneas paralelas que parecen dibujar la historia de la Tierra sobre la superficie del acantilado.

A la derecha, se extiende la playa de Itzurun, con su arena dorada y sus imponentes paredes rocosas que alcanzan alturas de hasta 150 metros. El contraste entre el azul profundo del mar, el verde intenso de las praderas y el gris de las formaciones geológicas crea un paisaje de una fuerza visual impresionante. En los días de mar agitado, las olas rompen con violencia contra las rocas, mientras que en momentos de calma el horizonte se vuelve sereno y luminoso, ofreciendo una estampa de gran belleza.

Playas del recorrido por el Flysch de Zumaia

Hacia el oeste, la vista se prolonga en dirección a Deba, siguiendo la línea de acantilados que forman el Geoparque de la Costa Vasca. En días despejados, es posible distinguir incluso el perfil de los montes del interior, que cierran el paisaje con su silueta suave. La ermita de San Telmo, construida en el siglo XVI, añade un toque de sencillez y espiritualidad al entorno. Su blanca fachada destaca sobre el verde de la colina, y su presencia evoca la profunda relación entre el pueblo de Zumaia y el mar.

El lugar invita al silencio y a la contemplación. Es habitual ver allí a visitantes, peregrinos y fotógrafos que se detienen para admirar la inmensidad del paisaje, especialmente al atardecer, cuando la luz del sol tiñe los acantilados de tonos dorados y rojizos. Este rincón, cargado de simbolismo y belleza natural, se ha convertido en un icono de Zumaia y en uno de los puntos más fotografiados del litoral vasco. El paisaje desde la ermita de San Telmo no solo ofrece una vista espectacular, sino también una conexión íntima con la naturaleza y con el espíritu marinero que define la identidad de la villa.

Ermita de San Telmo en el recorrido por el Flysch de Zumaia

La Ermita de San Telmo de Zumaia es uno de los lugares más emblemáticos y pintorescos de la costa vasca GPS N 43.2993392,-W2.2619564. Situada en un enclave espectacular, sobre un acantilado que domina la playa de Itzurun, esta pequeña ermita blanca se ha convertido en símbolo del pueblo y en uno de los rincones más visitados del Geoparque de la Costa Vasca. Dedicada a San Telmo, patrón de los marineros, refleja la profunda relación que los habitantes de Zumaia han mantenido históricamente con el mar, fuente de vida, sustento y también de peligro.

El origen de la ermita se remonta al siglo XVI, aunque ha sufrido diversas reformas a lo largo de los siglos debido a los daños causados por el viento y la erosión del acantilado. Su estructura es sencilla: una nave rectangular cubierta por un tejado a dos aguas y una pequeña espadaña que corona la fachada principal. El interior es austero, con paredes encaladas y un pequeño retablo que alberga la imagen de San Telmo, representado como un fraile dominico con un barco en la mano, símbolo de su protección sobre los navegantes.

Interior de la ermita san Telmo recorrido por el Flysch de Zumaia

Más allá de su valor religioso, la ermita destaca por su ubicación privilegiada. Desde su entorno se disfruta de una de las panorámicas más impresionantes del litoral guipuzcoano: los acantilados del flysch, las aguas del Cantábrico y las suaves colinas verdes que rodean Zumaia. Este paisaje, de una belleza natural extraordinaria, ha convertido el lugar en punto de encuentro para visitantes, peregrinos y amantes de la fotografía.

La Ermita de San Telmo ha cobrado también relevancia cultural y popular gracias a su aparición en producciones audiovisuales, como la película Ocho apellidos vascos (2014), que mostró al mundo la espectacular vista desde el acantilado. Además, cada año, durante las fiestas locales, se celebra una romería en honor a San Telmo, en la que los vecinos acuden a la ermita en procesión para rendir homenaje a su patrón y pedir protección para los marineros.

Ermita de San Telmo en el recorrido por el Flysch de Zumaia

Decidimos saltarnos la puesta de sol en este punto porque las nubes son amenazantes y efectivamente nos sorprende la lluvia, pero ya dentro de nuestra autocaravana.

Ermita de San Telmo en el recorrido por el Flysch de Zumaia

Día 23 de septiembre
Ruta: Zumaia-La Brede-La Souterraine

Amanece en la Ría de Zumaia

La noche ha sido muy agitada, es uno de los días que nos sentimos vulnerables porque aunque estamos en un sitio muy seguro, la lluvia torrencial nos hace pasar una noche de sueño intermitente, por momentos imaginamos nadando por la ría como una barca. Afortunadamente son solamente imaginaciones porque la lluvia en minutos arreciaba y volvía a empezar.

Amanece que no es poco y nos damos cuenta que estamos donde debíamos de estar, en el mismo lugar. El puerto y el río de Zumaia constituyen el corazón histórico y paisajístico de esta localidad costera del País Vasco, donde confluyen la tradición marinera, la vida cotidiana del pueblo y un entorno natural de gran belleza. Zumaia se asienta en la desembocadura de los ríos Urola y Narrondo, que al unirse forman una pequeña ría antes de abrirse al mar Cantábrico. Este encuentro de aguas dulces y saladas ha marcado el carácter del lugar desde sus orígenes, condicionando su desarrollo urbano y su vinculación con la pesca y la navegación.

Puerto de Zumaia

El río Urola, que nace en el interior de Gipuzkoa, recorre verdes valles y pequeños pueblos antes de llegar a Zumaia, donde se ensancha y forma un estuario tranquilo rodeado de colinas y vegetación. A lo largo de su curso final se extiende un paseo fluvial muy frecuentado por vecinos y visitantes, ideal para disfrutar del paisaje, observar las aves marinas y contemplar el reflejo de las casas y embarcaciones sobre el agua. En sus orillas se combinan las antiguas casas de pescadores con modernos edificios, muelles y pequeñas dársenas.

El puerto de Zumaia, tradicionalmente pesquero, ha sido durante siglos el motor económico del municipio. Antiguamente, sus muelles estaban llenos de barcos dedicados a la pesca de bajura, como el bonito, la sardina o la anchoa. Aunque hoy la actividad pesquera ha disminuido, el puerto conserva su encanto y sigue siendo punto de partida para pequeñas embarcaciones y para los barcos turísticos que recorren el flysch de la Costa Vasca, ofreciendo una perspectiva única de los acantilados desde el mar.

Puerto de Zumaia

En la zona portuaria se encuentran también varios astilleros, herederos de una larga tradición de carpintería de ribera, y un puerto deportivo moderno que atrae a navegantes y visitantes. Sus muelles albergan restaurantes y bares donde se puede degustar pescado fresco y observar el ir y venir de las embarcaciones, especialmente al atardecer, cuando la luz dorada se refleja en el agua y crea una atmósfera tranquila y pintoresca.

El conjunto formado por el río y el puerto de Zumaia representa la esencia marinera del pueblo: un espacio donde confluyen historia, naturaleza y vida cotidiana. Pasear por sus orillas o contemplar el horizonte desde sus muelles permite comprender la estrecha relación entre Zumaia y el mar, una conexión que ha modelado su identidad y que sigue siendo parte fundamental de su encanto.

Ría de Zumaia

Nuestra primera prioridad es repostar combustible de una forma económica, muy cerca tenemos una estación de la marca Avía GPS N43.273577 W2.274180, que por 1,37€ el litro llenamos el depósito.

Entrada en Francia

Cruzar la frontera no es tarea fácil, afortunadamente los camiones ocupan kilómetros del carril derecho con una señal que los prohíbe adelantar y de esta manera el resto de vehículos podemos llegar a Francia.

Nuestro primer destino es el pueblo de La Brede que tiene como interés el Chateaux de Brede, es el típico dominio por designación real que se crea con la construcción de un Palacio para la explotación del vino. Mala suerte en la entrada han puesto una pegatina que los martes está cerrado.

Aparcamos en el pueblo de La Brede para visitarlo vemos un hueco a la entrada del parking GPS N44.681647 W0.524077, es gratuito, y no tiene limitaciones.

Damos una vuelta por el pueblo y comprobamos que tiene una inmejorable entidad. La Brède es una pequeña localidad situada en el departamento de Gironda, en la región de Nueva Aquitania, al suroeste de Francia, a unos 25 kilómetros al sur de Burdeos. Es un lugar de gran encanto, rodeado de viñedos y paisajes típicos de la campiña bordelesa, pero su fama se debe sobre todo a ser la cuna de Charles-Louis de Secondat, barón de La Brède y de Montesquieu, uno de los grandes pensadores de la Ilustración.

Iglesia de San Juan Bautista de La Brède

La iglesia de san Juan se encuentra dentro del Camino de Santiago francés. Nos sorprende la portada y los tres ábsides románicos. El interior nos desconcierta mucho y tendremos que profundizar más adelante.

La Iglesia de San Juan Bautista de La Brède (Église Saint-Jean-Baptiste de La Brède) GPS N 44.6817048 W0.5276409 es uno de los monumentos más representativos de esta localidad del suroeste de Francia, situada en el departamento de Gironda, cerca de Burdeos. Ubicada en el centro del pueblo, muy próxima al Castillo de La Brède, la iglesia forma parte del patrimonio histórico y religioso de la región, reflejando la evolución arquitectónica y espiritual de la comunidad desde la Edad Media.

El templo fue construido originalmente en el siglo XII, en estilo románico, aunque ha sufrido varias ampliaciones y reformas a lo largo de los siglos, especialmente durante los períodos gótico y neogótico, lo que explica la mezcla de estilos que presenta en la actualidad. Su estructura conserva una nave única con bóvedas de crucería y un ábside semicircular, característico del románico primitivo de Aquitania. En el exterior destaca la fachada occidental, sobria y elegante, coronada por una torre campanario cuadrada que se eleva sobre el conjunto y domina el perfil del pueblo.

Interior de la Iglesia de San Juan Bautista de La Brède

El interior de la iglesia, sencillo pero armonioso, invita al recogimiento. Sus muros de piedra clara y la luz que entra a través de las vidrieras crean una atmósfera serena. Algunas de estas vidrieras, añadidas en el siglo XIX, representan escenas de la vida de San Juan Bautista, patrón del templo, así como motivos religiosos tradicionales. El altar mayor y varios elementos decorativos, como los capiteles y los relieves, conservan el encanto del arte medieval y la sobriedad típica de las iglesias rurales francesas.

La Iglesia de San Juan Bautista ha sido objeto de restauraciones en los últimos siglos para garantizar su conservación, manteniendo su función como lugar de culto y también como espacio cultural y patrimonial. En su interior se celebran oficios religiosos, conciertos de música sacra y actividades vinculadas a la vida local.

Además de su valor arquitectónico, la iglesia tiene un fuerte vínculo histórico con el Castillo de La Brède y con Montesquieu, quien fue bautizado en este templo en 1689. Este hecho añade un interés especial al lugar, convirtiéndolo en un punto de referencia tanto para los amantes de la historia como para quienes siguen los pasos del célebre filósofo ilustrado.

Ábside de la Iglesia de San Juan Bautista de La Brède

En el pueblo hay una Bulangerie con muy buena pinta y veníamos comentando que los franceses desayunan dulcemente y nosotros en salado. Pues nada nos aprovisionamos para mañana desayunar a la francesa.

La Souterraine Francia

Decidimos continuar el viaje hasta nuestro siguiente destino La Subterraine, está a 250 km. por carreteras alejadas de los peajes y eso se paga. Entre unas cosas y otras llegamos al parking a las 21,00 horas, ya al borde del ataque de nervios, no muy propio de una pareja ya senior.

Tenemos suerte porque el parking para autocaravanas tiene reservadas dos plazas para autocaravanas y una es la nuestra, es gratuita GPS N46.24066 E1.484107 .

La Souterraine es una pequeña ciudad situada en el departamento de Creuse, en la región de Nueva Aquitania, en el centro de Francia. Se encuentra en una zona rural caracterizada por colinas suaves, bosques y prados, formando parte del paisaje típico de la Limousin, conocido por su tranquilidad y patrimonio histórico. La ciudad cuenta con una rica historia que se remonta a la Edad Media, y su nombre, “Souterraine”, hace referencia a las galerías subterráneas que se encuentran bajo el casco antiguo, vinculadas a su pasado defensivo y religioso.

Día 24 de septiembre (miércoles)
Ruta: La Souterraine-Neuvy Saint Sepulcre-Chartres

Puerta de san Juan La Souterraine Francia

La noche ha sido especial, ayer cite la vulnerabilidad de las autocaravanas en determinados lugares y ayer vivimos una noche especial, nada más meternos en la cama medio dormidos escuchamos un estruendo en el techo, no entendemos nada de lo sucedido como si nos hubieran tirado algo. Las luces de la plaza están totalmente apagadas, seguramente la luz se había cortado en todo el pueblo, con la linterna intentamos saber o comprender que había pasado, pronto deducimos que las dos plazas de aparcamiento están situadas bajo un enorme castaño y en los laterales el suelo está lleno de castañas, comprendemos que han caído desde lo más alto un racimo de castañas y han golpeado hasta explotar y rodar por nuestro techo. Adelanto un poco el vehículo para alejarme del castaño, pero durante la noche la escena se ha repetido pero con menor intensidad.

Puerta de San Juan La Souterraine Francia

Amanece que no es poco la temperatura exterior es de 10 grados y lloviendo con ganas, mal clima para ver este pueblo.

Comenzamos la visita a La Subterraine por la Puerta de san Juan GPS N46.2373043 E1.4860809 , es la única que queda de las ocho entradas a la ciudad medieval, es del siglo XIII.

Entre los monumentos más representativos de La Souterraine destaca la Porte Saint-Jean, una de las puertas que formaban parte del sistema defensivo de la villa fortificada.

La Porte Saint-Jean fue construida entre los siglos XIII y XV como parte de las murallas que protegían la ciudad. Su estructura imponente, de unos veinte metros de altura, está flanqueada por dos torrecillas redondas con ménsulas en las esquinas, coronadas por almenas y matacanes. Estas características la convierten en un excelente ejemplo de la arquitectura militar medieval francesa. En el siglo XV, la puerta fue modificada y elevada, lo que le dio el aspecto que conserva hoy. Sobre el arco principal aún se pueden observar los restos del antiguo mecanismo del puente levadizo, que servía para controlar el acceso a la villa y defenderla de posibles ataques.

Iglesia de Nuestra Señora La Souterraine Francia

De las murallas originales que rodeaban La Souterraine, solo se conserva un tramo de unos trece metros de altura conectado con la puerta. Este fragmento permite imaginar la magnitud de las fortificaciones que en su día protegieron la población. La Porte Saint-Jean no solo tenía un papel militar, sino también simbólico, ya que era el punto de entrada para comerciantes, viajeros y peregrinos que atravesaban la región.

Muy cerca está la iglesia de Nuestra Señora GPS N46.237609 E1.4851476 , es una verdadera joya románica del siglo XII y se terminó en el siglo XIII ya en los inicios del gótico. Tiene un aspecto de fortaleza, no podemos ver la cripta porque solamente abre en verano. Nos llama la atención el pavimento es el original, en muy pocas iglesias se puede ver en la actualidad.

Portada de la iglesia de Nuestra Señora La Souterraine Francia

La Iglesia de Notre-Dame de La Souterraine es uno de los monumentos más notables del centro de Francia y un magnífico ejemplo de la transición entre el arte románico y el gótico. Se encuentra en el corazón de la localidad de La Souterraine, en el departamento de Creuse, dentro de la región de Nouvelle-Aquitaine. Su construcción comenzó en el siglo XI y se prolongó hasta el XIII, sobre el emplazamiento de un antiguo santuario galorromano, lo que refleja la larga continuidad espiritual del lugar.

El nombre de la ciudad, “La Souterraine”, que significa “la subterránea”, procede de las galerías y pasajes que se extienden bajo la iglesia, donde se encuentra una cripta de gran valor histórico. Este espacio subterráneo, utilizado desde tiempos antiguos con fines religiosos, contribuyó a forjar el carácter místico y legendario del templo.

Naves de la iglesia Nuestra Señora La Souterraine Francia

Arquitectónicamente, la iglesia destaca por su sólida estructura de granito y por la perfecta combinación de elementos románicos y góticos. Su fachada occidental presenta arcos esculpidos y capiteles decorados con motivos vegetales, mientras que en el interior sobresale la amplitud de la nave, sostenida por robustos pilares y bóvedas de crucería que transmiten una sensación de altura y luminosidad. La cripta, situada bajo el altar mayor, conserva restos de edificaciones anteriores y testimonios de culto primitivo.

Durante la Edad Media, Notre-Dame de La Souterraine fue un importante lugar de peregrinación y punto de paso para los caminantes que se dirigían hacia las rutas del Camino de Santiago. Su aspecto fortificado, con muros gruesos y torres defensivas, también evidencia su función protectora en épocas de conflicto.

Capiteles iglesia Nuestra Señora La Souterraine Francia

La Iglesia de Notre-Dame de La Souterraine, además de su valor arquitectónico, alberga en su interior un notable conjunto de obras de arte que reflejan su larga historia y la evolución del arte religioso en Francia. Una de las piezas más destacadas es su portada occidental, adornada con arquivoltas polilobuladas de gran finura decorativa. Este elemento, que combina influencias románicas y góticas con detalles de inspiración mozárabe, constituye una verdadera joya escultórica y da acceso al templo a través de un arco majestuoso lleno de simbolismo.

En el interior, los capiteles y modillones esculpidos merecen especial atención. Tallados en piedra, representan motivos vegetales, figuras humanas y rostros grotescos que evocan los siete pecados capitales y otras alegorías morales propias del arte medieval. Estas esculturas, que decoran columnas y cornisas, servían no solo como adorno, sino también como instrumento pedagógico para los fieles, transmitiendo enseñanzas religiosas mediante imágenes comprensibles para todos.

Vitral de la iglesia Nuestra Señora La Souterraine Francia

Uno de los espacios más antiguos y enigmáticos del conjunto es la cripta, situada bajo el coro y el transepto. Este recinto subterráneo se asienta sobre los restos de una antigua necrópolis galorromana, y conserva tumbas y vestigios arqueológicos de gran valor. En la actualidad, la cripta acoge exposiciones históricas y artísticas, entre las que destaca la instalación contemporánea conocida como “Le Village des Âmes” (“El Pueblo de las Almas”), creada por el artista Robert Pionnier. Esta obra moderna, compuesta por pequeñas figuras y construcciones simbólicas, ofrece una reflexión poética sobre la memoria y la espiritualidad, en diálogo con el pasado sagrado del lugar.

Entre las piezas del mobiliario histórico de la iglesia figura también una campana datada en 1555, inscrita en el inventario del patrimonio francés por su valor histórico y artístico. Además, se conservan diversos objetos litúrgicos y esculturas religiosas, fruto de siglos de devoción, que completan el rico conjunto artístico del templo.

Estela Gagnet iglesia Nuestra Señora La Souterraine Francia

Una leyenda cuenta que en el siglo XVI vivía en La Souterraine un hombre llamado Urbain Gagnet, administrador de tumbas (“fossoyeur”) y también encargado de tocar las campanas (“sonneur de cloches”). Tenía dos hijos (Jérôme y Joachim). En la noche del 24 de diciembre de 1556, Urbain dejó a sus hijos el deber de hacer sonar las campanas en la misa de medianoche, mientras él se aventuraba a explorar un antiguo souterrain (un túnel subterráneo) que, según se decía, estaba oculto en el sitio llamado La Croix des Chemins. Ese sótano subterráneo sólo se abría cada año en el momento de la elevación durante la misa de medianoche, y se cerraba tan pronto dejaba de oírse el tañido de las campanas.

Urbain logró entrar y llenó su bolso ("bissac") con monedas de oro, pero quedó atrapado en el túnel. A lo largo de los días, su cuerpo sufrió transformaciones horribles: su piel se cubrió de una gruesa mousse verde (musgo, moho u otro tipo de vegetación), murciélagos y reptiles se le agarraron al cráneo, insectos caminaron sobre su carne, y batracios y hasta escorpiones poblaron su cuerpo. Pasó un año completo preso en el sótano.

Vitrales de la iglesia Nuestra Señora La Souterraine Francia

Cuando, en Navidad de 1557, el túnel volvió a abrirse, Urbain logró salir con lo que aún quedaba de su carga, pero ya completamente cubierto de aquella mousse. Sus hijos no lo reconocieron al principio, hasta que vieron el contenido del saco. Sin embargo, en lugar de oro, lo que el saco contenía eran huesos humanos. Horrorizados, los hijos lo rechazaron, gritándole que era un espectro del infierno.

El pobre Urbain se arrastró hasta el cementerio, y allí murió en el umbral. Sus hijos lo enterraron tras el pilar izquierdo de la puerta del cementerio, utilizando los huesos que él había traído en el saco. A la mañana siguiente, se decía que en el pilar había quedado grabada la figura de Mousse-Gagnet, como un relieve o huella petrificada de su rostro. Desde entonces, Mousse-Gagnet se convirtió en el fantasma guardián del cementerio, y su figura grabada en piedra servía para asustar a los niños de La Souterraine, que evitaban pasar cerca sin lanzar alguna piedra a la estela.

Damos una vuelta por la calle comercial para tomar el pulso a la población, en estos momentos llueve copiosamente y es bastante incomodo, pero poco más se puede hacer.

Escultura La Souterraine Francia

Marchamos al centro comercial E.Lecler GPS N 46.2388349 E1.4809058 para comprar algunas cosas para comer y repostar y como barato el gazol está a 1.596€, imaginar que por medio depósito casi pagamos 90 euros.

Seguimos nuestro camino hasta el pueblo de Neuvy Saint Sepulcre. Aparcamos en la avenida principal 3 Av. Thabaud Boislareine, 36230 Neuvy-Saint-Sépulchre en un hueco entre casas, gratuito, a unos 200 metros de la iglesia GPS N 46.5945389 E1.810147 .

Basilique Saint-Étienn Neuvy-Saint-Sépulchre Francia

Llegar hasta aquí es para ver una de las joyas de la zona, la Iglesia del Santo Sepulcro GPS N46.5956151 E1.8086008 . Se encuentra dentro del Camino de Santiago y hay que imaginar lo que sentían los peregrinos al ver está réplica de la iglesia de Jerusalén.

La Basilique Saint-Étienne se sitúa en el corazón de la comuna de Neuvy-Saint-Sépulchre, en el departamento del Indre, región Centre-Val de Loire, Francia. Construida originalmente en los siglos XI y XII, empezó como colegiata bajo la advocación de Santiago el Mayor, tras el regreso del señor Eudes de Déols de su peregrinación a Tierra Santa.

En 1257, la iglesia recibió como don valiosas reliquias: gotas del Precioso Sangre de Cristo, lo que reforzó su importancia como centro de devoción y peregrinaciones.

Arquitectónicamente, la basílica destaca por su rotonda central, inspirada en el Santo Sepulcro de Jerusalén. Esta rotonda, de diseño singular en Francia, está coronada por una cúpula puesta sobre una serie de columnas —en total once—, símbolo de los apóstoles tras la traición de Judas.

Interior Basilique Saint-Étienn Neuvy-Saint-Sépulchre Francia

La rotonda, de tres niveles con deambulatorio, se prolonga hacia el este mediante una nave con basí-côtés, cuyos laterales están rematados por tribunas (en parte derruidas del lado norte).

En tiempos modernos fue restaurada por el célebre arquitecto Eugène Viollet-le-Duc, que intervino en su estructura y decoración, incluido el hierro forjado de las puertas y herrajes.

En 1847, tras la destrucción de la antigua iglesia de San Esteban en la localidad, la dedicación cambió y la antigua colegiata pasó a llamarse oficialmente “Saint-Étienne”. Más tarde, el 23 de noviembre de 1910, fue elevada a basilica menor por el Papa, reconocimiento que subraya su importancia litúrgica e histórica.

Fue clasificada como Monumento Histórico en 1840 y, más recientemente, inscrita en diciembre de 1998 como parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO por los Caminos de Santiago de Compostela en Francia.

Cúpula Basilique Saint-Étienn Neuvy-Saint-Sépulchre Francia

Dentro de la basílica, las reliquias del Precioso Sangre se veneran especialmente, con procesiones que cada lunes de Pascua atraen a numerosos fieles y visitantes.

El edificio combina la austeridad y la riqueza simbólica: la rotonda con su cúpula, los capiteles historiados en las columnas, y la nave añadida que integra estilos arquitectónicos diversos sin perder unidad estética.

La Basílica de Saint-Étienne de Neuvy-Saint-Sépulchre no solo destaca por su singular arquitectura inspirada en el Santo Sepulcro de Jerusalén, sino también por las valiosas obras de arte y objetos sagrados que conserva en su interior. La más importante y venerada es la reliquia del “Precioso Sangre de Cristo”, una pequeña ampolla que contiene dos gotas de la sangre de Jesús, traídas desde Tierra Santa en 1257 por el cardenal Eudes de Châteauroux. Esta reliquia convirtió a la basílica en uno de los principales centros de peregrinación del centro de Francia, y aún hoy es objeto de una solemne procesión cada lunes de Pascua.

Santo Basilique Saint-Étienn Neuvy-Saint-Sépulchre Francia

Junto a esta reliquia se conserva también un fragmento de piedra procedente del Santo Sepulcro de Jerusalén, símbolo del profundo vínculo espiritual entre el templo francés y los lugares santos del cristianismo. Ambas piezas se custodian en la rotonda central de la basílica, espacio concebido precisamente como réplica arquitectónica del Sepulcro original, lo que refuerza el carácter simbólico del conjunto.

Entre las obras artísticas de mayor interés se encuentra el pórtico gótico del siglo XIII, cuyas puertas conservan los batientes y herrajes originales, finamente trabajados en hierro forjado. Este conjunto, protegido como patrimonio histórico, muestra la maestría de los artesanos medievales y la elegancia del estilo gótico temprano. En el interior del templo, se puede admirar también una estatua policromada de finales del siglo XV o comienzos del XVI, que representa a un personaje sosteniendo la corona de espinas, en clara alusión a la Pasión de Cristo.

Capitel Basilique Saint-Étienn Neuvy-Saint-Sépulchre Francia

La rotonda, corazón artístico y espiritual del edificio, está sostenida por una serie de columnas con capiteles esculpidos que representan motivos simbólicos, escenas de lucha entre el bien y el mal y figuras alegóricas. Estas esculturas, de gran expresividad, sirven tanto de ornamento como de soporte a la enseñanza religiosa, siguiendo la tradición medieval de transmitir el mensaje cristiano a través de la piedra.

Durante el siglo XIII, se añadieron naves laterales y deambulatorios que rodean la rotonda central, ampliando el espacio para la circulación de los peregrinos y permitiendo la instalación de capillas secundarias. Esta intervención respetó la proporción y la armonía de la estructura original, manteniendo la rotonda como eje simbólico y espiritual del templo. Asimismo, se reforzaron los muros y se incorporaron tribunas en los laterales, lo que permitió crear un espacio más elevado y luminoso, al tiempo que se conservaba la funcionalidad defensiva que la iglesia había tenido en tiempos de conflicto.

Columnas de la Basilique Saint-Étienn Neuvy-Saint-Sépulchre Francia

Seguimos el viaje hasta la ciudad de Chartres donde hemos encontrado un hueco en el área de autocaravanas, entre dos árboles, afortunadamente no son castaños, son plataneros, Es gratuita, pero no tiene ningún tipo de servicios, un carel te indica que si quieres vaciar o llenar hay un camping a 500 metros donde puedes hacerlo, previo pago. Las coordenadas GPS del lugar corresponden con: N48.432337 E1.4966204.

Día 25 de septiembre
Ruta: Chartres

Calles de Chartres

La noche ha sido silenciosa en el área de autocaravanas, es gratuita aunque el suelo es de tierra y como llueve es un barrizal.

El área está a 3 km del centro histórico, probamos a pedir un UBER y nos marca un precio de 13 €, afortunadamente muy cerca está la parada del bus 2 que en diez minutos y por 1,80 € nos deja a tiro de piedra de la catedral.

Mirando al cielo destacan las torres de la catedral de Notre-Dame de Chartres y no necesitamos la ayuda de internet para llegar GPS N48.447390 E1.487226. Examinamos las tres portadas: pórtico norte, pórtico sur y pórtico real, en todos ellos tienen unos laboriosos grupos escultóricos.

La Catedral de Notre-Dame de Chartres, es una de las obras maestras más representativas del arte gótico y una de las catedrales mejor conservadas de toda Europa. Su construcción principal se llevó a cabo entre los años 1194 y 1220, tras un devastador incendio que destruyó gran parte del edificio anterior de estilo románico. A pesar de ello, algunos elementos de la estructura primitiva se conservaron, como la cripta y parte de la fachada occidental. En 1260, la nueva catedral fue consagrada por el rey Luis IX, conocido como San Luis.

Catedral de Notre-Dame de Chartres

Desde 1979, la catedral forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO debido a su excepcional valor histórico, arquitectónico y espiritual. La Catedral de Chartres no solo es un símbolo del arte gótico francés, sino también un importante centro de peregrinación, ya que en su interior se conserva la “Sancta Camisia”, la túnica que, según la tradición, perteneció a la Virgen María. Este relicario convirtió a Chartres en un destino de devoción mariana desde la Edad Media.

Arquitectónicamente, el edificio destaca por la armonía de sus proporciones, la altura de sus bóvedas y la abundancia de esculturas y vitrales que cubren casi todos los espacios. Sus dos torres desiguales son uno de sus rasgos más distintivos: la torre sur, del siglo XII, conserva el estilo románico, mientras que la torre norte, construida en el siglo XVI, pertenece al estilo gótico flamígero. Sin embargo, a pesar de estas diferencias, el conjunto mantiene una sorprendente unidad estética.

Portada de la Catedral de Notre-Dame de Chartres

Uno de los tesoros más admirados de la catedral son sus vidrieras, de las cuales más de 170 permanecen intactas desde el siglo XIII. Estas vidrieras narran escenas bíblicas y representan santos, profetas y oficios medievales, iluminando el interior con una luz azul intensa conocida como el “azul de Chartres”. Este color, logrado mediante técnicas aún no completamente comprendidas, confiere al templo una atmósfera espiritual única.

En el suelo de la nave principal se encuentra un laberinto de piedra, símbolo del camino espiritual del creyente hacia la salvación. Este laberinto, que data también del siglo XIII, servía en la Edad Media como sustituto de la peregrinación a Tierra Santa para aquellos que no podían viajar.

La Catedral de Notre-Dame de Chartres ha sobrevivido prácticamente intacta a lo largo de los siglos, resistiendo guerras, incendios y la Revolución Francesa. Durante la Segunda Guerra Mundial, se salvó milagrosamente de la destrucción gracias a la intervención de un oficial estadounidense que ordenó detener el bombardeo. Su estado de conservación y su profunda carga simbólica la han convertido en un modelo de referencia para la arquitectura gótica y en una fuente de inspiración para artistas, escritores y peregrinos de todo el mundo.

Virgen románica de la Catedral de Notre-Dame de Chartres

La catedral celebra los 1000 años de su construcción y nosotros celebramos los 20 años que hace que la visitamos, recordamos lo maravilloso de su interior, pero recordamos la falta de luz y lo negra que estaba la piedra, era como entrar en el interior de un mundo medieval, solamente había que imaginar las naves iluminadas por cientos de velas.

Lo primero que observamos es que la catedral depende en estos momentos del Ministerio de Museos Nacionales y qué hay una profunda restauración ejecutada del 80% de la catedral. La entrada es gratuita, excepto la visita al Tesoro que cuesta 7 euros.

Después del accidente de la catedral de Notre Dame de Paris, imagino, que el Estado francés ha tomado cartas en el asunto para impedir que el deterioro de las iglesias en Francia no afecte a las más importantes y las restaura e incorpora a los Monumentos Nacionales. La letra pequeña sería importante estudiarla.

Esculturas de la Catedral de Notre-Dame de Chartres

Como hemos llegado hasta este punto?,, pues porque la iglesia y el Estado están separados, no hay concordato y se administran sus bienes. Esto es notorio, ver el deterioro tan grande en el interior de muchas de las joyas más notables.

En estos momentos se ve muy bien la parte antigua y negra comparado con la piedra reluciente de las actuaciones que se han realizado. Quizás la parte más bonita y que se aprecia es en la girola, está rodeada por un muro donde se muestran unos relieves que es una verdadera biblia para la gente del medievo que no sabía ni leer, ni escribir y por medio de estas imágenes les trasmitían la fe. Se puede ver desde la nave izquierda la historia de los padres de la virgen, la anunciación, la gestación, el nacimiento de Jesús, la huida a Egipto su evolución en la escuela, los milagros, su persecución, la muerte, resurrección, etc que finaliza en la nave derecha.

Esculturas Catedral de Notre-Dame de Chartres

Otro aspecto importante de la catedral más admirados son sus vidrieras, consideradas el conjunto más completo y mejor conservado del mundo medieval. Realizadas en el siglo XIII, cubren más de dos mil seiscientos metros cuadrados y narran pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento, la vida de los santos y escenas cotidianas de los oficios medievales. Su color más característico es el “azul de Chartres”, un tono profundo y luminoso que dota al interior del templo de una atmósfera mística. Entre las más célebres destaca la “Notre-Dame de la Belle Verrière”, que muestra a la Virgen con el Niño entronizados sobre un fondo azul intenso, y el Árbol de Jesé, que representa la genealogía de Cristo.

La parte litúrgica más importante es donde se devociona a la Virgen del Pilar Único, talla románica de importante valor, tiene una enorme urna donde los fieles depositan en un papel las peticiones personales a la virgen y que en algún momento son leídas públicamente.

Ábside de la Catedral de Notre-Dame de Chartres

El interior del templo también alberga otras obras destacadas, como el gran órgano, construido en el siglo XVI y restaurado en varias ocasiones, y la sillería del coro, rodeada por un cerramiento esculpido con más de doscientas escenas en relieve que narran la vida de la Virgen y de Cristo. Los tres grandes rosetones, de un colorido deslumbrante, representan la gloria celestial: el del transepto norte está dedicado a la Virgen, el del sur a Cristo en majestad y el occidental al Juicio Final.

Visitamos el Tesoro situado en la santa Capilla del siglo XIV donde se exponen 100 objetos de valor de la liturgia de la Catedral, piezas de orfebrería de la edad Media y numerosos objetos que se salvaron de la Revolución.

El tesoro de la Catedral de Notre-Dame de Chartres constituye una de las colecciones más valiosas del patrimonio religioso francés. Reúne una amplia variedad de obras de arte y objetos litúrgicos que abarcan desde la Alta Edad Media hasta el siglo XIX, y refleja la profunda devoción mariana que ha caracterizado a la catedral desde sus orígenes. Su pieza más importante es la Sancta Camisia, la túnica que, según la tradición, perteneció a la Virgen María y que fue donada a la catedral en el siglo IX por Carlos el Calvo, nieto de Carlomagno. Esta reliquia, considerada símbolo de protección y maternidad, convirtió a Chartres en uno de los principales centros de peregrinación de la cristiandad medieval. Actualmente se conserva en un relicario de cristal y oro del siglo XIX, que reemplaza al original destruido durante la Revolución Francesa.

Tesoro Catedral de Notre-Dame de Chartres

Junto a la túnica sagrada, el tesoro alberga una notable colección de orfebrería religiosa, con relicarios, cruces procesionales, cálices y custodias de los siglos XII al XVIII. Entre las piezas más destacadas se encuentra el cáliz de San Lubino, elaborado en oro y decorado con piedras preciosas, y la cruz procesional de los canónigos de Chartres, una joya de plata dorada y esmalte que data del siglo XIV. También sobresale el busto-relicario de San Taurino, una obra de plata repujada que combina la elegancia gótica con un sentido profundo de veneración. Estas piezas no solo tienen valor artístico, sino también histórico, ya que muchas fueron donadas por reyes, obispos y nobles a lo largo de los siglos.

El tesoro conserva además una importante colección de manuscritos iluminados, producidos por el antiguo escritorio de la catedral. Estos códices, ricamente decorados con miniaturas y letras capitales doradas, incluyen misales, evangeliarios y libros de coro que servían para las ceremonias litúrgicas. Junto a ellos se encuentran diversos objetos de culto, como incensarios, patenas y copones de oro y plata, así como báculos y anillos episcopales pertenecientes a antiguos prelados de Chartres.

Vitral de la Catedral de Notre-Dame de Chartres

Otra parte fundamental del tesoro está compuesta por los textiles litúrgicos, entre los que destacan casullas, capas pluviales, estolas y dalmáticas bordadas con hilos de oro y seda. Algunas de estas prendas fueron confeccionadas en talleres flamencos e italianos durante los siglos XV y XVI y presentan una ornamentación exquisita. Una de las más valiosas es una casulla de terciopelo rojo bordada con hilos de oro que representa escenas de la vida de la Virgen.

El tesoro también incluye pequeñas esculturas de marfil y metal dorado, dípticos devocionales y objetos bizantinos traídos probablemente de Tierra Santa durante las Cruzadas. Entre ellos destacan cajas relicario con incrustaciones de esmalte y piedras semipreciosas, que evidencian la influencia del arte oriental en el gusto occidental de la época.

Virgen en Belén Catedral de Notre-Dame de Chartres

A lo largo de la historia, la catedral recibió numerosas donaciones reales y episcopales que enriquecieron su tesoro. Reyes como San Luis y Enrique IV ofrecieron valiosos objetos litúrgicos y joyas, algunos de los cuales todavía se conservan. Durante el siglo XIX, se emprendió una importante reorganización del tesoro, añadiéndose nuevas piezas neogóticas encargadas para reemplazar las destruidas en la Revolución Francesa.

Museo de Bellas Artes de Chartres

Son las 13.00 horas, ya es tarde para almorzar en Francia porque lo normal es comer a las 12.00 horas. Hemos echado un ojo a los restaurantes de la zona y nos decantamos por el Restaurante Molière GPS N48.4468576 E1.4856705 , es una antigua casa palacio del siglo XVI. Ofrece una carta completa de comida tradicional francesa y un menú de primer plato y segundo plato por 22.80€, cuando nos traen la carta nos indican los platos de este menú, pero o no lo entendemos bien o bien no se explican bien. Al final, uno de nosotros come de menú y el otro de precio de carta que duplica la cantidad.

Nos fijamos en los vecinos de mesa, son franceses de edad senior y pinta de autocaravanistas jubilados, piden tres menús y son cuatro personas, el primero era una ensalada de gambas, el plato era muy grande, pero la comida muy pequeña, para ser exactos tenía dos gambas sobre una crema de tomate, lo dividen dos entre dos, tocan a una gamba y una pinchadita de crema. Del segundo plato ni que hablar, al final el matrimonio comen por 11,40€, esto es cuidar la línea. Lo nuestro pues en su línea de cantidad, pero cada uno disfruta de su plato.

Escalera del Museo de Bellas Artes de Chartres

Después de la copiosa comida decidimos visitar el Museo de Bellas Artes de Chartres GPS N48.4487865 E1.4863462 , situado en el antiguo Episcopado, nos sorprende la reja y su interior es un verdadero Palacio construido a la sombra de la catedral. El precio son 7 euros.

El Musée des Beaux-Arts de Chartres se encuentra en la ciudad de Chartres, en la región de Centro-Val de Loire, Francia. Está ubicado en el antiguo palacio episcopal, junto a la famosa catedral de Chartres, uno de los grandes monumentos del arte gótico. El museo fue fundado en el siglo XIX y alberga una rica colección de obras que abarcan desde la Edad Media hasta el siglo XX. Entre sus fondos destacan pinturas, esculturas, objetos de arte religioso, muebles antiguos y una importante colección de arte africano y oceánico.

Palacio del Museo de Bellas Artes de Chartres

En sus salas se pueden admirar obras de artistas franceses e italianos de los siglos XVII y XVIII, así como piezas de arte moderno. También conserva documentos y objetos relacionados con la historia de Chartres y de su catedral. El museo no solo ofrece una visión general del arte europeo, sino que también refleja la evolución cultural y religiosa de la región a lo largo de los siglos. Además, organiza exposiciones temporales, actividades educativas y eventos culturales que contribuyen a dinamizar la vida artística de la ciudad.

El edificio en sí es un ejemplo notable de arquitectura histórica, con jardines que ofrecen una vista panorámica de la catedral y del casco antiguo. Todo ello convierte al Musée des Beaux-Arts de Chartres en un espacio donde el arte, la historia y la belleza del entorno se combinan para ofrecer una experiencia cultural completa.

El interior muestra las estancias de quien regia el poder de la iglesia en Chartres, un retrato delata a su personaje que más bien se viste como un verdadero príncipe y vive mejor que cualquier rey.

Capilla del Museo de Bellas Artes de Chartres

No soy muy fan de la pintura tan elocuente como es la francesa de los siglos XVI al XIX, pero es lo que demandaba la realeza y la corte, y después el período napoleónico. Algunos cuadros de la nueva pintura figurativa del siglo XIX y poco más, un par de buenas esculturas, es todo lo que ofrece el Museo, nada que ver con lo que se ve en Italia en cualquier pueblo.

Escultura del Museo de Bellas Artes de Chartres

“San Juan Bautista en el desierto” – Guido Reni (siglo XVII, barroco italiano)

Esta pintura muestra al santo en un paisaje desolado, en actitud de oración. Reni combina la espiritualidad con un uso magistral de la luz y el color, creando un efecto dramático que invita a la contemplación. Es un ejemplo del equilibrio entre emoción y técnica que caracteriza al barroco italiano.

Relieve del Museo de Bellas Artes de Chartres

El Musée des Beaux-Arts de Chartres alberga una amplia y variada colección de obras de arte que reflejan diferentes épocas, estilos y tradiciones artísticas. En sus salas se pueden encontrar pinturas, esculturas, dibujos, objetos de arte decorativo y piezas etnográficas procedentes de diversas partes del mundo. Entre las obras más destacadas figuran pinturas de los siglos XVII y XVIII de maestros franceses, italianos y flamencos, como Jean-Baptiste Oudry, Charles Le Brun y Lubin Baugin, así como lienzos que muestran la influencia del arte barroco y rococó.

El museo también conserva importantes obras religiosas, muchas de ellas procedentes de iglesias y conventos de la región, que ilustran la profunda conexión entre el arte y la espiritualidad en la historia de Chartres. En el ámbito de la escultura, se exhiben piezas que van desde la Edad Media hasta el siglo XIX, con ejemplos en piedra, madera y mármol.

Otro aspecto notable del museo es su colección de arte exótico, con objetos provenientes de África y Oceanía, adquiridos durante el siglo XIX, que muestran la curiosidad y el interés por otras culturas en la época colonial. Asimismo, el museo cuenta con una sección dedicada al arte moderno y contemporáneo, con obras que exploran nuevas técnicas y lenguajes visuales.

Desnudo del Museo de Bellas Artes de Chartres

Las principales obras de arte: “La Virgen con el Niño” – Lubin Baugin (siglo XVII, clasicismo francés)

La obra destaca por la serenidad de la composición y la armonía de las figuras. Baugin utiliza líneas suaves y un colorido delicado para transmitir tranquilidad y devoción, reflejando el ideal de perfección y equilibrio propio del clasicismo.

“Retrato de un caballero” – Charles Le Brun (siglo XVII, retrato cortesano francés)

Este retrato refleja la importancia del estatus y la posición social en la Francia de Luis XIV. Le Brun emplea la luz y la postura para resaltar la nobleza y autoridad del personaje, siendo un ejemplo del arte al servicio del poder político y social.

Niño del Museo de Bellas Artes de Chartres

“Naturaleza muerta con aves” – Jean-Baptiste Oudry (siglo XVIII, rococó)

Oudry, conocido por su virtuosismo en representar animales, muestra aves muertas con gran realismo. La obra no solo es un estudio naturalista, sino que también refleja el gusto rococó por la ornamentación y el detalle, combinando arte y observación científica.

“Cristo en la cruz” – Jean Jouvenet (siglo XVII, barroco francés)

Esta pintura transmite la intensidad emocional del sacrificio de Cristo mediante un dramatismo propio del barroco. Jouvenet enfatiza el movimiento de los cuerpos y la expresión de sufrimiento, buscando involucrar emocionalmente al espectador en la escena religiosa.

San Marcos de Bernardo Bellotto del Museo de Bellas Artes de Chartres

Máscaras y esculturas africanas (siglo XIX, arte etnográfico). Estas piezas destacan por su fuerza expresiva y la simbología que incorporan. Más allá de su valor estético, permiten comprender otras cosmovisiones y tradiciones artísticas, mostrando cómo el museo amplía su mirada más allá del arte europeo.

Obras modernas de Lucien Simon y otros artistas del siglo XX. Estas pinturas reflejan la transición hacia un arte más libre y subjetivo. Colores más vibrantes, composiciones menos rígidas y un enfoque en la emoción y la sensación muestran cómo el museo conecta el arte clásico con la modernidad.

Iglesia de saint-Aignan de Chartres

Andamos para descubrir sus dos iglesias más importantes, por su antigüedad y por su diseño y que están en el centro histórico, una es la iglesia de saint-Aignan GPS N48.4447584 E1.4877446 .

La iglesia de Saint-Aignan de Chartres es uno de los templos más antiguos y con mayor continuidad histórica de la ciudad, situada en la Place Saint-Aignan, en el corazón del casco antiguo y muy cerca de la célebre catedral de Notre-Dame. Está dedicada a san Aignan (Anianus), obispo de Orleans en el siglo V, figura venerada en la región y a quien la tradición local atribuye la fundación de un primer santuario en este mismo lugar. Aunque no se conservan restos visibles de aquella construcción primitiva, su recuerdo subraya la profunda antigüedad cristiana del emplazamiento.

El edificio actual fue levantado principalmente en el siglo XVI, después de que anteriores iglesias medievales fueran destruidas por incendios y conflictos. Su arquitectura refleja la transición entre el gótico tardío y el Renacimiento. La estructura general mantiene características góticas, como las bóvedas de crucería y la verticalidad de la nave, mientras que algunos elementos decorativos, proporciones más equilibradas y detalles de ciertos portales muestran influencias renacentistas. Esta combinación de estilos le otorga un carácter singular dentro del conjunto religioso de Chartres.

Interior de la Iglesia de saint-Aignan de Chartres

El interior es especialmente notable por su decoración pictórica del siglo XIX. Tras los daños sufridos durante la Revolución Francesa, la iglesia fue restaurada y redecorada en un estilo que buscaba recuperar el esplendor espiritual mediante el color y la ornamentación. Las bóvedas y muros se cubrieron con pinturas murales policromadas que representan motivos vegetales, geométricos y escenas religiosas, creando una atmósfera cálida, rica y envolvente. Este aspecto la distingue claramente de la sobriedad pétrea de la cercana catedral gótica.

Entre sus tesoros artísticos destacan los vitrales de los siglos XVI y XVII, que ilustran escenas de la vida de la Virgen María, de Cristo y de diversos santos. Aunque menos conocidos que los vitrales medievales de la catedral, poseen gran calidad artística y valor histórico, ya que reflejan la espiritualidad y el gusto estético del periodo posterior al gótico clásico. La luz que atraviesa estos vitrales contribuye de manera decisiva al ambiente interior, intensificando los colores de las pinturas murales.

Vidrieras de la Iglesia de saint-Aignan de Chartres

Históricamente, Saint-Aignan fue una de las parroquias más antiguas e influyentes de Chartres y estuvo vinculada a familias notables de la ciudad. Durante la Revolución Francesa fue desconsagrada y utilizada para fines civiles, como ocurrió con muchos edificios religiosos en Francia. En 1823 fue devuelta al culto, convirtiéndose en la única de las once parroquias medievales de Chartres que reabrió oficialmente. Desde 1840 está clasificada como monumento histórico, reconocimiento que asegura su protección y conservación como parte esencial del patrimonio arquitectónico y religioso de la ciudad. El interior describe el deterioro de las iglesias francesas y que antes hemos comentado, en el ábside hay una valla que impide su acceso por desprendimientos de parte de la bóveda y la capilla mayor y sus mejores vitrales es imposible visitarlos.

Otro aspecto es la falta de fieles, durante nuestra visita estamos solos, aprovechamos, ante un enchufe en la pared para cargar el móvil y echar una cabezadita, sin ser molestados.

Iglesia de San Pedro de Chartres

La siguiente iglesia está dedicada a San Pedro GPS N48.4447655 E1.4877446, fue una abadía benedictina del siglo VII, su torre del siglo IX en la época carolingia y la nave y el coro gótico del siglo XIII y las vidrieras del siglo XIV declaradas como Monumento Histórico Artístico.

No os podéis imaginar el deterioro de esta iglesia es verdaderamente una vergüenza nacional, las paredes llenas de humedad y verdín, las vidrieras muy mal conservadas, la zona del altar mayor con una red para impedir la caída de piedras de la bóveda.

Solamente hay que imaginar al cura dando la misa con casco de protección homologado y en la entrada entregar a cada fiel uno de ellos porque verdaderamente la iglesia tiene horarios de misas.

Nave central Iglesia de San Pedro de Chartres

La Iglesia de San Pedro (Église Saint-Pierre) de Chartres es uno de los edificios religiosos más importantes de la ciudad después de la catedral. Se encuentra en el barrio bajo, en la Place Saint-Pierre, y formaba parte de la antigua abadía benedictina de Saint-Père-en-Vallée, uno de los centros monásticos más influyentes de la región desde la Alta Edad Media. La comunidad monástica se estableció en el siglo VII y, según la tradición, fue favorecida por la reina Bathilde, lo que impulsó su desarrollo religioso y cultural.

A lo largo de los siglos, la abadía sufrió numerosas destrucciones, especialmente durante las incursiones normandas del siglo IX. El complejo fue reconstruido varias veces, y aún se conservan restos de la fase románica, como la torre occidental, cuya base data en parte del siglo XI e incluso conserva elementos anteriores. El edificio actual se desarrolló principalmente entre los siglos XII y XIII, en pleno auge del arte gótico, lo que explica su proximidad estilística con la catedral de Chartres, aunque en una escala más sobria y monástica.

Proteccion de los fieles en la Iglesia de San Pedro de Chartres

Arquitectónicamente, la iglesia combina elementos románicos y góticos. La nave presenta bóvedas de crucerías elevadas y esbeltas, sostenidas por pilares robustos que recuerdan su origen monástico. Los arbotantes exteriores permiten la apertura de amplios ventanales, que inundan el interior de luz. Este juego de verticalidad y luminosidad es característico del primer gótico francés. El coro, más desarrollado, refleja la importancia litúrgica que tenía el espacio para la comunidad benedictina.

Uno de los grandes tesoros de Saint-Pierre son sus vitrales medievales, fechados principalmente entre finales del siglo XIII y comienzos del XIV. Estos vitrales, aunque menos famosos que los de la catedral, poseen una notable calidad artística. Representan escenas bíblicas, vidas de santos y donantes, con colores intensos y composiciones narrativas complejas. La luz que atraviesa estos ventanales crea una atmósfera serena y contemplativa, muy acorde con la espiritualidad monástica.

Vidriera de la Iglesia de San Pedro de Chartres

Durante la Revolución Francesa, la abadía fue suprimida y los edificios monásticos fueron en gran parte destruidos o transformados para usos civiles. La iglesia fue desacralizada y utilizada con fines industriales, incluso como fábrica de salitre. En 1803 fue restituida al culto y convertida en iglesia parroquial bajo la advocación de San Pedro. Desde el siglo XIX está clasificada como monumento histórico, lo que ha permitido su conservación y restauración progresiva.

Casco antiguo de Chartres

El centro histórico de Chartres, es uno de los conjuntos urbanos medievales mejor conservados de Francia. Se organiza en torno a la imponente catedral de Notre-Dame, que domina la ciudad desde lo alto y sirve como punto de referencia visual y espiritual desde hace siglos.

El casco antiguo se divide tradicionalmente en dos zonas: la ciudad alta, alrededor de la catedral y las antiguas calles comerciales, y la ciudad baja, que se extiende hacia el río Eure. La parte alta conserva estrechas calles empedradas, plazas pequeñas y casas antiguas de entramado de madera que datan en su mayoría de los siglos XV y XVI. Muchas de estas viviendas presentan fachadas inclinadas, vigas visibles y plantas superiores salientes, características típicas de la arquitectura urbana medieval francesa.

Casco antiguo de Chartres

En la ciudad baja, el paisaje cambia ligeramente: el río Eure serpentea entre puentes antiguos, jardines y antiguos molinos. Esta zona tiene un ambiente más pintoresco y tranquilo, con senderos junto al agua y vistas muy fotogénicas de la catedral elevándose sobre las casas. Históricamente, aquí se desarrollaban actividades artesanales y comerciales vinculadas al agua.

Además de la catedral, el centro histórico alberga otros edificios religiosos, así como restos de murallas medievales, antiguas puertas fortificadas y elegantes hôtels particuliers (residencias urbanas de familias acomodadas). El trazado urbano conserva en gran parte la estructura medieval, con calles que siguen recorridos antiguos adaptados a la topografía.

Casco antiguo de Chartres

Chartres también es conocida por su tradición artesanal vinculada al vitral, herencia directa de la importancia de su catedral. En el centro histórico se encuentran talleres y el Centro Internacional del Vitral, donde se puede conocer esta tradición artística.

Por la noche, el casco antiguo cobra una dimensión especial gracias al espectáculo “Chartres en Lumières”, en el que monumentos, puentes e iglesias se iluminan con proyecciones artísticas que resaltan los detalles arquitectónicos y crean un ambiente mágico.

Chartres tiene mucho más, pero hace mucho frío, más de un principio de invierno que de unos primeros días de un otoño. Paseamos por todo el centro comercial, lleno de pequeñas tiendas con precios desorbitantes en ropa y calzado.

Decidimos coger el bus 2 y volver a nuestro hogar donde pasamos la tarde con calefacción y una mantita en las piernas mientras esperamos la hora de la cena.

Día 26 de septiembre
Ruta: Chartres-Poissy-Paris

Villa Savoye Poissy

La noche en el área de autocaravanas de Chartres ha sido muy buena GPS N48.432337 E1.4966204 , no ha llovido. Lo malo es que no dispone de servicios de carga y descarga, pero al menos es gratuita.

Salimos hasta nuestro siguiente destino es la ciudad de Poissy, se puede considerar casi un barrio dentro de la Ille de Francia.

En el trayecto hacemos una pequeña parada para repostar en E.leclerc a 1,649€ como precio barato, imaginar cómo está la vida comparado con España.

Llegamos a Poissy y aparcamos en un parking del Centro Comercial Sudeco GPS N48.9219959 E2.028019 que está cerrado por obras.

Exterior de la Villa Savoye Poissy

Llegar hasta aquí es para visitar Villa Savoye GPS N48.923589 E2.0282808 , obra del arquitecto Le Corbusier, precio de la entrada 9€.

La Villa Savoye es una de las obras más influyentes de la arquitectura moderna y una síntesis magistral del pensamiento de Le Corbusier. Construida entre 1928 y 1931 para Pierre y Eugénie Savoye como casa de campo de fin de semana, el edificio se concibe no solo como una vivienda, sino como la materialización de una nueva manera de entender el espacio, la técnica y la vida moderna. En ella, Le Corbusier aplicó de forma ejemplar sus célebres “cinco puntos de una nueva arquitectura”, que resumían su propuesta teórica para la arquitectura del siglo XX.

El edificio se eleva sobre pilotes, esbeltos pilares de hormigón armado que liberan la planta baja y permiten que el paisaje fluya visual y físicamente bajo la casa. Esta decisión estructural elimina la idea tradicional de muros portantes y da lugar a la planta libre, donde la distribución interior puede organizarse con total independencia de la estructura. Del mismo modo, la fachada libre deja de estar condicionada por la función estructural y se convierte en una superficie diseñada con criterios compositivos, donde destacan las largas ventanas horizontales corridas que recorren el volumen y proporcionan iluminaciones uniformes y vistas panorámicas del entorno natural. Finalmente, la cubierta plana se transforma en una terraza-jardín, recuperando simbólicamente el espacio ocupado por la construcción y ofreciendo un lugar de descanso al aire libre.

Interior de la Villa Savoye Poissy

Formalmente, la villa es un prisma blanco de gran pureza geométrica, donde predominan las líneas horizontales y la sensación de ligereza. El color blanco refuerza la abstracción del volumen y subraya la idea de racionalidad y modernidad. La casa parece flotar sobre el terreno, aislada pero a la vez integrada en el paisaje gracias a la continuidad visual que permiten las superficies acristaladas.

El interior está concebido como una secuencia espacial cuidadosamente coreografiada, lo que Le Corbusier denominó “promenade architecturale”. El recorrido comienza en la planta baja, donde el automóvil —símbolo de la vida moderna— se integra en el diseño mediante una curva que responde al radio de giro de los coches de la época. Desde allí, una rampa suave conduce al visitante hacia los espacios principales de la vivienda y continúa hasta la terraza superior. Esta rampa, junto con una escalera helicoidal secundaria, organiza la circulación vertical y convierte el desplazamiento en una experiencia arquitectónica progresiva, donde la percepción del espacio, la luz y el paisaje cambia constantemente.

Escalera redonda de Villa Savoye Poissy

A pesar de su carácter innovador, la casa presentó problemas técnicos poco después de su construcción, especialmente filtraciones de agua en la cubierta plana y dificultades derivadas del uso experimental del hormigón armado. La familia Savoye la habitó durante pocos años, y durante la Segunda Guerra Mundial el edificio sufrió daños y abandono. En la década de 1960 estuvo incluso amenazada de demolición, pero fue salvada gracias al reconocimiento creciente de su valor histórico. Posteriormente fue restaurada por el Estado francés y hoy funciona como museo abierto al público. Desde 2016 forma parte del conjunto de obras de Le Corbusier inscritas en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, lo que confirma su relevancia universal.

La Villa Savoye no es simplemente una casa aislada, sino un manifiesto construido que expresa la idea de la vivienda como “máquina de habitar”, concepto central en la teoría de Le Corbusier. Representa la ruptura con la tradición ornamental y el triunfo de una arquitectura basada en la función, la tecnología y la estandarización. Su influencia se extendió por Europa, América y otros continentes, marcando el desarrollo del Movimiento Moderno y estableciendo principios que aún hoy siguen presentes en la arquitectura contemporánea.

Terraza de Villa Savoye Poissy

Vista hoy nos parece aun una arquitectura muy moderna, imaginar lo que pudo pensar la gente hace 100 años.

El arquitecto lo definía: es un verdadero espectáculo arquitectónico es inmediatamente perceptible, si sigues el recorrido varias perspectivas se suceden, una tras otra, jugamos con la influencia de la luz, iluminando muros y creando sombras. La rampa es el elemento más representativo por el plano inclinado, ofrece al visitante una libertad de observación que te permite apreciar los volúmenes o los colores mientras paseas.

La casa sufrió el abandono durante la guerra y fue comprada por el ayuntamiento de Poissy que lo cedió al Estado y está dentro de los Monumentos Nacionales, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Baño de Villa Savoye Poissy

Afortunadamente no es un monumento muy publicitado y con escaso público nos permite hacer un recorrido, casi para nosotros solos.

Salón de la Autocaravana de Le Bourget París

Continuamos el viaje hasta Paris. Tenemos una cita en el Salón de la Autocaravana de Le Bourget GPS N48.946022 E2.428654 desde el 27 de septiembre al 05 de octubre. Es una oportunidad única de visitar París durante 10 días a un precio módico de 8 euros por noche.

La llegada al parking era hoy a las 16.00 horas y ya estaba colapsada la entrada. Hemos tardado casi dos horas en tomar posesión de nuestra plaza de garaje.

Nosotros no tenemos mucho interés en la feria, pero gracias a ella nos permite estar en París a un precio de Low Cost.

Lo primero que tenemos que hacer es resolver el problema de transporte en París para los siguientes 10 días, hay muchas alternativas pero casi todas son digitales con el teléfono. Nosotros somos analógicos y necesitamos la tarjeta de transporte física y de plástico.

Museo del Espacio Salón de la Autocaravana de Le Bourget París

La única posibilidad de adquirir la Tarjeta de Transporte física de París es desplazarse a la estación de tren de Le Bourget y pagar en la taquilla de la estación.

Cogemos el bus 152 con dirección a la Bourget, intento pagar con dinero y el conductor me dice Not tickets. Oficialmente la extensión de billetes termina 1 de noviembre de 2025. Pues nada, viajamos gratis con la esperanza que no suba un revisor y tengamos que retratarnos.

Una vez en la estación del RER de Le Bourget, tenemos que esperar media hora para que nos atiendan físicamente.

Es un lío comprenderlo como funciona, pero se recarga hoy jueves para usar la semana que viene de lunes a domingo, mañana ya no puedes.

Metro de París

Es la tarjeta NAVIGO semanal tiene un precio de 5 euros y la recarga de una semana para todo el transporte en París, bus tren o metro 31.20 euros. Necesita nombre y apellidos y una fotografía carnet.

Como necesitamos otra tarjeta para mañana y pasado sacamos NAVIGO Easy, cuesta dos euros y se recarga por viajes 2 euros bus y 2.10 metro.

Bueno pues ya tenemos todo para mañana caminar por París, mira que lo ponen difícil.

Regresamos al parking Salón de la Autocaravana de Le Bourget GPS N48.946022 E2.428654 donde cenamos y tomamos fuerzas para mañana.

Día 27 de septiembre
Rutas: París

Metro de París

El día comienza en el parking habilitado para autocaravanas en la Feria de Le Bourget de París GPS N48.946022 E2.428654 . La noche ha sido muy buena porque entre todos los que somos no se ha escuchado un ruido.

Salimos pitando para descubrir nuestro segundo día en París, justo enfrente tenemos la parada de Bus número 350 que nos deja en Port Chapelle, está línea es express y desde la Feria toma la autopista A1 y en 15 minutos sin paradas estamos en la puerta de París, allí la línea 12 verde, dos paradas tomamos la línea 4 marrón hasta Cite.

Nuestro primer destino de la mañana es visitar la Catedral de Notre Dame GPS N48.853231 E2.348972 , hace unos meses abrieron las naves para la visita al publico después de la restauración. Las galerías de las gárgolas hace unos días que las han abierto, para verlas hay que reservar por internet y pagar pues dependen de los Museos Nacionales, comprobamos que esta todo reservado excepto la semana que viene por la noche, afortunadamente alguien se ha dado de baja y tenemos suerte de conseguir dos entradas para el lunes 1 de octubre a las 16,15 horas.

Catedral de Notre Dame de París

Para ver el interior de la catedral hay una fila tremenda, pero con paciencia nos ponemos y en media hora de espera estamos en el interior, hoy hay una ceremonia de los Caballeros Templarios de la Orden de Jerusalén y por eso hay más gentío.

La Catedral de Notre-Dame de París, situada en la Île de la Cité, en el corazón histórico de la capital francesa, es una de las obras maestras más significativas del arte gótico y un símbolo universal del patrimonio cultural europeo. Su construcción comenzó en 1163, en un contexto de crecimiento urbano, poder episcopal y afirmación de la monarquía capeta. El obispo Maurice de Sully impulsó el proyecto con la intención de erigir un templo que reflejara la importancia espiritual y política de París. Las obras se extendieron hasta mediados del siglo XIV, lo que permitió la incorporación de distintas fases del gótico, desde el temprano hasta el pleno desarrollo del estilo.

Rosetón de la Catedral de Notre Dame de París

El edificio fue concebido con una ambición monumental. Su planta sigue el modelo basilical con cinco naves, crucero apenas sobresaliente y doble girola con capillas radiales. La nave central alcanza aproximadamente 33 metros de altura, una dimensión impresionante para su época. El uso innovador de bóvedas de crucería y, sobre todo, de arbotantes exteriores, permitió descargar el peso de las bóvedas hacia el exterior, liberando los muros para abrir grandes ventanales. Este sistema estructural no solo resolvía un problema técnico, sino que creaba el efecto característico del gótico: una arquitectura vertical y luminosa que dirige la mirada hacia lo alto.

La fachada occidental, una de las más estudiadas y reconocidas del mundo, está organizada en tres niveles principales. En la base se encuentran las tres grandes portadas esculpidas: la del Juicio Final en el centro, la de la Virgen a la izquierda y la de Santa Ana a la derecha. Estas portadas constituyen verdaderos programas iconográficos en piedra, donde se representan escenas bíblicas con una complejidad narrativa y teológica notable. Sobre ellas se sitúa la llamada Galería de los Reyes, una serie de estatuas que representan a los reyes de Judá y que durante la Revolución Francesa fueron erróneamente identificadas como reyes de Francia y decapitadas. Más arriba se abre el gran rosetón occidental, cuya tracería y vitrales medievales filtran la luz creando un efecto simbólico de trascendencia. Las dos torres cuadradas, de 69 metros de altura, rematan la fachada con un equilibrio sobrio y majestuoso.

Interior de la Catedral de Notre Dame de París

En el interior, el espacio se organiza en tres niveles: arcadas, triforio y claristorio. La luz, tamizada por los vitrales, desempeña un papel fundamental en la experiencia espiritual. Los tres grandes rosetones —el occidental y los dos del transepto norte y sur— son joyas del siglo XIII. El rosetón norte conserva gran parte de su vidrio original y representa figuras del Antiguo Testamento, mientras que el del sur, ligeramente posterior, muestra escenas vinculadas al Nuevo Testamento. La intensidad de los azules y rojos, característica del vitral medieval francés, contribuye a la atmósfera mística del templo.

La catedral fue escenario de acontecimientos decisivos en la historia de Francia. En 1431 se celebró la coronación de Enrique VI de Inglaterra como rey de Francia durante la Guerra de los Cien Años. En 1804, Napoleón Bonaparte se coronó emperador en presencia del papa Pío VII, en una ceremonia inmortalizada por Jacques-Louis David. También acogió celebraciones nacionales como el Te Deum tras la liberación de París en 1944.

Catedral de Notre Dame de París

Durante la Revolución Francesa, la catedral sufrió saqueos y daños importantes: muchas esculturas fueron destruidas y el edificio fue convertido en “Templo de la Razón”. A comienzos del siglo XIX se encontraba en un estado alarmante de deterioro. La publicación en 1831 de la novela Notre-Dame de París de Victor Hugo despertó la conciencia pública sobre su valor patrimonial y llevó a una gran restauración dirigida por Eugène Viollet-le-Duc. Este arquitecto no solo reparó el edificio, sino que reinterpretó algunos elementos según su visión idealizada del gótico. Entre sus aportaciones más conocidas se encontraba la aguja central (la “flecha”), rodeada por esculturas de los apóstoles y evangelistas, así como la restauración de numerosas gárgolas y quimeras que hoy forman parte inseparable de la imagen de la catedral.

Notre-Dame también destaca por su patrimonio musical. Su gran órgano, uno de los más importantes de Europa, tiene orígenes medievales y ha sido ampliado y modificado a lo largo de los siglos. Cuenta con miles de tubos y ha acompañado ceremonias litúrgicas y conciertos de relevancia internacional. Las campanas, especialmente la gran campana Emmanuel situada en la torre sur, han marcado momentos históricos, desde celebraciones reales hasta acontecimientos contemporáneos.

Reconstrucción de la Catedral de Notre Dame de París

El 15 de abril de 2019, un incendio devastador destruyó la cubierta de madera medieval —conocida como “el bosque” por la cantidad de vigas antiguas que la componían— y provocó el colapso de la aguja de Viollet-le-Duc. El suceso conmocionó al mundo y generó un amplio movimiento de solidaridad internacional. Se emprendió un ambicioso proyecto de restauración con el objetivo de devolver la catedral a su estado previo al incendio respetando su configuración histórica. Tras años de trabajos minuciosos en estructura, vitrales, piedra y carpintería, la catedral reabrió en 2024, recuperando su silueta característica y reafirmando su papel como símbolo de resiliencia cultural.

Iniciamos el recorrido con la presencia ante nuestros ojos de las tres portadas de la catedral son, sin duda, uno de los elementos más emblemáticos de su fachada occidental y constituyen una de las expresiones más logradas del arte gótico francés. Cada una funciona como un auténtico programa escultórico, con un alto valor narrativo, religioso y simbólico, pensado para enseñar a los fieles las historias bíblicas y la doctrina cristiana a través de la piedra. Estas portadas, situadas en la base de la fachada, presentan una jerarquía y un diseño cuidadosamente equilibrados, formando un conjunto monumental que impresiona tanto por su escala como por su detalle.

Portada Central de la Catedral de Notre Dame de París

La portada del Juicio Final (central), es la más importante de las tres, situada en el centro, y representa el Juicio Final, tema central en la teología medieval. La escena principal muestra a Cristo en majestad, sentado en el trono, rodeado por ángeles, apóstoles y santos. Debajo, se representan los bienaventurados y los condenados, con figuras que ilustran la recompensa y el castigo, una enseñanza visual sobre la moral y la salvación. La portada está flanqueada por arquivoltas esculpidas con escenas de la vida de Cristo, el ciclo de los apóstoles y ángeles músicos. Cada detalle tiene un sentido pedagógico: se quería que el fiel comprendiera las consecuencias de sus actos antes de entrar en la catedral.

La portada de la Virgen (izquierda) está dedicada a la Virgen María, cuya veneración era central en Notre-Dame. El tímpano representa a la Virgen con el Niño en el centro, rodeada de ángeles, profetas y escenas de la vida de María. Las arquivoltas muestran episodios bíblicos relacionados con la genealogía y las profecías sobre Cristo, así como escenas de la Anunciación y la Natividad. Esta portada enfatiza la importancia de María como intercesora y modelo de virtud, reforzando la devoción mariana, que era un elemento esencial de la espiritualidad medieval.

Portada Izquierda Catedral de Notre Dame de París

La portada de Santa Ana (derecha) está dedicada a Santa Ana, madre de la Virgen María, y representa la genealogía de Cristo a través de la familia sagrada. En el tímpano se observa a Santa Ana enseñando a María, transmitiendo así la idea de la educación espiritual y la transmisión de la fe de generación en generación. Las arquivoltas incluyen escenas de la vida de María, de Cristo niño y de otros episodios bíblicos relacionados, reforzando la continuidad de la historia sagrada y la preparación de la humanidad para la salvación.

Las portadas están organizadas en niveles jerárquicos, con un esquema que guía la mirada desde el registro inferior —donde se representan los actos humanos y sus consecuencias— hasta la parte superior, donde aparece Cristo glorioso y las figuras celestiales.

Portada derecha de la Catedral de Notre Dame de París

Las esculturas, aunque de piedra, transmiten una gran dinamismo y expresividad, con cuerpos alargados, pliegues de túnicas detallados y gestos teatrales que hacen que cada escena cobre vida.

Durante la Revolución Francesa, muchas de estas figuras fueron dañadas o destruidas, pero la mayoría fue restaurada en el siglo XIX bajo la dirección de Eugène Viollet-le-Duc, quien reinterpretó algunas figuras según su visión del gótico.

En conjunto, las tres portadas de Notre-Dame funcionan como una biblia de piedra, destinada a instruir, inspirar y emocionar a los fieles. Más que simples puertas de entrada, son un manifiesto escultórico que combina arte, teología y narrativa, consolidando la catedral como una obra maestra de la arquitectura y escultura medieval europea.

Nave Central de la Catedral de Notre Dame de París

Una vez en el interior de la Catedral podemos ver la profundidad de la restauración, es como entrar en un templo nuevo, no olvidamos la última visita lo deteriorado que estaba, sobre todo las capillas laterales que habían perdido sus policromías que ahora perecen las paredes de papel de entelar.

Obligatoriamente hay que hacer la visita siguiendo las agujas del reloj, de la nave derecha a la nave izquierda, la nave central está ocupada por los Caballeros del Temple que están preparando sus actos.

Al atravesar el gran portal occidental y dejar atrás el bullicio de la Île de la Cité, la nave central de Notre Dame se alza ante ti como un bosque de piedra. Los pilares fasciculados se elevan con una ligereza sorprendente hacia las bóvedas nervadas, y la luz, filtrada por los ventanales altos, desciende como una niebla coloreada. Sin embargo, en lugar de avanzar por el eje principal, giras hacia la derecha y entras en la nave lateral derecha, donde el espacio cambia de escala y de tono.

Virgen nave derecha de la Catedral de Notre Dame de París

Aquí el recorrido se vuelve más íntimo. Los grandes arcos apuntados que separan esta nave de la central permiten entrever la inmensidad del templo, pero el paso es más recogido, casi meditativo. A lo largo del muro exterior se suceden capillas encajadas entre los contrafuertes, cada una con su altar, sus esculturas y su atmósfera particular.

Una de las primeras capillas que encuentras es la del Santísimo Sacramento. El sagrario, discreto pero central, concentra la atención, y la penumbra dorada que filtran los vitrales crea un clima de adoración silenciosa. Más adelante aparece la capilla de San José, donde el santo sostiene al Niño con una expresión serena; la escultura, de líneas suaves, transmite protección y ternura, mientras pinturas del siglo XIX evocan escenas de la vida de la Sagrada Familia con un lenguaje más narrativo que el medieval.

Capilla de la Catedral de Notre Dame de París

Al avanzar, llegas a la capilla de Santa Ana, históricamente significativa. Aquí se conserva la célebre imagen gótica de la Virgen con el Niño conocida como Notre-Dame de París, una talla del siglo XIV que sobrevivió a la Revolución. La figura de María, ligeramente curvada en un elegante contraposto, sostiene al Niño con naturalidad y dulzura; su silueta estilizada dialoga con la verticalidad del entorno. Cerca de esta zona también se encuentra la capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe, testimonio de la universalidad del santuario, donde la iconografía americana se integra en el marco gótico europeo.

Mientras continúas hacia el este, el espacio empieza a curvarse y la perspectiva lineal se transforma en un movimiento envolvente. Entras en la girola, el deambulatorio que rodea el coro y el altar mayor. La arquitectura se vuelve semicircular, como si el edificio abrazara el corazón litúrgico sin invadirlo. Desde aquí se contempla el coro, con sus asientos tallados y el altar dispuesto en el eje del ábside.

Relieves de la Catedral de Notre Dame de París

En el muro del coro se despliega uno de los tesoros escultóricos más importantes del interior: una serie de relieves del siglo XIV que narran escenas de la vida de Cristo, desde la Anunciación hasta la Resurrección. Las figuras, talladas con minuciosidad, parecen moverse en un friso continuo de piedra, ofreciendo un relato visual que acompañaba la liturgia medieval.

Las capillas radiales se abren ante ti como pétalos alrededor del ábside. La más destacada es la capilla axial de la Virgen. Su altar, presidido por una escultura de la Virgen rodeada de ángeles realizada en el siglo XIX, se eleva bajo una bóveda decorada con un cielo azul sembrado de estrellas doradas. A ambos lados, las estatuas de Luis XIII y Luis XIV, arrodillados, recuerdan la consagración del reino de Francia a María. El mármol blanco de las figuras resplandece bajo la luz filtrada por los vitrales, creando un contraste delicado con la piedra más oscura del entorno.

Transepto de la Catedral de Notre Dame de París

En otras capillas de la girola encuentras dedicaciones a santos como Santa Genoveva o San Marcel, antiguos protectores de París. Sus esculturas y vitrales narran milagros y episodios de sus vidas, proyectando sobre el suelo manchas de color que cambian con el paso de las horas. La curvatura del recorrido hace que las columnas se sucedan en un ritmo casi musical, y cada paso ofrece una perspectiva oblicua distinta del presbiterio.

Al completar el semicírculo, la curva se abre de nuevo en línea recta y desembocas en la nave lateral izquierda. Aunque simétrica a la derecha, la experiencia no es idéntica. La orientación modifica la calidad de la luz y las sombras parecen más marcadas. Aquí se encuentra la capilla de San Sebastián, donde el mártir aparece representado con dramatismo, el cuerpo atravesado por flechas, en una escultura que enfatiza la tensión anatómica y el sufrimiento redentor.

Rosetón de la Catedral de Notre Dame de París

Más adelante surge la capilla del Sagrado Corazón, reconocible por la imagen de Cristo mostrando su corazón ardiente. Las pinturas y vitrales desarrollan esta devoción con una iconografía más moderna, reflejo de la evolución espiritual de los siglos posteriores al gótico. También se halla la capilla bautismal, con su pila que simboliza el inicio de la vida cristiana; su sobriedad dirige la atención al significado del agua como regeneración y renacimiento.

A lo largo de esta nave izquierda, como en la derecha, se percibe la superposición de épocas: el gótico original, las restauraciones del siglo XIX impulsadas por Viollet-le-Duc, las intervenciones posteriores. El suelo desgastado por siglos de peregrinos y visitantes recuerda que este no es sólo un monumento, sino un espacio vivido.

Capilla San Marcell de la Catedral de Notre Dame de París

Finalmente, mientras avanzas hacia la salida occidental, miras hacia el centro y comprendes la unidad del conjunto. Has recorrido el perímetro sagrado: desde la intimidad de las capillas laterales hasta la solemnidad envolvente de la girola y la riqueza escultórica del coro. Notre Dame se revela entonces no sólo como una obra maestra de arquitectura gótica, sino como un organismo vivo de piedra y luz, donde cada capilla es una historia, cada escultura una oración tallada, y cada paso un diálogo silencioso con siglos de fe y arte.

Entramos en el Tesoro de la Catedral con la esperanza de poder ver la corona de espinas de Cristo, esto es lo primero que salvaron durante el incendio, desgraciadamente solamente la sacan los viernes.

Sala del Tesoro de la Catedral de Notre Dame de París

El Tesoro de la Catedral de Notre Dame de París no es simplemente una colección de objetos antiguos; es la memoria material de siglos de fe, monarquía, liturgia y arte sacro. Se encuentra en la sacristía neogótica construida en el siglo XIX por Jean-Baptiste Lassus y Eugène Viollet-le-Duc, adosada al flanco sur del coro. Tras el incendio de 2019, muchas de sus piezas fueron evacuadas y protegidas, y el tesoro forma parte esencial del patrimonio conservado y restaurado.

Vitral Sala Tesoro de la Catedral de Notre Dame de París

Al entrar en el Tesoro, el ambiente cambia: la arquitectura se vuelve más recogida, casi museística, pero conserva la solemnidad de un espacio litúrgico. Vitrinas discretamente iluminadas guardan relicarios, cálices, custodias y ornamentos bordados con hilos de oro y plata. Cada pieza no es sólo una obra de arte, sino un objeto creado para el culto.

La pieza más célebre asociada al Tesoro es la Corona de Espinas, reliquia que la tradición identifica como la que llevó Cristo durante la Pasión. Fue adquirida en el siglo XIII por el rey Luis IX (San Luis), quien primero la custodió en la Sainte-Chapelle antes de que pasara a Notre Dame. La reliquia —formada por un círculo trenzado de juncos, al que antiguamente se asociaban las espinas individuales— se conserva en un relicario moderno de cristal y oro diseñado en el siglo XIX. La Corona no se exhibe permanentemente como un simple objeto artístico: su presentación tiene un carácter profundamente devocional.

Cristo de Márfil de la Catedral de Notre Dame de París

Junto a ella se conservan otras reliquias de la Pasión, como un fragmento de la Vera Cruz y un clavo que, según la tradición, perteneció a la Crucifixión. Estos objetos se guardan en relicarios elaborados, algunos medievales y otros del siglo XIX, que combinan cristal de roca, piedras preciosas y orfebrería refinada.

El Tesoro también alberga magníficos ejemplos de orfebrería litúrgica. Destacan cálices y copones realizados en oro o plata sobredorada, decorados con esmaltes y piedras semipreciosas. Muchos de ellos datan del siglo XIX, ya que gran parte del tesoro medieval se perdió durante la Revolución Francesa, cuando los objetos de metales preciosos fueron fundidos. Tras ese periodo, se emprendió una renovación completa del ajuar litúrgico, acorde con el renacimiento del gusto neogótico.

Entre las piezas más impresionantes se encuentra la gran custodia procesional, ricamente ornamentada, que se utiliza en celebraciones solemnes. También sobresalen las mitras y casullas bordadas con hilos de oro, algunas ofrecidas por Napoleón III o por otras figuras destacadas. Los tejidos, finamente trabajados, muestran motivos vegetales, cruces estilizadas y símbolos marianos.

Sacristía de la Catedral de Notre Dame de París

Un conjunto particularmente interesante es el de los relicarios en forma de busto o de pequeña arquitectura gótica, que evocan catedrales en miniatura. Estas obras reflejan el ideal medieval de convertir el objeto litúrgico en una extensión simbólica del templo mismo.

Más allá de su valor material, el Tesoro de Notre Dame resume la historia de Francia. Reyes, emperadores y arzobispos dejaron en él su huella mediante donaciones. Cada pieza habla de un momento histórico: la devoción medieval, las pérdidas revolucionarias, la restauración romántica del siglo XIX y la reciente labor de conservación tras el incendio.

Podemos ver la Sacristía y la Sala Capitular dentro del Tesoro donde se exponen los objetos más valiosos que se han donado a la Catedral, algunas imágenes de Cristo de marfil, relicarios de oro con piedras preciosas, y objetos de culto en metales nobles.

Relicario de la Catedral de Notre Dame de París

La sacristía y la sala capitular de Notre Dame forman parte de ese conjunto más reservado y menos visible que la nave y las capillas, pero esencial para comprender la vida interna de la catedral. No son espacios pensados principalmente para el visitante, sino para el funcionamiento cotidiano del culto y del cabildo catedralicio.

La sacristía actual no es medieval, sino fruto de la gran restauración del siglo XIX dirigida por Viollet-le-Duc y Lassus. Se construyó al sur del coro, en estilo neogótico, después de que la antigua sacristía fuera destruida durante los disturbios revolucionarios. Desde el exterior, el edificio prolonga el lenguaje gótico con arcos apuntados, tracerías y pináculos que dialogan con la arquitectura del ábside. Desde el interior, sin embargo, el espacio se siente más íntimo y funcional.

Donaciones de arte de la Catedral de Notre Dame de París

Al entrar en la sacristía, la atmósfera cambia respecto a la inmensidad de la nave. Las bóvedas, aunque también nervadas, están a menor altura. Las paredes se articulan con armarios de madera tallada donde se guardan las vestiduras litúrgicas: casullas, dalmáticas, capas pluviales, muchas bordadas con hilos de oro y seda. Aquí los sacerdotes se revisten antes de la misa solemne; es un espacio de preparación silenciosa. La luz, más controlada, entra por ventanas con vidrieras de diseño neogótico que suavizan el ambiente.

En esta sacristía se custodia tradicionalmente el Tesoro de la Catedral, aunque dispuesto en salas anexas adaptadas como espacio expositivo. Las vitrinas contienen relicarios, cálices y custodias, pero la función original del lugar sigue siendo práctica: organizar, proteger y preparar los objetos necesarios para el culto. El mobiliario —mesas, cajoneras, bancos— mantiene la sobriedad elegante del siglo XIX, con decoración inspirada en modelos medievales.

Sala Capitular de la Catedral de Notre Dame de París

Muy cerca se encuentra la sala capitular, espacio destinado a las reuniones del cabildo, es decir, el cuerpo de canónigos responsables de la vida litúrgica y administrativa de la catedral. En la Edad Media, la sala capitular era el corazón de la organización eclesiástica: allí se leía diariamente un capítulo de la regla o de las Escrituras (de ahí el nombre), se discutían asuntos financieros, disciplinares y pastorales, y se tomaban decisiones importantes.

En Notre Dame, la sala capitular medieval original no ha llegado íntegra hasta nosotros como en algunos monasterios, pero el concepto se mantiene en los espacios anexos destinados al cabildo. La disposición suele ser sobria: una sala amplia, con asientos alineados en los muros, presidida por una silla o cátedra para el deán. La arquitectura prioriza la funcionalidad y la acústica, permitiendo la deliberación y la lectura en voz alta. La decoración es más contenida que en la iglesia misma, pero puede incluir retratos de antiguos obispos o elementos heráldicos vinculados a la diócesis de París.

Detalle sala Capitular de la Catedral de Notre Dame de París

Estos espacios —sacristía y sala capitular— revelan una dimensión diferente de la catedral. Si la nave y la girola expresan la grandeza visible de la fe, aquí se percibe su organización interna y su disciplina cotidiana. Son lugares donde la solemnidad pública se prepara y donde las decisiones que afectan a la comunidad se toman en silencio.

Tras el incendio de 2019, tanto la sacristía como las áreas anexas fueron objeto de especial atención en los trabajos de protección y restauración. La evacuación rápida del Tesoro desde la sacristía fue uno de los episodios más significativos de la salvaguarda del patrimonio.

Va a comenzar la misa de los Caballeros del Temple con el juramento de las nuevas incorporaciones, nos parece una ceremonia muy solemne y vistosa, pero la duración es de dos horas y no tenemos ya el cuerpo para dispendios.

Caballeros del Temple en la Catedral de Notre Dame de París

Los Caballeros del Temple, fundados hacia 1119, eran una orden religioso-militar cuya misión original era proteger a los peregrinos en Tierra Santa. En París poseían una importante fortaleza conocida como el Temple, situada en la margen derecha del Sena, en lo que hoy es el barrio del Marais. Allí tenían su iglesia propia y sus dependencias; era su centro administrativo en Francia. Por ello, la vida litúrgica ordinaria de los templarios no se desarrollaba en Notre Dame, sino en su propio recinto.

Sin embargo, Notre Dame, como catedral de la diócesis de París, era el escenario de las grandes celebraciones solemnes de la ciudad. En determinadas ocasiones —fiestas importantes, ceremonias reales, acontecimientos públicos— miembros de distintas órdenes, incluidos templarios, podían participar en celebraciones litúrgicas celebradas en la catedral. En ese sentido, es posible imaginar a caballeros del Temple asistiendo a misa en Notre Dame durante el siglo XII o XIII, revestidos con su manto blanco marcado por la cruz roja, alineados en el espacio cercano al coro.

Caballeros del Temple de la Catedral de Notre Dame de París

La imagen de una “misa templaria” en Notre Dame adquiere una resonancia especial si pensamos en los dramáticos acontecimientos de comienzos del siglo XIV. En 1307, por orden del rey Felipe IV, los templarios fueron arrestados en toda Francia. Muchos de los procesos judiciales contra ellos se desarrollaron en París. La catedral, como sede episcopal, estuvo vinculada al proceso eclesiástico, aunque las audiencias principales no se celebraron en la nave como si fuera un juicio público teatral. Aun así, el destino de la orden estuvo estrechamente ligado a la capital y a su autoridad religiosa.

En el plano simbólico, imaginar una misa de los Caballeros del Temple en Notre Dame significa situar en el corazón del gótico parisino a una orden que combinaba espiritualidad monástica y vocación guerrera. La liturgia habría seguido el rito romano de la época, en latín, con canto gregoriano. Los templarios, como religiosos, participaban plenamente en la vida sacramental: confesión, comunión, oficio divino. Su regla, influida por san Bernardo de Claraval, insistía en la disciplina, la pobreza y la obediencia.

Misa de los Caballeros del Temple de la Catedral de Notre Dame de París

Podemos imaginar la escena: la luz filtrándose por los vitrales medievales, el coro entonando el Kyrie, los caballeros arrodillados sobre la piedra fría, las espadas ceñidas pero en silencio, mientras el incienso asciende hacia las bóvedas. La tensión entre su identidad de monjes y guerreros se disolvería, al menos por un momento, en la solemnidad del sacrificio eucarístico.

La Concernegie de París

Cuando salimos de la catedral el reloj marca pasadas las 14,00 horas, esto en Francia marca la línea roja de qué es posible que te quedes sin comer. Vemos enfrente un Subway GPS N48.8522087 E2.348534 que vende menús con bocadillos por 14 euros y es nuestra salvación. Para entrar al baño te dan una ficha gratuita, ahora si quieres entrar sin consumir tienes que pagar y eso es una tónica en todos los WC públicos de la ciudad.

Después de comer caminamos hasta La Concernegie GPS N48.8557405 E2.3455919, es la antigua prisión del Palacio de Justicia que ocupa los bajos, es famosa porque aquí estuvo detenida María Antonieta hasta que fue sentenciada a muerte por la Revolución. Es básicamente como una cripta llena de columnas.

La Conciergerie de París es uno de los monumentos más importantes y antiguos de la ciudad. Está situada en la Île de la Cité, a orillas del río Sena, y forma parte del antiguo Palacio de la Cité, que fue residencia de los reyes de Francia durante la Edad Media antes de que se trasladaran al Louvre y luego a Versalles.

La Concernegie de París

Construida entre los siglos XIII y XIV, la Conciergerie destaca por su arquitectura gótica y sus impresionantes salas medievales, como la Sala de los Hombres de Armas, una de las más grandes de Europa en su época. Con el tiempo, el edificio dejó de ser palacio real y se convirtió en prisión del Estado. Durante la Revolución Francesa adquirió gran notoriedad porque allí fueron encarcelados miles de prisioneros, entre ellos la reina María Antonieta, quien pasó sus últimos días en una celda de la Conciergerie antes de ser ejecutada en 1793.

Hoy en día, la Conciergerie es un monumento histórico abierto al público y forma parte del conjunto declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Los visitantes pueden recorrer sus antiguas salas, conocer la historia de la Revolución Francesa y observar la reconstrucción de la celda de María Antonieta, lo que convierte al lugar en un importante testimonio de la historia política y social de Francia.

A su lado está la Santa Capilla, hay una buena fila porque las reservas online se han agotado, miramos en el teléfono y nos indica que el precio de septiembre es de 19 euros y que a partir de octubre baja a 13 euros por persona, decidimos posponer la visita hasta octubre que debe de ser temporada baja.

Caminamos hacia el Barrio Latino de París

Nos adentramos en el barrio Latino para hacer unas compras de turistas, ya sabéis para llenar las puertas del frigorífico y que todo el mundo que viene a casa vea que hemos estado en París.

El Barrio Latino de París es uno de los sectores más emblemáticos, históricos y animados de la ciudad. Está situado en la orilla izquierda del río Sena, principalmente en el 5º distrito y parte del 6º, alrededor de la Universidad de la Sorbona. Su nombre proviene de la Edad Media, cuando el latín era la lengua utilizada por estudiantes y profesores en las instituciones académicas de la zona.

Desde el siglo XIII, el barrio ha sido el corazón intelectual de París. La Universidad de la Sorbona, fundada en 1257, atrajo a pensadores, teólogos, científicos y filósofos de toda Europa. Con el paso de los siglos, el Barrio Latino se convirtió en un centro de debate político, movimientos estudiantiles y corrientes culturales. Fue escenario importante durante la Revolución Francesa y, más recientemente, durante las protestas estudiantiles de mayo de 1968.

Mehari en el Barrio Latino de París

El barrio se caracteriza por sus calles estrechas y animadas, llenas de librerías, cafés históricos, cines independientes y restaurantes. Entre sus lugares más destacados se encuentran el Panteón, donde están enterradas grandes figuras de Francia como Voltaire, Rousseau, Victor Hugo y Marie Curie; los Jardines de Luxemburgo, uno de los espacios verdes más bellos de París; el Museo de Cluny, dedicado a la Edad Media; y la iglesia de Saint-Étienne-du-Mont.

El ambiente del Barrio Latino combina tradición y vida juvenil. Durante el día es un lugar ideal para recorrer a pie y descubrir su patrimonio histórico; por la noche, se llena de estudiantes y visitantes que disfrutan de sus bares y terrazas. Hoy en día sigue siendo un símbolo del espíritu intelectual, cultural y bohemio de París.

Restaurante del Barrio Latino de París

El Barrio Latino también destaca por su fuerte identidad cultural y literaria. Durante los siglos XIX y XX fue punto de encuentro de escritores, filósofos y artistas. En sus cafés se reunían figuras como Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Ernest Hemingway. Lugares como el Café de Flore y Les Deux Magots, aunque técnicamente están en Saint-Germain-des-Prés (muy cerca), forman parte del ambiente intelectual que caracteriza toda esta zona de la orilla izquierda.

En el ámbito educativo, además de la Sorbona, se encuentran instituciones prestigiosas como el Collège de France y el Lycée Louis-le-Grand, donde estudiaron personajes históricos como Voltaire y Victor Hugo. Esta concentración de centros académicos mantiene el barrio lleno de estudiantes de todo el mundo, lo que le da un carácter internacional y dinámico.

Barrio Latino de París

Otro de sus atractivos es la famosa librería Shakespeare and Company, especializada en literatura en inglés y convertida en símbolo de la vida cultural parisina. Muy cerca se encuentra la Catedral de Notre Dame, que, aunque pertenece a la Île de la Cité, está a pocos pasos y forma parte del recorrido habitual por la zona.

En cuanto a su arquitectura, el barrio conserva vestigios de la antigua Lutecia romana, como las Termas de Cluny y las Arenas de Lutecia, un antiguo anfiteatro. Esto demuestra que la zona ha estado habitada desde la época romana, mucho antes de convertirse en centro universitario medieval.

Sin quererlo llegamos a una iglesia que exteriormente tiene muy buena pinta, se trata de Saint Severin GPS N48.8521499 E2.3408955, el interior no decepciona, es una iglesia de cinco naves, hace mucho que no veo una con esa fisonomía, es de estilo gótico con unas columnas muy elaboradas, algunas hacen forma de palmera otras en espiral, las capillas laterales están en muy mal estado, algunas en restauración, pero lo que más llama la atención son sus vitrales, hay una mezcla de antiguos y otros muchos con estilo moderno.

Iglesia de Saint-Séverin de París

La iglesia de Saint-Séverin es una de las joyas del Barrio Latino de París y un destacado ejemplo del gótico tardío en la ciudad. Se encuentra en el 5º distrito, cerca del río Sena y del Boulevard Saint-Michel, y su historia se remonta al siglo XIII, aunque fue construida sobre los restos de un templo anterior dedicado a Saint Séverin, un ermitaño del siglo VI. Esto la convierte en una de las iglesias más antiguas del barrio que aún conserva su función religiosa.

La iglesia destaca por su nave gótica y sus bóvedas de crucería compleja, que reflejan el refinamiento del estilo gótico flamígero. Sus vidrieras, muchas de los siglos XIV y XV, representan escenas bíblicas y figuras de santos, mientras que algunas más modernas, del siglo XX, integran un diálogo entre tradición y contemporaneidad. El órgano de Saint-Séverin es otro de sus elementos más impresionantes y se utiliza con frecuencia en conciertos de música clásica y sacra. Su torre y campanario, aunque más sobrios que los de Notre-Dame, aportan un carácter distintivo al perfil urbano del Barrio Latino.

Iglesia de Saint-Séverin de París

A pesar de estar en una zona turística y concurrida, la iglesia ofrece un ambiente tranquilo y acogedor, donde la historia y el arte se perciben en cada detalle. Saint-Séverin es un testimonio vivo de la religiosidad medieval y de la arquitectura gótica, y representa un espacio de contemplación y cultura dentro de un barrio conocido principalmente por su vida intelectual y estudiantil. Su combinación de historia, arte y espiritualidad la convierte en un lugar imprescindible para quienes quieren comprender el alma del París antiguo y su legado cultural.

Nos damos cuenta que hay muchos fieles, esto nos llama la atención, luego podemos ver qué se trata de un concierto gratuito con el órgano de la iglesia del siglo XIV y que está clasificado como el mejor órgano de Europa. El programa indica que va a tocar el organista Maximilien Wang, obras del siglo XVI al XVIII.

Altar Mayor de la Iglesia de Saint-Séverin de París

Estupendo nos sirve para relajarnos y tomar un respiro en esta bulliciosa y extensa ciudad de París, vemos que la media de edad es superior a la nuestra y que algunos asistentes dan cabezaditas de sueño.

Cartel del Barrio Latino de París

Solamente nos queda hacer el recorrido a la inversa de esta mañana para volver al parking de la feria, cuando llegamos vemos el casi completo, calculamos que es posible que se superen las 1200 autocaravanas y para meter esa cantidad imaginar cómo es el parking.

Día 28 de septiembre (domingo)
Ruta: París

Metro Louvre de París

El día comienza en el parking de Exposiciones de L Bourget en París GPS N48.946022 E2.428654 . La noche ha sido súper silenciosa y eso que tenemos el aeropuerto a nuestro lado.

Madrugamos un poco porque la Bulangerie de la feria cierran a las 9.00 de la mañana. Compramos para desayunar croissant, pan de chocolate y dos minis baguette para hacernos unos bocadillos, la verdad es que no son nada buenos.

Salimos en dirección del centro de París hoy cogemos el bus número 152 que nos lleva por todos los barrios de la ciudad hasta la Port Villette, allí cogemos el metro línea 7 y trece estaciones estamos en Louvre.

Hoy tenemos los tickets de internet para visitar el museo del Louvre a las 12:00 precio 22 euros GPS N48.8606146 E2.3350691.

Museo del Louvre de París

Antes de entrar nos comemos los bocadillos de casa porque el horario es muy malo y comer en el restaurante del museo es prohibitivo.

Por mucho que tengas reservada la hora las colas de entrada siguen siendo kilométricas.

Es la segunda vez que visitamos el museo, la anterior hace veinte años y todo ha cambiado tanto que hasta la Monalisa no está donde estaba.

No es fácil visitar este museo porque es muy grande, muchas salas que no están rotuladas y es difícil encontrar un cuidador de sala para preguntar.

El Museo del Louvre es un testimonio vivo de la historia de Francia y de la evolución arquitectónica europea a lo largo de casi mil años. Sus orígenes se remontan al siglo XII, cuando el rey Felipe II construyó una fortaleza para proteger la ciudad de posibles invasiones. Parte de esa estructura medieval todavía se conserva en los sótanos del edificio, un recordatorio tangible de los comienzos defensivos del lugar. Con el tiempo, el Louvre dejó de ser solo una fortaleza y se transformó en palacio real. Durante los reinados de Francisco I y Luis XIV, se añadieron nuevas alas, patios y salones que reflejaban el poder y el lujo de la monarquía francesa, convirtiéndolo en un espacio de esplendor y autoridad. Los jardines, fuentes y patios internos añadían un carácter monumental que mostraba la grandeza del reino, mientras que los pasillos y galerías comenzaban a acumular arte y objetos de valor, prefigurando la futura función del Louvre como museo.

Palacio Museo del Louvre de París

Cuando la corte se trasladó a Versalles, el palacio quedó libre para otros usos, y con la Revolución Francesa se produjo un cambio fundamental: el Louvre se abrió al público en 1793, simbolizando la idea de que la cultura debía ser patrimonio de toda la nación. Este cambio no solo convirtió al Louvre en un museo, sino que lo transformó en un espacio cargado de significado político y social, un lugar donde el pueblo podía acceder al patrimonio que antes estaba reservado a la monarquía. Desde entonces, el Louvre ha continuado ampliándose y adaptándose. Durante los siglos XIX y XX, se incorporaron nuevas alas, se restauraron fachadas y se fusionaron estilos arquitectónicos que van desde el renacimiento hasta el neoclásico, haciendo del edificio un mosaico de épocas y estilos que refleja la evolución de la arquitectura francesa.

Al acercarse al Louvre, lo primero que impresiona es su imponente presencia a lo largo de la orilla derecha del Sena. La vista de sus fachadas, que combinan siglos de arquitectura renacentista, neoclásica y restos medievales, da una sensación de amplitud y monumentalidad que anuncia que este no es un edificio cualquiera, sino un verdadero testigo de la historia de París. Al atravesar la pirámide de vidrio diseñada por Ieoh Ming Pei, el contraste entre lo moderno y lo histórico genera un efecto inesperado: la transparencia de la estructura permite ver las fachadas antiguas mientras el visitante ingresa, y al mismo tiempo introduce un espacio de luz y apertura que facilita la entrada a un mundo que ha evolucionado durante casi mil años.

Explanada Museo del Louvre de París

Al poner un pie dentro, se percibe la magnitud del lugar. Los techos altos, las galerías que se prolongan sin fin y los patios internos reflejan la transformación del Louvre desde su origen como fortaleza medieval hasta convertirse en palacio real. La imaginación se despierta fácilmente: es posible visualizar a los reyes y cortesanos caminando por los mismos pasillos, supervisando los jardines, los patios y los salones decorados con lujo. Se siente la historia en las paredes: los cimientos medievales que resisten el tiempo, los arcos y bóvedas que reflejan siglos de cambios arquitectónicos, y los corredores que han sido testigos de decisiones políticas, celebraciones y movimientos sociales.

Los patios interiores ofrecen un respiro en el recorrido. Caminar por ellos es experimentar la luz que baña los corredores, la amplitud de los espacios abiertos y la sensación de continuidad entre lo antiguo y lo moderno. El Louvre es un palacio que ha sabido adaptarse: se construyeron escaleras, pasajes y nuevas alas a lo largo de los siglos para organizar mejor los recorridos y acomodar el crecimiento de lo que eventualmente se convertiría en el museo más grande del mundo. Cada pasillo y cada sala parecen contar su propia historia, sin necesidad de palabras, reflejando la transición de un edificio pensado para la defensa y el poder a uno dedicado a la cultura y la educación pública.

Museo del Louvre de París

El recorrido continúa hacia los antiguos patios reales, donde la arquitectura ofrece un diálogo constante entre la tradición y la innovación. Las ventanas, los arcos y las columnas narran siglos de construcción y reconstrucción. En estos espacios, es posible imaginar la vida cotidiana de quienes habitaron el palacio: sirvientes y arquitectos moviéndose entre patios y salones, decoradores ajustando detalles, y la corte real transitando con paso ceremonioso. Cada modificación arquitectónica, cada adición de un ala o una fachada, refleja un momento histórico distinto y una nueva visión de lo que debía ser este espacio monumental.

Mientras uno avanza por las galerías, se percibe también la dimensión cultural del Louvre. Más allá de ser un edificio, ha sido un centro de investigación, de conservación del patrimonio y de encuentro intelectual. En cada pasillo, los ecos del pasado parecen mezclarse con la actividad contemporánea: visitantes de todo el mundo recorriendo los corredores, estudiantes tomando notas, expertos en restauración evaluando estructuras y espacios, y guías compartiendo la historia viva del lugar. Cada paso es un diálogo entre épocas: la fortaleza medieval, el palacio de los reyes, el museo revolucionario y el centro cultural global que es hoy.

Entrada al Museo del Louvre de París

Los patios abiertos y los corredores conectan con la ciudad misma. Desde el Louvre, se percibe la proximidad del Sena, los Jardines de las Tullerías y las calles históricas de París. Este vínculo con la ciudad refuerza su papel como espacio central: el Louvre no está aislado, sino que forma parte del entramado urbano y social de París, reflejando la evolución de la ciudad y del país a lo largo de los siglos. La arquitectura del museo, con su combinación de piedra, vidrio y luz, invita a la contemplación, al descubrimiento y al asombro constante, mientras se camina por sus interminables galerías y patios.

Cada rincón, cada escalera y cada corredor largo cuentan la historia de la transformación del Louvre. Desde sus inicios como fortaleza destinada a proteger la ciudad, pasando por su papel como residencia real, hasta convertirse en museo accesible para todos, el Louvre narra la historia de Francia sin necesidad de palabras: la política, la cultura, la arquitectura y la sociedad se reflejan en su estructura misma. Mientras se avanza, se percibe la continuidad del tiempo: el visitante forma parte de un recorrido que ha sido experimentado por generaciones de franceses y de extranjeros, conectando el pasado con el presente y proyectando una visión del futuro.

Piramide del Museo del Louvre de París

Recorrer el Louvre es, en definitiva, sumergirse en la historia viva de París y de Francia. Cada piedra, cada arco y cada patio transmiten un sentido de memoria y permanencia. Es un espacio donde se puede sentir la vida de la ciudad a lo largo de los siglos, donde la fortaleza medieval se convierte en palacio y luego en museo, y donde cada paso recuerda que la cultura y la historia son un legado compartido. Caminar por sus galerías interminables es viajar en el tiempo, experimentar la evolución de la arquitectura y la sociedad, y comprender por qué el Louvre no es solo un museo, sino un símbolo de la continuidad histórica, cultural y social de París y de toda Europa.

Interior del Museo del Louvre de París

Hoy nos gustaría comenzar la visita por la pintura flamenca y alemana, según el mapa está en un ala de la segunda planta. Nos perdemos y comenzamos por la zona de la pintura francesa del siglo XVI al XIX, justo lo que no queríamos ver, ya dije que no soy muy fan de la pintura francesa, demasiado grande y elocuente, las guerras, las batallas no me interesan mucho.

Enseguida vemos las salas de los maestros flamencos. La colección de maestros del Louvre es una muestra destacada de la riqueza artística de la región flamenca durante los siglos XV y XVI.

Al ingresar a las salas de pintura del norte en el Louvre, uno se encuentra de inmediato con la delicadeza de los primitivos flamencos, donde cada detalle tiene un significado simbólico. Entre estos, la obra de Rogier van der Weyden, El tríptico de Mérode, destaca por su minuciosa representación de un interior doméstico. Cada objeto, desde la tetera hasta la vela encendida, tiene un valor simbólico, mostrando la devoción privada de los personajes que allí aparecen. La luz, suave y precisa, baña la escena, iluminando con naturalidad los rostros y creando una atmósfera íntima, casi meditativa.

Esculturas del Museo del Louvre de París

Junto a él, Hans Memling nos ofrece un retrato devocional donde la Virgen y el Niño se presentan acompañados de donantes. La técnica es refinada: los colores son ricos, los pliegues de la ropa casi táctiles, y la perspectiva minuciosa nos hace sentir que podemos entrar en la escena. Memling demuestra cómo la pintura flamenca puede combinar devoción y realismo, con un cuidado extremo por los detalles cotidianos.

A medida que avanzamos hacia el siglo XVI, aparece Pieter Bruegel el Viejo, quien traslada la mirada del espectador al mundo campesino. En obras como El combate desnudo, Bruegel captura la vida popular con humor y cierta crudeza. Sus figuras están llenas de movimiento, y cada gesto transmite historia, costumbre o moraleja. Aquí la pintura flamenca se convierte también en un espejo social, mostrando que la observación de la vida cotidiana puede ser un arte en sí misma.

Esculturas del Museo del Louvre de París

Al pasar a la sección alemana, el Louvre nos invita a descubrir un estilo más lineal y expresivo. Albrecht Dürer, con su Retrato de un joven, demuestra una precisión anatómica casi científica. Cada cabello, cada pliegue de la piel, cada expresión facial refleja un dominio absoluto del óleo, y la mirada del retratado parece seguirnos, conectando directamente con quien observa la obra. Sus grabados y dibujos, también presentes en las salas, revelan la versatilidad de Dürer y la influencia que los artistas flamencos ejercieron sobre el norte alemán.

Finalmente, las obras de Lucas Cranach el Viejo nos muestran un enfoque distinto: retratos cortesanos y escenas religiosas en las que la línea y el color se vuelven protagonistas. Sus figuras, estilizadas y elegantemente vestidas, transmiten autoridad y dignidad. Los detalles simbólicos, como los objetos que sostienen o los fondos que los rodean, ofrecen al espectador claves para interpretar la moral o el estatus social de los personajes.

Este recorrido continuo por las salas del Louvre revela cómo la pintura flamenca y alemana del Renacimiento y el Barroco no solo buscaba la belleza, sino también contar historias, transmitir devoción y reflejar la vida y la sociedad de su tiempo. La atención al detalle, la luz, la perspectiva y la expresividad de cada obra invitan a detenerse, mirar y leer cada cuadro como si fuera un libro abierto, donde cada figura y objeto tiene algo que decir.

Tríptico de Rogier van der Weyden del Museo del Louvre de París

1.- El tríptico de Rogier van der Weyden es una obra flamenca del siglo XV que representa una escena de devoción privada y muestra el excepcional detallismo del arte flamenco. Compuesto por tres paneles, el central muestra la Anunciación, donde el arcángel Gabriel se inclina ante la Virgen María, mientras la luz entra por una ventana que ilumina la estancia con naturalidad casi fotográfica. Cada objeto en la habitación —desde la vela encendida hasta los pequeños utensilios sobre la mesa— posee un valor simbólico, relacionado con la pureza, la humildad y la presencia divina en lo cotidiano.

Los paneles laterales completan la narrativa, mostrando a los donantes de la obra y sus devociones, integrando la figura del espectador en un diálogo íntimo con lo sagrado. La técnica del óleo permite a Van der Weyden captar texturas, reflejos y detalles minuciosos que eran revolucionarios para la época. Los pliegues de la ropa, las manos delicadamente articuladas y los rostros expresivos transmiten una humanidad cercana y solemne.

Este tríptico es un ejemplo claro de cómo la pintura flamenca combina realismo minucioso, simbolismo religioso y narrativa visual, invitando al espectador a detenerse en cada detalle y reflexionar sobre la espiritualidad cotidiana. La obra sigue siendo una referencia clave para entender la devoción privada en el norte de Europa durante el Renacimiento.

Tríptico de la Resurrección de Hans Memling del Museo del Louvre de París

2.- Tríptico de la Resurrección de Hans Memling, es una obra devocional compuesta por tres paneles que representan el momento central de la fe cristiana: la Resurrección de Cristo. En el panel central, Cristo surge del sepulcro con gran solemnidad, su cuerpo envuelto en un manto luminoso que contrasta con el paisaje oscuro del amanecer, creando un efecto dramático y espiritual. Los soldados que custodian la tumba aparecen adormecidos o sorprendidos, lo que subraya la divinidad y el poder sobrehumano de la escena.

Los paneles laterales suelen mostrar escenas complementarias o figuras de donantes, integrando la obra en un contexto de devoción personal. Memling, fiel al estilo flamenco, dedica una atención minuciosa a los detalles: la textura de las telas, los reflejos metálicos de las armaduras de los soldados, y los delicados pliegues de los paños mortuorios. Cada elemento no es solo decorativo: tiene un significado simbólico, reforzando la idea de la victoria de la luz sobre la oscuridad y de la vida sobre la muerte.

Lo que distingue a este tríptico es la armonía entre el realismo y la espiritualidad: los personajes son cercanos y humanos, pero la escena mantiene una solemnidad que invita a la contemplación. La perspectiva detallada y la claridad del espacio, típicas del Norte renacentista, permiten al espectador entrar en la escena y acompañar a Cristo en su triunfo sobre la muerte.

Díptico de Jan du Cellier de Hans Memling del Museo del Louvre de París

3.- El Díptico de Jan du Cellier es una obra de devoción privada que Memling realizó para el banquero y coleccionista Jan du Cellier, mostrando la maestría del artista en la representación de la espiritualidad íntima. Como es habitual en los dípticos flamencos, la obra está compuesta por dos paneles: uno dedicado a la Virgen con el Niño y otro que representa al donante, en este caso Jan du Cellier, en actitud de oración. Esta disposición refleja la función principal del díptico: crear un diálogo entre el creyente y la divinidad.

Memling destaca por su atención minuciosa al detalle: las vestimentas, bordadas con hilos finos, y los objetos que rodean a los personajes —libros de oración, paños, cortinas— no son solo decorativos, sino que poseen significados simbólicos que refuerzan la devoción. La luz suave que entra en la habitación ilumina los rostros y las manos de los personajes, creando una sensación de intimidad y serenidad.

El donante, Jan du Cellier, aparece retratado con un realismo respetuoso y cuidadosamente idealizado, una característica del estilo de Memling. La expresión de su rostro, la posición de sus manos y su mirada dirigida hacia la Virgen transmiten humildad y piedad, mientras que la Virgen y el Niño irradian calma y solemnidad, conectando con el espectador en un acto de contemplación silenciosa.

Este díptico ejemplifica cómo la pintura flamenca del siglo XV combinaba realismo, simbolismo y devoción personal. Cada elemento está cuidadosamente calculado para guiar la mirada y ofrecer una experiencia meditativa, haciendo que incluso un pequeño panel portátil pueda transmitir una poderosa sensación espiritual.

Virgen du Chancelier Rolin de Jan van Eyck del Museo del Louvre de París

4.- La Virgen du Chancelier Rolin de Jan van Eyck, es un retrato devocional encargado por Nicolas Rolin, canciller de Borgoña, para expresar su fe y su estatus social. En el panel central, la Virgen sostiene al Niño Jesús sobre sus rodillas, mientras Rolin aparece arrodillado a su lado, en actitud de veneración. La composición refleja la intención de crear un diálogo íntimo entre el donante y la divinidad, característico de la pintura flamenca de esta época.

Van Eyck despliega aquí su maestría en el óleo, creando una riqueza de texturas y detalles asombrosos: los pliegues de la ropa, los bordados dorados, los metales y piedras preciosas, e incluso los reflejos en las superficies brillantes están cuidadosamente representados. Cada elemento tiene un valor simbólico: la riqueza de los objetos muestra la posición social del donante, mientras que los elementos florales y arquitectónicos aluden a la pureza y la divinidad de la Virgen.

El paisaje y la arquitectura detrás de las figuras refuerzan la profundidad y la perspectiva, un rasgo innovador que Van Eyck domina con gran habilidad. La luz entra de manera natural, iluminando el rostro de la Virgen y el Niño con un resplandor que sugiere lo sagrado, mientras los detalles de la estancia y el mobiliario crean un ambiente tangible y realista.

Esta obra es un ejemplo perfecto de cómo la pintura flamenca combina realismo extremo, simbolismo religioso y representación del poder social, haciendo que cada visita a sus salas sea una experiencia de contemplación, en la que se puede leer tanto la devoción del donante como la maestría técnica del artista.

El ángel anuncia a Sarah de Jan Provost del Museo del Louvre de París

5.- La pintura conocida en el Jan Provost como Abraham, Sarah y el ángel —a veces titulada “El ángel anuncia a Sarah” o en francés L'Ange annonçant à Abraham la naissance d'un fils— es una obra religiosa de principios del siglo XVI que se conserva en el Museo del Louvre de París (Departamento de Pinturas, inventario RF 1989 - 35).

Este óleo sobre tabla, de tamaño relativamente contenido (aproximadamente 71 × 58 cm), representa un episodio del Antiguo Testamento extraído del libro del Génesis: el momento en que un ángel del Señor anuncia a Abraham y a su esposa Sara que, a pesar de su avanzada edad, van a tener un hijo, Isaac.

En la escena, Abraham aparece sorprendido —según las fuentes bíblicas incluso riéndose ante la promesa— mientras que Sara, situada a la derecha, escucha el anuncio con una mezcla de incredulidad y asombro. Esta reacción humana —un gesto de duda que recuerda la risa de Sara al escuchar la noticia— es uno de los rasgos más expresivos de la obra, mostrando cómo los flamencos del Renacimiento no solo representaban el relato sagrado, sino también la experiencia emocional de los personajes bíblicos.

Provost emplea aquí la técnica flamenca tradicional de óleo sobre madera para lograr una rica gama de texturas y colores, desde los pliegues de las vestiduras hasta los objetos que se aprecian en el fondo o en los bordes de la escena. Aunque la composición es relativamente sencilla, el momento elegido —el anuncio de la promesa divina— está cargado de narrativa y simbolismo, invitando al espectador a contemplar la intervención de lo sagrado en la historia humana.

Alegoría cristiana de Jan Provost del Museo del Louvre de París

6.- La obra Jan Provost conocida como Alegoría cristiana (o Christian Allegory, c. 1510 - 1515) es un pequeño óleo sobre madera (aprox. 50 × 40 cm) que forma parte de la colección del Museo del Louvre de París (sala  817, ala Richelieu).

En esta pintura, Provost abandona la representación narrativa convencional de escenas bíblicas para crear una vista alegórica del misterio de la fe cristiana. La composición reúne figuras simbólicas y elementos que representan el cosmos, la presencia divina y la Iglesia, articulados en torno a la mano de Dios que sostiene el mundo entero.

En la parte superior se sitúa el ojo omnisciente de Dios, símbolo de su vigilancia sobre la creación y de su sabiduría infinita. Debajo, la mano de Dios sostiene la esfera del universo, que representa la totalidad del cosmos creado, una imagen que subraya el control absoluto del Creador sobre todas las cosas. A la derecha de esta esfera se sitúa Cristo - Juez, con atributos que recuerdan su papel en el Juicio Final, mientras que a la izquierda suele interpretarse la figura de la Iglesia o de la Virgen, indicando la mediación de la fe y de la comunidad de creyentes.

Otros símbolos comunes en esta pintura —aunque no siempre fáciles de distinguir sin ver la obra en detalle— incluyen el cordero pascual (representación de Cristo como sacrificio redentor), el libro de la vida y la paloma del Espíritu Santo, que completan una iconografía cargada de significado teológico.

Lejos de ser una escena literal, esta alegoría invita al espectador a contemplar la relación entre Dios, el mundo y la Iglesia, y a meditar sobre la fe como fundamento del orden cósmico y espiritual. Es un ejemplo de cómo la pintura flamenca del Renacimiento tardío podía incorporar ideas filosóficas y teológicas complejas en una sola imagen visualmente rica y simbólicamente densa.

Tríptico de la familia Sedano de Gérard David del Museo del Louvre de París

7.- El Gérard David Tríptico de la familia Sedano es una de las joyas de la pintura flamenca del Louvre, pintada probablemente hacia 1495 para el rico comerciante castellano Jean de Sedano.

La obra, al óleo sobre madera, está formada por tres paneles articulados que combinan devoción religiosa, retrato de donantes y un simbolismo profundo.

En el panel central, vemos a la Virgen María con el Niño Jesús, sentada en un jardín cerrado (hortus conclusus), tradicional emblema de pureza y virginidad marianas. La figura de la Virgen irradia serenidad y majestad, acentuada por los ricos colores de sus vestiduras y la presencia de ángeles músicos que la flanquean, reforzando el carácter sagrado de la escena.

Los paneles laterales están dedicados a los donantes arrodillados en oración: en el ala izquierda aparece Jean de Sedano con su hijo pequeño, presentados por San Juan Bautista, mientras que en el ala derecha está su esposa, presentada por San Juan Evangelista. Estas figuras, integradas en el paisaje continúo que unifica todo el tríptico, no solo expresan la piedad de la familia, sino también su deseo de vincularse directamente con lo divino a través de la oración.

Un detalle importante es el paisaje de fondo: campos verdes que se extienden hasta un mar sereno y azul profundo, transmitiendo una sensación de paz que conecta las tres escenas en una sola visión armónica.

Además, el tríptico tiene una dimensión simbólica cuando está cerrado: las caras externas de los paneles muestran a Adán y Eva desnudos, representando la caída del hombre en contraste con la redención ofrecida por la Virgen y el Niño en el interior, lo que refuerza el mensaje de salvación y esperanza cristiana.

Emerency, la madre de Santa Ana de Jan Provost del Museo del Louvre de París

8.- Emerency, la madre de Santa Ana (Emerency, mother of St Anne) de Jan Provost, un panel que formaba parte del lado izquierdo de un políptico mayor y que hoy forma parte de la colección del Museo del Louvre de París.

Este cuadro (óleo sobre tabla, aproximadamente 47 × 80 cm) representa a Emerency, identificada tradicionalmente como la madre de Santa Ana, lo que la convierte en la abuela de la Virgen María y, por extensión, en una figura venerable dentro de la genealogía de Cristo.

En la composición, Provost retrata a Emerency con una presencia digna y serena, siguiendo la tradición flamenca de representar a los personajes sagrados con gran realismo y humanidad, sin idealizaciones excesivas. La figura ofrece un sentido de devoción tranquila: su mirada, gesto y postura transmiten reverencia y contemplación, invitando al espectador a meditar sobre el linaje sagrado que antecede a la Virgen y, por tanto, a Cristo mismo.

El tratamiento pictórico muestra la habilidad de Provost para combinar detalle minucioso de los tejidos y rasgos faciales con una composición equilibrada y profunda, propia de la pintura flamenca del tránsito entre los siglos XV y XVI. Aunque este panel es solo una parte de un conjunto mayor, su fuerza iconográfica radica en hacer visible una figura devocional que no aparece frecuentemente aislada en la pintura religiosa: la antecesora de María, ligada al misterio de la encarnación.

“Retrato de un hombre” de Joos van Cleve del Museo del Louvre de París

9.- El “Retrato de un hombre” de Joos van Cleve, es una obra representativa del retrato flamenco del siglo XVI. Realizado en óleo sobre tabla hacia 1520-1530, muestra a un hombre de medio cuerpo sobre un fondo oscuro, vestido con indumentaria sobria y elegante que refleja la moda y el estatus social de la burguesía acomodada del norte de Europa. El artista presta especial atención a los detalles del rostro, modelado con una iluminación suave que resalta los volúmenes y aporta profundidad psicológica a la figura. La minuciosidad en la representación de la piel, el cabello y las telas revela la tradición técnica de los primitivos flamencos, mientras que la composición equilibrada y la serenidad del personaje evidencian la influencia del Renacimiento italiano. La expresión contenida y la mirada directa del retratado transmiten dignidad y presencia, convirtiendo la obra en un ejemplo destacado del interés humanista por el individuo y su identidad.

“Adán y Eva” de Joos van Cleve del Museo del Louvre de París

10.- “Adán y Eva” es una obra atribuida a Joos van Cleve. Realizada hacia la primera mitad del siglo XVI, la pintura representa el episodio bíblico del Génesis en el que los primeros padres aparecen junto al árbol del conocimiento, momento previo o posterior a la tentación.

En la composición, Adán y Eva se presentan como figuras de cuerpo entero, tratadas con un cuidadoso estudio anatómico y una delicada atención al modelado de la piel. Eva suele sostener el fruto prohibido mientras la serpiente se enrosca en el tronco del árbol, elemento simbólico central de la escena. La obra combina el detallismo característico de la tradición flamenca —visible en la vegetación minuciosamente descrita y en la precisión de los rasgos— con una influencia italiana perceptible en la armonía de las proporciones y en el tratamiento idealizado de los cuerpos.

“Santa María Magdalena” es una obra de Quentin Metsys del Museo del Louvre de París

11.- “Santa María Magdalena” es una obra de Quentin Metsys. Pintada a comienzos del siglo XVI, la obra representa a la santa como figura de medio cuerpo, con una expresión recogida y melancólica que refleja su carácter penitente.

María Magdalena aparece ricamente vestida, con telas lujosas y detalladamente trabajadas, lo que demuestra la maestría técnica de Metsys en la representación de texturas, joyas y bordados. En muchas versiones de este tema, sostiene un frasco de ungüentos, atributo tradicional que alude al episodio evangélico en el que unge los pies de Cristo. El fondo oscuro resalta la figura y concentra la atención en el rostro, modelado con una iluminación suave que aporta volumen y profundidad psicológica.

La pintura combina el detallismo característico de la escuela flamenca con una sensibilidad más humanizada y emocional propia del Renacimiento. A través de la serenidad del gesto y la intensidad de la mirada, Metsys logra transmitir tanto la belleza idealizada como la dimensión espiritual de la santa, convirtiendo la obra en un ejemplo destacado del arte religioso en los Países Bajos del siglo XVI.

“El cambista y su mujer” de Quentin Metsys del Museo del Louvre de París

12.- “El cambista y su mujer” de Quentin Metsys, pintada en 1514. Esta pintura es un ejemplo destacado del arte flamenco del Renacimiento y combina el retrato con una escena de género cargada de simbolismo moral.

La obra representa a un cambista sentado ante una mesa cubierta con monedas, pesas y una balanza de precisión, instrumentos propios de su oficio. A su lado, su esposa observa atentamente el proceso de pesaje mientras sostiene un libro de horas, objeto asociado a la devoción religiosa. Sin embargo, su mirada se desvía hacia el dinero, detalle que introduce una reflexión moral sobre la tentación de la riqueza material frente a la vida espiritual.

Metsys demuestra una extraordinaria habilidad en la representación minuciosa de objetos: las monedas, los metales, el cristal y las telas están pintados con gran realismo y detalle, característica propia de la tradición flamenca. El espejo convexo situado sobre la mesa amplía el espacio y refleja una escena adicional, recurso que enriquece la composición y recuerda el interés por la perspectiva y la observación del mundo visible.

Más allá de la escena cotidiana, la pintura plantea un mensaje moral propio del pensamiento de comienzos del siglo XVI: la necesidad de equilibrio entre las actividades económicas y los valores espirituales.

Museo del Louvre de París

Pasamos a la sección de pintura alemana del Museo del Louvre, en París, forma parte del Departamento de Pinturas y reúne obras fundamentales del Renacimiento germánico y de la tradición artística del Sacro Imperio Romano Germánico. Aunque no es tan extensa como las escuelas italiana o francesa del museo, incluye piezas de gran relevancia histórica y artística.

El núcleo principal corresponde a los siglos XV y XVI, periodo de gran desarrollo cultural en las ciudades alemanas como Núremberg, Augsburgo y Basilea. Entre los artistas más destacados representados se encuentra Albrecht Dürer, figura central del Renacimiento alemán, cuya obra combina el detallismo nórdico con la influencia del humanismo italiano. También se exhiben trabajos de Hans Holbein the Younger, célebre por sus retratos de la corte inglesa, así como de Lucas Cranach the Elder, conocido por sus retratos y escenas religiosas vinculadas a la Reforma protestante.

Estas pinturas se caracterizan por la precisión en el dibujo, la minuciosidad en los detalles, el simbolismo religioso y una intensa expresividad en los rostros. El retrato tuvo un papel especialmente importante en la escuela alemana, sirviendo como medio para afirmar identidad social, política y religiosa en un contexto marcado por el humanismo y las transformaciones espirituales del siglo XVI.

“Retrato de William Warham” de Hans Holbein the Younger del Museo del Louvre de París

1.- El “Retrato de William Warham” es una obra de Hans Holbein the Younger, uno de los más importantes retratistas del Renacimiento del norte de Europa. La pintura representa a William Warham, quien fue arzobispo de Canterbury y una figura clave en la corte inglesa durante el reinado de Henry VIII.

Realizado hacia 1527, el retrato muestra a Warham de medio cuerpo, vestido con ricas vestiduras eclesiásticas de intenso color rojo, símbolo de su alta jerarquía dentro de la Iglesia. Holbein presta una atención extraordinaria a los detalles: la textura del terciopelo, el brillo de los anillos y la delicadeza de los bordados están ejecutados con precisión minuciosa. El rostro del arzobispo aparece sereno y concentrado, con una expresión introspectiva que transmite autoridad y dignidad.

El fondo liso y la composición sobria concentran toda la atención en la figura, recurso característico de Holbein, quien buscaba capturar no solo la apariencia física sino también la personalidad y el rango social del retratado. La obra refleja el humanismo renacentista y el auge del retrato como medio para afirmar identidad, poder y prestigio en la Europa del siglo XVI.

“Retrato de Nicolas Kratzer” de Hans Holbein the Younger del Museo del Louvre de París

2.- El “Retrato de Nicolas Kratzer” es una obra de Hans Holbein the Younger realizada hacia 1528. El retratado, Nicolas Kratzer, fue matemático y astrónomo de origen alemán, además de profesor en la Universidad de Oxford y miembro del círculo intelectual de la corte de Henry VIII.

En la pintura, Kratzer aparece de medio cuerpo, ligeramente inclinado sobre una mesa en la que se disponen instrumentos científicos —como compases y relojes solares— que aluden directamente a su actividad como estudioso de las matemáticas y la astronomía. Holbein utiliza un fondo neutro que concentra la atención en la figura y en los objetos, tratados con extraordinaria precisión. La minuciosidad en la representación de los instrumentos demuestra no solo la habilidad técnica del pintor, sino también el interés renacentista por la ciencia y el conocimiento.

El rostro del retratado se presenta con gran realismo, sin idealización excesiva, mostrando una expresión concentrada y reflexiva. La obra encarna el espíritu humanista del siglo XVI, donde el retrato no solo afirmaba la identidad social del individuo, sino también su prestigio intelectual.

“Retrato de Ana de Cléveris” de Hans Holbein the Younger del Museo del Louvre de París

3.- El “Retrato de Ana de Cléveris” es una obra de Hans Holbein the Younger realizada en 1539. La retratada es Ana de Cléveris, cuarta esposa de Henry VIII. El retrato fue encargado en el contexto de negociaciones matrimoniales entre Inglaterra y el ducado de Cléveris, con el objetivo de que el rey pudiera conocer la apariencia de su futura esposa.

Holbein presenta a Ana de medio cuerpo, de frente, con una postura rígida y solemne. Viste un lujoso atuendo cortesano ricamente decorado con bordados, joyas y tocado elaborado, todos pintados con extraordinaria precisión. La minuciosidad en los detalles textiles y en las piedras preciosas demuestra la habilidad técnica del artista y su capacidad para representar materiales con gran realismo.

El fondo neutro y la composición simétrica concentran la atención en la figura, reforzando la dignidad y el rango de la retratada. A diferencia de otros retratos más psicológicos de Holbein, esta imagen cumple también una función diplomática: debía transmitir nobleza, virtud y elegancia. La obra se ha convertido en uno de los ejemplos más conocidos del retrato cortesano del Renacimiento y refleja el papel político que podía desempeñar la pintura en las alianzas dinásticas del siglo XVI.

“La Edad de Plata” de Lucas Cranach the Elder del Museo del Louvre de París

4.- “La Edad de Plata” es una pintura de Lucas Cranach the Elder, realizada hacia la primera mitad del siglo XVI. La obra forma parte de una serie dedicada a las edades del mundo según la mitología clásica, inspirada en los relatos de Ovidio en sus Metamorfosis.

En esta escena, Cranach representa el momento posterior a la Edad de Oro, cuando la humanidad comienza a alejarse de la armonía original. Las figuras aparecen desnudas en un paisaje amplio y detallado, característico del estilo del pintor. Aunque todavía se percibe cierta serenidad, la composición sugiere un cambio: los gestos y actitudes muestran el inicio de conflictos y tensiones que culminarán en edades posteriores más violentas.

Cranach combina la tradición alemana en el detallismo del paisaje con una estilización particular de los cuerpos, alargados y de anatomía delicada. La naturaleza, cuidadosamente descrita, no es solo un fondo sino un elemento simbólico que refleja el estado moral de la humanidad.

“Las Tres Gracias” de Lucas Cranach the Elder del Museo del Louvre de París

5.- “Las Tres Gracias” de Lucas Cranach the Elder, realizada en el siglo XVI dentro de su serie de temas mitológicos inspirados en la Antigüedad clásica. La obra representa a las tres diosas de la gracia —Aglaea, Eufrósine y Talía— símbolos de belleza, encanto y fertilidad, un tema recurrente en el Renacimiento que celebraba la armonía y la perfección de los cuerpos humanos.

Cranach las muestra desnudas en con figuras estilizadas y alargadas que reflejan su estilo característico. Cada una adopta una postura diferente, creando un ritmo visual que guía la mirada por la composición.

El pintor enfatiza la delicadeza de los rostros y la suavidad de la piel, contrastando con los detalles minuciosos de los elementos naturales y los textiles que aparecen en algunas versiones de la obra. La pintura refleja tanto el interés de Cranach por la mitología clásica como su capacidad para fusionar la tradición flamenca del detalle con un estilo elegante y lineal propio del arte alemán del siglo XVI.

“Cristo bendiciendo a los niños” de Maestro HB con cabeza de grifo del Museo del Louvre de París

6.- “Cristo bendiciendo a los niños” obra de un artista centro - europeo conocido como el Maître HB à la tête de griffon (Maestro HB con cabeza de grifo), activo en la región de Saxe en. Fue realizada en el segundo cuarto del siglo XVI, probablemente entre 1525 y 1550, por .

La composición representa a Jesucristo bendiciendo a los niños, un tema bíblico inspirado en el pasaje en el que Jesús invita a los pequeños a acercarse a él («Dejad que los niños vengan a mí…»). En ella, Cristo se encuentra en el centro de la escena, sosteniendo a un niño y rodeado de madres y otros niños vestidos a la manera renacentista, lo que refleja tanto la iconografía cristiana como la sensibilidad artística del norte de Europa en el Renacimiento.

La obra está pintada al óleo sobre tabla (madera) y mide aproximadamente 73 × 59 cm. Aunque estuvo atribuida en ocasiones a Lucas Cranach the Elder, investigaciones más recientes la asignan al Maestro HB, identificado por su monograma con cabeza de grifo, y cuyo estilo se sitúa en estrecha relación con la escuela de Cranach en Sajonia.

Retrato del banquero Anton Fugger de Hans Maler zu Schwaz del Museo del Louvre de París

7.- Retrato del banquero Anton Fugger (1493 - 1560), de Hans Maler zu Schwaz (activo c. 1510 – 1529) pintado hacia 1525. Este retrato al óleo sobre madera representa a Anton Fugger en el momento en que asumió la dirección de la poderosa banca familiar tras la muerte de su tío Jakob el Rico, y destaca por la elegante indumentaria del personaje y la atención al detalle en los objetos y materiales representados.

Anton Fugger fue un destacado banquero alemán de Augsburgo, miembro influyente de la familia Fugger, que expandió el imperio comercial y financiero familiar en Europa y más allá durante el siglo XVI. Se le conoce sobre todo por sus retratos de miembros de la corte de los Habsburgo y de importantes familias mercantiles de su tiempo, especialmente los Fugger, una de las dinastías de banqueros y comerciantes más influyentes del Renacimiento germánico.

“Retrato de Matthäus Schwarz” de Hans Maler zu Schwaz del Museo del Louvre de París

8.- El “Retrato de Matthäus Schwarz” de Hans Maler zu Schwaz en 1526. La obra muestra a Matthäus Schwarz (Augsburgo, 1497 - 1574), un colaborador de la poderosa familia Fugger y conocido por su elegancia y refinamiento, representado tocando un laúd, instrumento que enfatiza su cultura y formación humanista. El retrato está datado y firmado con una inscripción que indica que el propio Matthäus se hizo retratar el 20 de febrero de 1526 en Schwaz, cuando tenía 29 años.

Pintado al óleo sobre tabla, mide aproximadamente 41 × 33 cm y destaca por la atención detallada a la indumentaria, los adornos y la postura naturalista del modelo, un ejemplo típico del retrato renacentista alemán, en el que la individualidad y el estatus social del personaje se combinan con una representación psicológica sutil.

“Persée secourant Andromède” de Joachim Wtewael del Museo del Louvre de París

9.- “Persée secourant Andromède” es una pintura mitológica de Joachim Wtewael realizada en 1611. Esta obra expone la célebre escena de la mitología clásica tomada de las Metamorfosis de Ovidio, en la que Perséus rescata a Andrómède tras derrotar al monstruo marino que la tenía encadenada a una roca como sacrificio.

La composición, pintada al óleo sobre lienzo y de gran formato (aproximadamente 180 × 150 cm), presenta al héroe descendiendo en un caballo alado —interpretado tradicionalmente como Pégaso— hacia la figura de Andrómède, que aparece atada al peñasco, mientras un paisaje marino y una arquitectura clásica ocupan el fondo.

Wtewael, representante destacado del manierismo neerlandés, combina aquí un detallado realismo con una intensa teatralidad: el contraste entre el cuerpo tenso de la joven y la fuerza dinámica del héroe enfatiza la tensión y el dramatismo del mito, mientras que la riqueza del color y la precisión formal reflejan el virtuosismo técnico del artista.

“La nave de los locos” de Hieronymus Bosch del Museo del Louvre de París

10.- Hay un cuadro de los Maestros alemanes que nos cuesta trabajo encontrarlo, se trata de la obra “La nave de los locos” de Hieronymus Bosch, también conocido como El Bosco, realizada hacia 1490 - 1500.

Detalle “La nave de los locos” Museo del Louvre de París

La pintura representa una barca repleta de figuras caricaturescas y grotescas, símbolo de la locura y el desorden moral de la humanidad. Inspirada en la tradición medieval de la sátira social y la crítica moral, la obra muestra a los ocupantes de la nave entregados a excesos, vanidades y comportamientos absurdos, mientras navegan hacia un destino incierto. Cada personaje está representado con expresiones exageradas y posturas teatrales, enfatizando la sátira y la ironía del mensaje.

El Bosco combina la minuciosidad flamenca en el detalle de las figuras y objetos con un sentido alegórico muy potente: la barca funciona como metáfora de la humanidad a la deriva, vulnerable frente a la locura, los vicios y la incapacidad de guiarse por la razón. Entre los elementos recurrentes se encuentran músicos, borrachos, mendigos y escenas de juego, que critican las debilidades humanas universales.

La obra pertenece a la primera fase de la pintura de El Bosco, marcada por un estilo expresivo y una riqueza simbólica que influyó en el desarrollo del arte moralizante y satírico del norte de Europa en el siglo XVI. Su narrativa visual invita a la reflexión sobre la conducta humana y la fragilidad de la sociedad ante el desorden y la irracionalidad.

Sala de Apolo Museo del Louvre de París

Seguimos el recorrido y pasamos por La Sala de las Joyas del Museo del Louvre en París pertenece al departamento de Objetos de Arte (Arts Décoratifs) y está dedicada a la exhibición de joyería, objetos preciosos y adornos personales que datan desde la antigüedad hasta la época moderna. Esta sección ofrece un recorrido por la historia del lujo y la artesanía a través de metales nobles, piedras preciosas, esmaltes y técnicas decorativas refinadas.

Entre los objetos más destacados se encuentran coronas, collares, anillos, broches y relojes que pertenecieron a familias reales o nobles de Europa, así como piezas de inspiración religiosa y ceremonial. La sala permite apreciar la evolución de los estilos y técnicas a lo largo de los siglos: desde la joyería medieval y renacentista hasta los diseños más sofisticados del barroco y del siglo XIX.

El diseño de la sala está pensado para resaltar los detalles y el brillo de las piezas, mediante vitrinas iluminadas y fondos neutros que enfatizan los colores de piedras preciosas y metales. Además, se contextualizan históricamente las piezas mediante paneles informativos sobre su procedencia, función y simbolismo social.

La Sala de las Joyas no solo es un espacio de exhibición artística, sino también un testimonio del poder, la riqueza y el gusto de las élites europeas a lo largo de la historia, mostrando cómo la joyería ha servido tanto como ornamento personal como indicador de estatus social y político.

Las mejoras obras de la Sala Apolo:

Diamante “El Régent” del Museo del Louvre de París

1.- Diamante “El Régent” considerado uno de los diamantes más famosos y excepcionales del mundo, este diamante de aproximadamente 140 quilates destaca por su gran pureza, talla brillante y brillantez deslumbrante. Fue descubierto en India en 1698 y desde el siglo XVIII formó parte de las riquezas de la monarquía francesa, decorando coronas reales, la espada de emperadores y otras piezas regias.

Diamante “Le Sancy” del Museo del Louvre de París

2.- Diamante “Le Sancy”. Este diamante de unos 55 quilates posee una historia propia ligada a la monarquía francesa y fue usado en coronaciones reales, incluida la de Napoleón. Su perfil histórico lo convierte en una de las piedras más prestigiosas del fondo joyero del Louvre.

Diamante “L'Hortensia” del Museo del Louvre de París

3.- Diamante “L'Hortensia”. Famoso por su color peculiar —un tono rosado - naranja— y por haber sido empleado en coronas y atuendos de varios monarcas, el Hortensia es un diamante raro y distintivo de la colección.

Espinela “Côte de Bretagne” del Museo del Louvre de París

4.- Espinela “Côte de Bretagne” de gran antigüedad y relevancia histórica, esta espinela perteneció a Ana de Bretaña (1477 - 1514) y es una de las gemas más antiguas de la colección real en el Louvre, simbolizando la unión de poderosas casas europeas y la historia de Francia en el Renacimiento.

Corona de la emperatriz Eugenia del Museo del Louvre de París

5.- Corona de la emperatriz Eugenia. Esta corona imperial del siglo XIX, encargada para Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, estaba engastada con más de mil diamantes y numerosas esmeraldas, reflejando el lujo del Segundo Imperio francés. Aunque fue recuperada tras un reciente robo, llegó al museo dañada, lo que prueba tanto su valor histórico como la fragilidad de estas joyas únicas.

Diadema de la duquesa de Angulema del Museo del Louvre de París

6.- Diadema de la duquesa de Angulema de Jacques-Évrard Bapst, Christophe-Frédéric Bapst, perteneciente a María Teresa de Francia, hija de Luis XVI de Francia y María Antonieta. La pieza, realizada a comienzos del siglo XIX, responde al gusto neoclásico propio de la Restauración borbónica y está compuesta fundamentalmente por diamantes dispuestos en un diseño elegante y simétrico. Más allá de su valor artístico y material, la diadema tenía un fuerte significado simbólico: representaba la legitimidad y la continuidad de la dinastía tras los acontecimientos revolucionarios y el exilio. Así, tanto la obra de los Bapst como esta diadema en particular reflejan la estrecha relación entre joyería, poder y representación política en la Francia de la época.

Diadema de la reina María Amelia del Museo del Louvre de París

7.- La diadema de la reina María Amelia de Borbón-Dos Sicilias es una de las piezas más representativas de la joyería cortesana francesa del siglo XIX. María Amelia, esposa de Luis Felipe I de Francia, fue reina durante la Monarquía de Julio (1830-1848), un periodo que buscó proyectar una imagen de estabilidad y legitimidad tras décadas de convulsiones políticas.

La diadema asociada a su figura responde al gusto romántico de la época, con una estructura elegante y equilibrada, generalmente compuesta por diamantes montados en motivos vegetales y roleos estilizados. Este tipo de diseño combinaba tradición y modernidad: evocaba la continuidad monárquica, pero con una estética más sobria que la ostentación característica del Antiguo Régimen.

La insignia de la Orden del Elefante de Dinamarca del Museo del Louvre de París

8.- La insignia de la Orden del Elefante de Dinamarca de Jacques-Évrard Bapst, la más alta distinción del reino danés. Esta orden, fundada en el siglo XV y reorganizada en época moderna, se concede principalmente a soberanos y jefes de Estado. Su insignia tradicional consiste en la figura esmaltada de un elefante blanco ricamente decorado, suspendido de una corona y acompañado de una banda azul celeste.

En el contexto del siglo XVIII, cuando las alianzas dinásticas entre casas reinantes eran fundamentales, la posesión y exhibición de esta insignia por parte de un príncipe o rey francés tenía un profundo significado diplomático. La intervención de joyeros como Bapst garantizaba que la pieza mantuviera el máximo nivel artístico y técnico, acorde con el prestigio tanto de la orden danesa como de la corte francesa que la ostentaba.

Corona de Luis XV de Francia de Dinamarca del Museo del Louvre de París

9.- La corona de Luis XV de Francia fue realizada con motivo de su coronación en 1722, celebrada en la catedral de Reims cuando el monarca tenía apenas doce años. Aunque seguía el modelo tradicional de las coronas francesas —estructura cerrada con ocho florones de lis alternados con hojas, arcos que convergen en un mundo coronado por cruz y profusa ornamentación de diamantes—, se trató de una pieza nueva, adaptada a la talla del joven rey.

En su ejecución intervinieron destacados orfebres y joyeros parisinos, entre ellos Augustin Duflos y Laurent Rondé, quienes participaron en la elaboración y el engaste de las piedras preciosas. La corona incorporaba diamantes procedentes del Tesoro Real, incluido el célebre “Régent”, una de las gemas más importantes de las Joyas de la Corona, que solía colocarse en la parte frontal para subrayar la majestad del soberano.

Tiara de perlas de la emperatriz Eugenia del Museo del Louvre de París

10.- La tiara de perlas de la emperatriz Eugenia de Montijo fue una de las joyas más delicadas y representativas del Segundo Imperio francés. Eugenia, esposa de Napoleón III, destacó por su refinado gusto y su influencia en la moda y la joyería de la corte, convirtiendo las perlas en uno de sus adornos predilectos.

La tiara respondía al estilo romántico e historicista propio de mediados del siglo XIX. Estaba compuesta por una estructura ligera de diamantes que sostenía hileras y motivos culminados por perlas de gran tamaño, cuidadosamente seleccionadas por su brillo y uniformidad. Las perlas, símbolo tradicional de pureza y elegancia, suavizaban el resplandor de los diamantes y conferían a la pieza una armonía particularmente apreciada en la estética imperial.

Colección de pintura italiano Museo del Louvre de París

Después de ver esta parte bajamos a la planta 1 con las fuerzas mermadas dedicamos el resto de la tarde para ver a los Maestros de la pintura italiana.

La colección de pintura italiana en el Louvre es un tesoro para los amantes del arte, con obras maestras que abarcan desde el Renacimiento hasta el Barroco. Los artistas italianos como Leonardo da Vinci, Rafael y Tiziano han dejado una huella duradera en la historia del arte, y sus obras en el Louvre son un testimonio de su genio y creatividad.

La colección de pintura italiana del Museo del Louvre es una de las más importantes del mundo y recorre la evolución artística de Italia desde el siglo XIII hasta el XVII. Formada en gran parte por adquisiciones reales (Francisco I, Luis XIV) y por las incautaciones napoleónicas, la llamada “Galería italiana” reúne obras maestras del Trecento, el Renacimiento y el Barroco.

Colección de pintura italiano Museo del Louvre de París

Entre las piezas más célebres se encuentra la Mona Lisa de Leonardo da Vinci, icono universal del arte renacentista, junto con La Virgen de las Rocas, también del mismo maestro. De Rafael destacan retratos y composiciones como La Belle Jardinière, ejemplo del equilibrio y la armonía del Alto Renacimiento. La pintura veneciana está representada por obras de Tiziano y Veronés, caracterizadas por su riqueza cromática y monumentalidad.

El Barroco italiano ocupa igualmente un lugar destacado, con lienzos dramáticos y de intenso claroscuro de Caravaggio, cuya Muerte de la Virgen marcó un hito por su realismo innovador. También se conservan obras de Guido Reni, los Carracci y otros maestros boloñeses que influyeron decisivamente en la pintura europea posterior.

La disposición de las salas permite apreciar la transición desde los fondos dorados medievales hasta la perspectiva científica y el naturalismo renacentista, culminando en el dinamismo barroco. En conjunto, la galería italiana del Louvre no solo muestra la evolución estilística de Italia, sino que testimonia la profunda influencia que su arte ejerció en la formación de las colecciones reales francesas y en la historia artística de Europa.

Cruz pintada con pelícano atribuida a Giotto di Bondone del Museo del Louvre de París

1.- Cruz pintada con pelícano atribuida a Giotto di Bondone es un ejemplo significativo de las grandes cruces procesionales y devocionales realizadas en Italia a finales del siglo XIII y comienzos del XIV. Este tipo de obra, suspendida sobre el altar o en el arco triunfal de las iglesias, combinaba función litúrgica e intensa carga simbólica.

En la iconografía medieval, el pelícano que se abre el pecho para alimentar a sus crías con su propia sangre simboliza el sacrificio de Cristo y la Eucaristía. Por ello, su representación suele situarse en el extremo superior de la cruz, reforzando el significado redentor de la Crucifixión. Giotto, heredero de la tradición de Cimabue pero innovador en el tratamiento del volumen y la emoción, introdujo en estas cruces una nueva concepción espacial y humana de la figura de Cristo: el cuerpo adquiere peso real, la anatomía se modela con mayor naturalismo y el dolor se expresa con una intensidad contenida pero profundamente humana.

La cruz pintada atribuida a Giotto muestra ya rasgos característicos de su estilo: abandono progresivo del hieratismo bizantino, mayor atención al claroscuro y una incipiente construcción tridimensional del cuerpo. Estas innovaciones marcaron un punto de inflexión en la pintura occidental y anticiparon el desarrollo del arte del Trecento florentino.

La Anunciación de Bernardo Daddi del Museo del Louvre de París

2.- La Anunciación de Bernardo Daddi (activo en Florencia, c. 1290–1348. La obra data aproximadamente del año 1335 y está ejecutada en tempera y oro sobre tabla, con unas dimensiones de alrededor de 43 × 70 cm.

La pintura representa el momento bíblico de la Anunciación, en el que el ángel Gabriel comunica a la Virgen María que dará a luz al Hijo de Dios. Pertenece al estilo gótico temprano o proto-renacentista florentino, caracterizado por figuras estilizadas y un fondo dorado que simboliza lo divino. La composición enfatiza la elegancia y la devoción, rasgos típicos del arte florentino del siglo XIV.

Se cree que esta obra pudo haber formado parte de una predela —la sección inferior de un retablo mayor— lo que explicaría su tamaño reducido y los bordes recortados en los cuatro lados. Una característica particular de esta Anunciación de Daddi es la presencia de más de un ángel en la escena, situado detrás del arcángel Gabriel, un detalle poco frecuente en otras representaciones del mismo tema.

Coronación de la Virgen María obra del pintor Guido di Pietro del Museo del Louvre de París

3.- La Coronación de la Virgen María obra del pintor Guido di Pietro, más conocido como Fra Angelico (c. 1395–1455), fraile dominico y maestro del Renacimiento temprano italiano.

Esta pintura, que data aproximadamente de 1434–1435, se realizó en tempera sobre tabla y mide alrededor de 213 × 211 cm. Formó parte probablemente de un retablo mayor diseñado para la devoción en un contexto religioso (posiblemente en el convento dominico de San Domenico en Fiesole, cerca de Florencia).

En la escena principal se representa el momento en que Cristo corona a la Virgen María en el cielo, rodeados por una asamblea de santos y ángeles que celebran el acontecimiento. La composición se organiza con solemnidad: María, en actitud reverente, recibe la corona que simboliza su exaltación como Reina del Cielo, mientras el conjunto de figuras y elementos iconográficos transmite el carácter espiritual y jerárquico propio del arte sacro del Quattrocento.

Madona Des Guidi de Faenza de Sandro Botticelli Museo del Louvre de París

4.- La Madona Des Guidi de Faenza de Sandro Botticelli es una delicada obra atribuida a la etapa temprana del artista florentino. En esta pintura se percibe claramente la sensibilidad lineal y la elegancia característica de Botticelli, todavía influida por la tradición del taller de Filippo Lippi, su maestro, pero ya con rasgos propios que anticipan su estilo maduro.

La composición presenta a la Virgen María en actitud recogida y serena, sosteniendo al Niño Jesús con una ternura íntima que enfatiza la humanidad de la escena. El gesto delicado de las manos, el leve giro de las figuras y la suavidad de los contornos revelan el interés de Botticelli por la línea como elemento estructural y expresivo. El rostro de la Virgen muestra una belleza idealizada, de facciones finas y mirada melancólica, rasgo distintivo del pintor, mientras que el Niño aparece vivaz pero contenido, en una relación afectiva que transmite espiritualidad y cercanía.

El fondo y los elementos decorativos mantienen una sencillez que dirige la atención hacia las figuras principales. La luz es suave y homogénea, modelando los volúmenes sin brusquedad y creando una atmósfera contemplativa.

Retrato de un hombre joven de Sandro Botticelli Museo del Louvre de París

5.- El Retrato de un hombre joven de Sandro Botticelli —nombre real Alessandro di Mariano di Vanni Filipepi— es una de las obras que mejor ejemplifica el desarrollo del retrato individual en la Florencia del Quattrocento. En esta pintura, atribuida a la etapa madura del artista, se aprecia una síntesis entre idealización y estudio psicológico, característica del Renacimiento italiano.

El joven aparece representado de busto, generalmente sobre un fondo neutro o sobrio que concentra la atención en el rostro. La figura adopta una pose de tres cuartos, recurso innovador en su tiempo que aporta mayor naturalismo y profundidad frente al perfil rígido heredado de la tradición medieval. La mirada, intensa y directa o ligeramente desviada, sugiere introspección y cierta melancolía, rasgo frecuente en los modelos de Botticelli.

La línea, elemento esencial en la pintura del maestro florentino, define con precisión los contornos del rostro, el cabello y el vestuario. El dibujo prevalece sobre el modelado volumétrico, otorgando a la figura una elegancia refinada más que un realismo estrictamente anatómico. El tratamiento del cabello, minucioso y casi ornamental, evidencia el gusto por el detalle decorativo.

La Virgen de la Victoria de Andrea Mantegna Museo del Louvre de París

6.- La Virgen de la Victoria es una de las obras más emblemáticas de Andrea Mantegna, realizada en 1496 y conservada hoy en el Museo del Louvre. Fue encargada por el marqués Francesco II Gonzaga para conmemorar la victoria en la batalla de Fornovo (1495), en el contexto de las guerras italianas, y combina devoción religiosa con exaltación política.

La composición presenta a la Virgen entronizada bajo un rico dosel vegetal y arquitectónico, sosteniendo al Niño Jesús, mientras varios santos la acompañan. A sus pies, arrodillado en actitud humilde, aparece el propio Gonzaga, representado como devoto protegido por la Virgen. Este detalle subraya el carácter propagandístico de la obra: la victoria militar se interpreta como fruto de la intercesión divina.

Mantegna construye la escena con una precisión casi escultórica. Las figuras poseen una firmeza monumental, con contornos definidos y una fuerte sensación de volumen. El espacio está cuidadosamente organizado mediante una arquitectura clásica que enmarca la escena, reforzando la perspectiva y otorgando profundidad. La abundancia de elementos simbólicos —guirnaldas, frutos, detalles ornamentales— alude a la fertilidad, la prosperidad y la protección celestial.

El color es sobrio pero intenso, y la luz modela los cuerpos con claridad, acentuando el relieve de las formas. La obra refleja el profundo interés de Mantegna por la antigüedad clásica y su capacidad para integrar erudición humanista y fervor religioso.

La Crucifixión de Andrea Mantegna Museo del Louvre de París

7.- La Crucifixión de Andrea Mantegna es una obra que manifiesta con claridad el rigor compositivo y la intensidad dramática propios del artista. Pintada hacia mediados del siglo XV como parte de la predela del Retablo de San Zenón en Verona, hoy se conserva en el Museo del Louvre tras su traslado a Francia en época napoleónica.

La escena presenta a Cristo crucificado en el centro, flanqueado por los dos ladrones, sobre un paisaje rocoso que se abre hacia un horizonte amplio y luminoso. Mantegna organiza el espacio con una perspectiva precisa y matemática, otorgando profundidad mediante la disposición escalonada de las figuras y el uso de caminos que conducen la mirada hacia el fondo. La composición se estructura con equilibrio geométrico, pero sin perder intensidad narrativa.

El tratamiento de los cuerpos es casi escultórico: las anatomías son firmes, delineadas con contornos marcados y modeladas por una luz clara que resalta músculos y tensiones. El dramatismo no se expresa mediante gestos exagerados, sino a través de una contención solemne que intensifica el impacto emocional. Los personajes que rodean la escena —soldados, curiosos y figuras dolientes— aportan variedad psicológica y dinamismo.

El paisaje, minuciosamente descrito, refleja el interés de Mantegna por la antigüedad clásica y la observación natural. Las rocas, de formas casi cristalinas, y la arquitectura distante evocan un mundo sólido y racional, acorde con los ideales humanistas del Renacimiento.

Hombre mayor y niño de Domenico Ghirlandaio Museo del Louvre de París

8.- Hombre mayor y niño es una de las obras más conmovedoras de Domenico Ghirlandaio, realizada hacia 1490 y conservada en el Museo del Louvre. Esta pintura constituye un ejemplo extraordinario del retrato florentino del Quattrocento, combinando realismo, ternura y profundidad psicológica.

La escena muestra a un anciano y a un niño en un interior doméstico, situados ante una ventana abierta que deja ver un paisaje sereno al fondo. El anciano, cuyo rostro presenta deformaciones visibles —probablemente causadas por una enfermedad cutánea como la rinofima—, está representado con un realismo sorprendente y sin idealización. Lejos de suavizar sus rasgos, Ghirlandaio los pinta con precisión, subrayando la dignidad humana más allá de la apariencia física.

El niño, en contraste, posee un rostro delicado y armónico. Su mirada se dirige con afecto hacia el anciano, mientras este lo sostiene con gesto protector. La interacción entre ambos transmite una intensa carga emocional basada en la ternura y el vínculo afectivo. No se trata solo de un retrato físico, sino de una representación del amor intergeneracional.

Virgen María con el Niño Jesús entre San Julián y San Nicolás de Lorenzo di Credi Museo del Louvre de París

9.- La Virgen María con el Niño Jesús entre San Julián y San Nicolás es una obra de Lorenzo di Credi que refleja el refinamiento técnico y la serenidad espiritual propios de la escuela florentina de finales del siglo XV. Formado en el taller de Andrea del Verrocchio, Lorenzo heredó una minuciosa atención al dibujo y una delicada sensibilidad en el tratamiento de las figuras.

La composición presenta a la Virgen entronizada o situada en el centro de la escena, sosteniendo al Niño Jesús, mientras a ambos lados se disponen San Julián y San Nicolás en actitud devocional. Esta estructura simétrica responde al modelo de la sacra conversazione, donde los santos comparten un mismo espacio sagrado en armonía compositiva. La disposición equilibrada y el orden claro transmiten calma y estabilidad.

El rostro de la Virgen se caracteriza por una belleza idealizada y recogida, con expresión suave y meditativa. El Niño, generalmente representado con gesto bendiciente o en contacto afectuoso con su madre, refuerza el carácter íntimo y humano de la escena. Los santos aparecen identificables por sus atributos tradicionales: San Nicolás como obispo, con vestiduras episcopales, y San Julián con los elementos que remiten a su leyenda hagiográfica.

El paisaje o el fondo arquitectónico suelen estar tratados con precisión atmosférica, mostrando la influencia del interés renacentista por la perspectiva y la naturaleza. La luz es clara y uniforme, modelando los volúmenes sin dramatismo excesivo, lo que acentúa el clima contemplativo.

Virgen con el Niño con los santos Juan Bautista y Catalina de Alejandría de Pietro Perugino Museo del Louvre de París

10- La Virgen con el Niño con los santos Juan Bautista y Catalina de Alejandría es una pintura al óleo sobre tabla (81x63 cm) de Pietro Perugino, que data de alrededor de 1500.

La escena se desarrolla según un esquema tranquilo y agradable, ordenado por las reglas de simetría y correspondencias rítmicas, como se aprecia en la inclinación de las cabezas. El rostro de la Virgen es típico de la producción madura del pintor: representa a una mujer sencilla y severa de edad avanzada, inspirada en la efigie de su esposa Chiara Fancelli, en lugar de la joven elegante y refinada de sus obras anteriores; esto, después de todo, también estaba más en consonancia con el clima espiritual, muy presente entonces en Florencia.

“Virgen con el Niño, San Juan Bautista, Santa Magdalena, San Jorge, San Pedro y un donante” de Giovanni Bellini,Museo del Louvre de París

11.- La obra “Virgen con el Niño, San Juan Bautista, Santa Magdalena, San Jorge, San Pedro y un donante” de Giovanni Bellini, es un ejemplo representativo del Renacimiento veneciano que combina la devoción religiosa con la precisión en el retrato.

La composición muestra a la Virgen María sosteniendo al Niño Jesús en el centro, flanqueada por varios santos: San Juan Bautista, identificado por su vestimenta de piel y el gesto señalando a Cristo; Santa Magdalena, con su tradicional frasco de ungüento; San Jorge, representado con armadura, símbolo de valentía y fe; y San Pedro, reconociible por las llaves del cielo que porta. En primer plano aparece un donante, figura que refleja la práctica renacentista de incluir a los mecenas dentro de escenas sagradas como muestra de devoción y prestigio. Bellini destaca en esta obra por su dominio del color, la luz y el modelado delicado de las figuras, creando un espacio armonioso y lleno de serenidad que invita a la contemplación. La pintura evidencia también la influencia de la tradición pictórica veneciana en la representación de paisajes y atmósferas luminosas, integrando lo divino con lo terrenal de manera elegante y natural.

“Cristo en la Columna” de Antonello da Messinai,Museo del Louvre de París

12.- La obra “Cristo en la Columna” de Antonello da Messina es un ejemplo magistral del virtuosismo técnico y la intensidad emocional del Renacimiento.

La pintura representa a Cristo atado a la columna durante la flagelación, con un dramatismo contenido pero profundo que enfatiza tanto el sufrimiento físico como la dimensión espiritual de la escena. Antonello destaca por su meticulosa atención al detalle, desde la anatomía precisa del cuerpo de Cristo hasta la textura de la piel y la musculatura, así como la expresión de dolor y resignación en su rostro. El uso del óleo sobre tabla permite un modelado sutil de luces y sombras, creando volumen y profundidad en las figuras y un realismo casi tridimensional. La composición, concentrada en la figura central de Cristo, transmite intimidad y recogimiento, invitando al espectador a la contemplación de la Pasión. Esta obra refleja también la influencia de la pintura flamenca en Antonello, especialmente en el tratamiento de la luz y los detalles minuciosos, fusionando la tradición italiana con la precisión norteuropea.

“Cristo Bendiciendo” de Giovanni Belliniii,Museo del Louvre de París

13.- La obra “Cristo Bendiciendo” de Giovanni Bellini es un retrato religioso que refleja la maestría del artista en la representación de la figura humana y la expresión espiritual. En la pintura, Cristo se muestra en primer plano levantando la mano derecha en gesto de bendición, mientras la mirada transmite serenidad y solemnidad, invitando al espectador a la contemplación y la devoción. Bellini utiliza un modelado delicado de luces y sombras para dotar al rostro y las manos de volumen y realismo, resaltando la armonía y la suavidad propias de su estilo.

La obra también evidencia la influencia de la tradición veneciana en el tratamiento de la luz y el color, creando un efecto cálido y envolvente que intensifica la presencia de Cristo. Este cuadro, aunque centrado en una sola figura, refleja la capacidad de Bellini para combinar espiritualidad, detalle anatómico y riqueza cromática, elementos característicos de su contribución al Renacimiento.

“El Calvario” de Giovanni Belliniii,Museo del Louvre de París

14.- La obra “El Calvario” de Giovanni Bellini es un ejemplo destacado del arte sacro del Renacimiento veneciano, donde el maestro combina la intensidad emocional con la perfección técnica. La escena representa la crucifixión de Cristo, situada en el centro de la composición, rodeado por la Virgen María, San Juan Evangelista y otras figuras que expresan el dolor y la compasión ante el sacrificio divino. Bellini se distingue por su delicado uso del color y la luz, que modelan las formas y aportan profundidad, creando un ambiente que mezcla lo terrenal con lo espiritual. Los paisajes de fondo, típicos de la pintura veneciana, aportan un sentido de espacio y atmósfera, mientras que la atención a los detalles de los rostros y gestos intensifica la carga emocional de la obra.

En “El Calvario”, Bellini logra un equilibrio entre el dramatismo del episodio bíblico y la serenidad estética, reflejando su capacidad para transmitir devoción y humanidad a través del arte.

“San Juan Bautista” de Leonardo da Vinci ,Museo del Louvre de París

15.- La obra “San Juan Bautista” de Leonardo da Vinci es un retrato emblemático del Alto Renacimiento que combina el misterio, la psicología y la técnica magistral del artista.

La pintura muestra a San Juan Bautista en actitud serena y enigmática, con una ligera sonrisa que recuerda al famoso sfumato leonardesco, difuminando los contornos y creando transiciones suaves entre luz y sombra. Su mano derecha señala hacia arriba, simbolizando la revelación de Cristo, mientras que la mirada directa y profunda establece un vínculo intenso con el espectador. Leonardo logra un efecto tridimensional mediante un modelado delicado del cuerpo y del rostro, reforzado por un fondo oscuro que resalta la figura central y aumenta la sensación de intimidad y concentración espiritual. Esta obra refleja tanto la perfección anatómica y el dominio de la luz y el color característicos de Leonardo, como su interés por la expresión interior y la tensión psicológica, transformando un tema religioso en una experiencia contemplativa y humana.

“San Juan Bautista” de Leonardo da Vinci ,Museo del Louvre de París

16.- La pintura “San Juan Bautista” es una de las obras maestras del artista renacentista de Leonardo da Vinci y figura entre las piezas más importantes

Realizada en óleo sobre madera de nogal en el primer cuarto del siglo XVI (aproximadamente entre 1508 y 1519), esta obra muestra a San Juan Bautista emergiendo desde un fondo oscuro, con el brazo levantado y señalando hacia arriba, un gesto simbólico que remite a su papel profético como precursor de Cristo.

El tratamiento del claroscuro y el sfumato —técnica en la que Leonardo era un maestro— dota a la figura de un efecto luminoso y misterioso, mientras que la composición aislada del santo contribuye a la intensidad espiritual del retrato. La obra es considerada una de las últimas pinturas de Leonardo, fruto de largos años de trabajo en los que el artista buscó perfeccionar los detalles y las transiciones tonales características de su estilo.

“La Virgen de las Rocas” de Leonardo da Vinci ,Museo del Louvre de París

17.- La obra “La Virgen de las Rocas” de Leonardo da Vinci , conservada en el Museo del Louvre , es una de las versiones más conocidas de este tema, realizada aproximadamente entre 1483 y 1486 . La pintura representa a la Virgen María junto al Niño Jesús, San Juan Bautista niño y un ángel, situados en un paisaje rocoso y misterioso que aporta profundidad y atmósfera a la escena. Leonardo emplea la técnica del sfumato , creando transiciones suaves entre luces y sombras que aportan realismo y suavidad a los rostros y las manos de las figuras.

El uso de la luz y la composición triangular dirige la atención hacia las interacciones de las figuras, transmitiendo serenidad y armonía. El paisaje, con sus formaciones rocosas y vegetación detallada, no solo funciona como fondo, sino que refuerza la sensación de misterio y trascendencia, característica del estilo leonardesco. “La Virgen de las Rocas” refleja la habilidad de Leonardo para combinar anatomía, perspectiva y simbolismo religioso, integrando de manera natural lo divino en un entorno natural que parece casi tangible. Esta obra se considera una de las cumbres del Renacimiento italiano y un ejemplo de la innovadora capacidad de Leonardo para fusionar naturaleza, emoción y narrativa sagrada.

“Retrato de una dama de la corte de Milán” de Leonardo da Vinci , Museo del Louvre de París

18.- La obra conocida como “Retrato de una dama de la corte de Milán” de Leonardo da Vinci se refiere generalmente al célebre “La Belle Ferronnière”, aunque la identidad exacta de la mujer retratada sigue siendo objeto de debate entre los historiadores del arte. Este retrato, realizado probablemente entre 1495 y 1497 durante la estancia de Leonardo en Milán bajo la corte de Ludovico Sforza, refleja la maestría del artista en la representación de la figura humana y la expresión psicológica.

La dama aparece de medio cuerpo, con la cabeza ligeramente girada y una expresión serena y enigmática que recuerda al famoso sfumato leonardesco, donde los contornos se difuminan suavemente para crear transiciones sutiles entre luz y sombra. Su vestimenta y los detalles de los accesorios sugieren su pertenencia a la nobleza de la corte milanesa, mientras que la composición triangular y el fondo oscuro concentran toda la atención en el rostro, destacando la delicadeza de la piel, la precisión anatómica y la mirada penetrante.

Virgen y el Niño con Santa Ana de Leonardo da Vinci , Museo del Louvre de París

19.- La obra La Virgen y el Niño con Santa Ana de Leonardo da Vinci, es una de las pinturas religiosas más célebres e influyentes del Alto Renacimiento.

Realizada al óleo sobre panel de madera de álamo entre aproximadamente 1503 y 1519 —tiempo en el que Leonardo la fue ajustando y retocando a lo largo de muchos años—, esta composición muestra a Santa Ana (madre de la Virgen), a la Virgen María y al Niño Jesús, formando un grupo triangular que expresa una compleja relación familiar y espiritual.

En la escena, la Virgen María aparece sentada en el regazo de Santa Ana mientras intenta separar amorosamente al Niño Jesús de un cordero, símbolo de su futura pasión y sacrificio redentor.

Leonardo aplica su maestría en el uso del sfumato y del claroscuro para crear transiciones suaves entre luz y sombra, dotando a las figuras de gran volumen y presencia psicológica. El paisaje rocoso y atmosférico que sirve de fondo refuerza la sensación de profundidad y misterio, un elemento característico de su estilo maduro.

Aunque no fue completamente terminado, este cuadro es considerado una de las obras culminantes de Leonardo por la armonía compositiva y la sutileza emocional que logra transmitir.

“La Virgen y el Niño con San Esteban, San Jerónimo y San Mauricio” de Tiziano Vecellio,Museo del Louvre de París

20.- La obra “La Virgen y el Niño con San Esteban, San Jerónimo y San Mauricio” de Tiziano Vecellio es un ejemplo destacado de la sacra conversazione, un tipo de composición religiosa en la que la Virgen con el Niño se representa rodeada de santos en un mismo espacio, como si compartieran una conversación espiritual. En esta pintura, la Virgen María sostiene al Niño Jesús, mientras que San Esteban, identificado por sus atributos de mártir, San Jerónimo, con su hábito y libro, y San Mauricio, representado como soldado cristiano, completan la escena.

Tiziano demuestra su maestría en el uso del color y la luz, creando contrastes cálidos y vibrantes que aportan volumen y presencia a las figuras, además de un efecto dramático que intensifica la carga emocional del conjunto. El paisaje de fondo y la composición equilibrada reflejan la influencia veneciana y el énfasis en la armonía visual y la monumentalidad de los personajes.

“Las Bodas de Caná” de Paolo Veronese Museo del Louvre de París

21.- La obra “Las Bodas de Caná” de Paolo Veronese es un monumental lienzo al óleo realizado en 1563, considerado uno de los mayores ejemplos del manierismo veneciano. Esta pintura representa el episodio bíblico de la transformación del agua en vino durante la boda en Caná, según el Evangelio de Juan, y destaca por la riqueza de detalles, la multitud de figuras y la fastuosidad del ambiente festivo.

Veronese organiza la escena en un gran espacio arquitectónico renacentista, lleno de columnas, arcos y escaleras que generan profundidad y dinamismo. La composición incluye una gran variedad de personajes —novios, músicos, sirvientes, invitados— cada uno con expresiones y gestos individualizados, demostrando la habilidad del artista para combinar narrativa, teatralidad y colorido brillante. El uso de la luz y los colores saturados intensifica la sensación de lujo y celebración, mientras que los gestos y miradas dirigen la atención hacia el milagro central: Cristo señalando el agua convertida en vino.

La pintura fue originalmente encargada para el refectorio del convento de San Giorgio Maggiore en Venecia y se convirtió en un ejemplo paradigmático de la pintura decorativa monumental de la época, mostrando la capacidad de Veronese para fusionar drama, espectáculo y armonía pictórica en un solo lienzo.

Estamos ya bajo mínimos, nos encontramos súper cansados y solamente nos queda de ver las otras cinco obras imprescindibles del Louvre: Consagración de Napoleón, La Victoria de Samotracia, La Venus del Nilo, Código de Hamurabi y La Guioconda.

La Consagración de Napoleón es una famosa pintura realizada por Jacques-Louis David Museo del Louvre de París

1.- La Consagración de Napoleón es una famosa pintura realizada por Jacques-Louis David en 1807. Representa la ceremonia de coronación de Napoleón Bonaparte como emperador en la catedral de Notre-Dame de París el 2 de diciembre de 1804. Una de las escenas más icónicas es cuando Napoleón se corona a sí mismo, en lugar de que el papa lo haga, mostrando su autoridad y ruptura con la tradición.

Consagración de Napoleón Museo del Louvre de París

La obra es un gran óleo sobre lienzo, de dimensiones monumentales (alrededor de 6,21 × 9,79 metros), y se exhibe en Museo del Louvre. David incluyó numerosos personajes históricos presentes en la ceremonia, como José Bonaparte, María Luisa de Austria y el papa Pío VII, combinando detalles históricos con un estilo neoclásico muy teatral.

Representa la coronación de Napoleón Bonaparte en la catedral de Notre-Dame de París en 1804, un momento cargado de simbolismo político y teatralidad. Napoleón ocupa el centro de la composición, destacándose como el protagonista absoluto. Su gesto de coronarse a sí mismo desafía la tradición, mostrando que su autoridad no proviene del papa ni de la Iglesia, sino de sí mismo, un claro mensaje sobre la autonomía del poder imperial. El papa Pío VII, aunque presente, queda relegado a un segundo plano, observando sin intervenir, lo que subraya la subordinación de la Iglesia frente al Estado.

A su alrededor, los miembros de la familia imperial y otras figuras importantes están cuidadosamente situados, con gestos y miradas que reflejan respeto, admiración o solemnidad, reforzando la teatralidad de la escena. La presencia de María Luisa de Austria no solo añade un toque de elegancia, sino que también simboliza la unión política de Napoleón con las casas reales europeas. David utiliza la luz para centrar la atención en Napoleón y las figuras más relevantes, mientras que los ricos colores del vestuario y los detalles dorados transmiten riqueza, poder y magnificencia.

La Victoria de Samotracia Museo del Louvre de París

2.- La Victoria de Samotracia, también conocida como Niké de Samotracia, es una de las esculturas más famosas de la Antigua Grecia y un icono del Museo del Louvre en París. Se trata de una obra de mármol que data aproximadamente del año 190 a.C., durante el período helenístico, y representa a la diosa alada Niké, personificación de la victoria.

La Victoria de Samotracia Museo del Louvre de París

La escultura es monumental, mide alrededor de 2,75 metros de altura y está diseñada para colocarse sobre la proa de un barco, como un monumento conmemorativo de una victoria naval. Aunque la cabeza y los brazos originales se han perdido, la fuerza expresiva de la obra sigue intacta: el cuerpo inclinado hacia adelante, con las alas extendidas y el manto que parece moverse con el viento, transmite una sensación de movimiento, dinamismo y triunfo.

La elección del mármol y la precisión de los pliegues del manto muestran un dominio excepcional del realismo y la anatomía humana, típico del arte helenístico, donde se busca capturar la emoción y la acción más que la serenidad idealizada del período clásico. La escultura combina tensión y ligereza: aunque parece que Niké está a punto de descender o aterrizar, también evoca la sensación de que flota en el aire, llevando la victoria a los vencedores.

En el Louvre, la Victoria de Samotracia se exhibe en lo alto de la escalera Daru, un lugar que potencia su dramatismo y el efecto de monumentalidad, haciendo que los visitantes la perciban desde distintos ángulos y apreciando cómo la luz realza las curvas del mármol y la sensación de movimiento. La obra no solo celebra la victoria militar, sino que también simboliza la gloria y el poder, y se ha convertido en un ejemplo clásico de la capacidad del arte helenístico para combinar emoción, dinamismo y perfección técnica.

La Venus del Nilo Museo del Louvre de París

3.- La Venus del Nilo es otra de las obras destacadas del Museo del Louvre en París. Esta escultura representa a Afrodita, la diosa griega del amor y la belleza, aunque el nombre “Venus” corresponde a la tradición romana. Data aproximadamente del siglo I a.C. o I d.C., durante la época helenística tardía o el período romano, y está realizada en mármol, mostrando una influencia clara del ideal clásico griego en la forma femenina.

La Venus del Nilo Museo del Louvre de París

La figura se caracteriza por su postura serena y elegante, con un ligero contrapposto que sugiere naturalidad en el cuerpo. Su rostro transmite calma y armonía, mientras que el tratamiento del cabello y los pliegues del manto denotan un detallismo refinado que busca resaltar la perfección y la belleza idealizada. A diferencia de la Victoria de Samotracia, que enfatiza el movimiento y la fuerza de la acción, la Venus del Nilo transmite tranquilidad, equilibrio y perfección estética, representando más la idea de belleza y divinidad que un momento concreto o un triunfo.

El nombre “del Nilo” se debe a que la escultura fue hallada en Egipto, lo que sugiere que pudo ser parte de colecciones privadas o templos de la época romana que imitaban modelos griegos. La obra se exhibe en el Louvre con una iluminación que realza la suavidad de sus formas y el refinamiento de su anatomía, haciendo que el espectador perciba la armonía entre naturalismo y idealización.

En conjunto, la Venus del Nilo es un ejemplo de cómo el arte helenístico tardío y romano continuó celebrando la perfección femenina, la serenidad y la elegancia, en contraste con otras esculturas más dinámicas y dramáticas como la Victoria de Samotracia.

El Código de Hammurabi Museo del Louvre de París

4.- El Código de Hammurabi es uno de los conjuntos de leyes más antiguos que se conservan y representa un hito fundamental en la historia del derecho. Fue elaborado por Hammurabi, rey de Babilonia, alrededor del año 1754 a.C., y refleja la organización social, económica y jurídica de la antigua Mesopotamia.

El Código de Hammurabi Museo del Louvre de París

El código está grabado en una estela de diorita de casi 2,5 metros de altura, que originalmente se colocó en un espacio público para que todos pudieran conocer las leyes. En la parte superior de la estela aparece Hammurabi recibiendo las leyes del dios sol Shamash, lo que legitimaba su autoridad al presentarla como de origen divino.

El contenido del código está compuesto por casi 282 leyes, siguiendo la fórmula del “lex talionis” o ley del talión, resumida en el famoso principio de “ojo por ojo, diente por diente”. Sin embargo, no todas las sanciones eran iguales para todos: dependían del estatus social de las personas involucradas, distinguiendo entre nobles, hombres libres y esclavos. Las leyes abarcan temas muy variados: comercio, matrimonio, herencias, deudas, trabajos agrícolas, contratos y delitos, mostrando la complejidad de la vida urbana y rural en Babilonia.

Más allá de su rigor, el Código de Hammurabi muestra un esfuerzo por garantizar justicia y orden social mediante normas claras y codificadas, estableciendo una autoridad central que regula la vida cotidiana de sus súbditos. Actualmente, la estela se conserva en el Museo del Louvre, donde es una de las piezas más visitadas y estudiadas por su importancia histórica y cultural.

La Gioconda de Leonardo da Vinci Museo del Louvre de París

5.- La Gioconda, también conocida como La Mona Lisa, es quizás la pintura más famosa del mundo y una de las joyas del Museo del Louvre. Fue realizada por Leonardo da Vinci entre 1503 y 1506, aunque algunos estudios sugieren que pudo haber trabajado en ella hasta 1517. Representa a Lisa Gherardini, esposa de un comerciante florentino, aunque la identidad exacta ha sido objeto de debate durante siglos.

Lo que hace icónica a la Gioconda no es solo su técnica magistral, sino la complejidad psicológica y la sutileza del retrato. Su sonrisa enigmática, que parece cambiar según el ángulo de visión y la luz, genera un efecto de misterio que ha fascinado a generaciones. Leonardo utiliza la técnica del sfumato, difuminando los contornos y creando transiciones suaves entre luces y sombras, lo que da a la piel y al rostro un realismo casi vivo.

El fondo de la pintura muestra un paisaje imaginario de montañas, ríos y puentes, que aporta profundidad y contraste con la serenidad del rostro. La composición está cuidadosamente equilibrada, con la figura central ligeramente girada, en una postura que transmite naturalidad y elegancia. Los detalles de las manos, la textura de la piel y los pliegues del vestido son tratados con gran precisión, reflejando el interés de Leonardo por la anatomía y la observación de la naturaleza.

Resumen Un día en el Museo del Louvre de París

Como resumen de “Un día en el interior del Museo”, es el más importante del mundo. Entramos al Louvre temprano, con la emoción de descubrir cada rincón y el leve cansancio de un día anterior lleno de paseos por París. Nuestro recorrido comenzó en la colección de pintura flamenca, donde los colores profundos y los detalles minuciosos de cada obra nos atraparon desde el primer momento. Caminábamos despacio, comentando cada gesto de los personajes y compartiendo miradas cómplices, como si el arte mismo nos hubiera dado un espacio privado en medio del bullicio del museo. La precisión de las escenas y la intensidad de los rostros nos hicieron sonreír, y tomados de la mano, sentimos que cada cuadro contaba su propia historia para nosotros.

Seguimos hacia la pintura alemana, y allí la fuerza dramática de cada lienzo nos envolvió. Las luces y sombras, los gestos cargados de emoción, parecían hablarnos directamente, provocando susurros y pequeños comentarios entre nosotros, mezclados con risas y asombro. La solemnidad y el detalle de cada obra nos hicieron detenernos varias veces, tomándonos un momento para simplemente admirar y absorber la atmósfera del pasado que se mantenía viva en cada trazo.

Resumen Un día en el Museo del Louvre de París

Luego llegamos a la pintura italiana, y la armonía y la elegancia de los colores nos hicieron caminar aún más despacio, casi como si quisiéramos prolongar cada instante. Nos quedamos un largo rato frente a algunos lienzos, contemplando la perfección de las composiciones y la belleza serena que transmitían. Fue un momento silencioso y romántico, en el que sentimos que el tiempo se detenía, permitiéndonos disfrutar de la experiencia juntos sin prisas.

Nuestra visita continuó con las cinco obras más icónicas. Primero, la Consagración de Napoleón, que nos dejó sin aliento por su grandiosidad y riqueza de detalles. Nos acercamos, admirando la precisión de cada figura y la majestuosidad de la escena, y por un instante sentimos la historia cobrar vida a nuestro alrededor.

Resumen Un día en el Museo del Louvre de París

Después, La Victoria de Samotracia, con su dinamismo congelado en mármol. Aunque le faltaba la cabeza, la fuerza y la elegancia de la escultura nos hicieron detenernos. Caminamos alrededor, observando cómo parecía capturar el viento mismo en sus alas, y compartimos un instante silencioso de admiración mutua.

Más adelante, la Venus del Nilo nos recibió con su serenidad. Su rostro delicado y su postura elegante provocaron una pausa romántica: nos miramos y sonreímos, disfrutando de un momento íntimo en medio de la grandeza del museo.

El Código de Hamurabi nos hizo reflexionar sobre la historia de la humanidad. Leímos fragmentos y nos imaginamos cómo estas leyes antiguas guiaban la vida de civilizaciones enteras. Sentir la antigüedad de la piedra y su relevancia histórica nos llenó de respeto y nos hizo caminar aún más despacio, apreciando cada detalle y cada sombra en su superficie.

Resumen Un día en el Museo del Louvre de París

Finalmente, llegamos a la Gioconda, y aunque la multitud nos rodeaba, su enigmática sonrisa nos hizo olvidar todo lo demás. Nos quedamos unos minutos frente a ella, compartiendo miradas cómplices, como si la obra también conociera nuestra historia. Fue un instante cargado de misterio, belleza y conexión entre nosotros.

Al salir, nuestros pies estaban cansados, pero el corazón lleno. Caminamos lentamente hacia la pirámide de cristal, dejando que la luz del atardecer bañara el museo y reflejara nuestras sombras entrelazadas. Sentados en un banco cercano, comentamos las obras que más nos habían emocionado, reviviendo cada detalle y cada sensación. Fue un día agotador, sí, pero también un día profundamente romántico, lleno de arte, historia y momentos compartidos que quedarán para siempre en nuestra memoria.

Entrada al Museo del Louvre de París

Nos tenemos que sentar en el hall de entrada a la sombra de la cabeza de Napoleón en Bronce para recargar nuestros cuerpos durante media hora.

Cuando salíamos del museo está anocheciendo como ya he mencionado podríamos haber titulado la jornada: Un día en el Louvre.

Una vez fuera del Museo hay mucha gente interactuando con el espacio de la cúpula de cristal de Louvre, muchos youtubers hacen su postureo, vemos incluso a muchos haciendo su book de la boda, esto es un espectáculo todo lo que lo rodea.

Anochece en el Museo del Louvre de París

Solamente nos queda hacer el camino a la inversa al de la mañana. Primero metro línea 7 trece estaciones y nos bajamos en Port Villette, allí bus número 152, hasta el parking de la Feria de Exposiciones.

Día 29 de septiembre (lunes)
Ruta: París (Francia)

Metro Puerta de la Chapelle de París

La noche ha sido muy tranquila parking de Exposiciones de L Bourget en París GPS N48.946022 E2.428654 , amanece con un sol tímido que indica que tendremos un buen día y la placa solar recargará la batería sin problemas.

Hoy para ir al centro cogemos el bus número 350 que nos deja en Port de la Chapelle de Saint Denis. Tardamos un poco más en llegar porque hay retenciones, como siempre, en la entrada de la A1 a Paris.

Estrenamos nuestra tarjeta semanal de transporte por todo París y veréis que rendimiento le vamos a sacar

Enseguida tomamos el metro de la línea 12 verde y en cuatro estaciones estamos en Abbesses.

Metro de Abbesses de París

Esta es la puerta del barrio de Montmartre o barrio de los artistas, se alza sobre la colina más bohemia de París como un suspiro antiguo que aún conserva el eco de los pinceles, las risas nocturnas y los amores imposibles. Caminar por sus calles empedradas es adentrarse en un escenario donde el tiempo parece haberse detenido con delicadeza, como si la ciudad moderna respetara ese rincón que vive de recuerdos y sueños. Las fachadas cubiertas de hiedra, los pequeños cafés con terrazas íntimas y las escaleras que serpentean colina arriba invitan a perderse sin prisa, a dejar que el corazón marque el ritmo del paseo.

En lo alto, la blanca silueta de la Basílica del Sagrado Corazón observa la ciudad como un guardián silencioso, bañada por la luz dorada del atardecer que transforma los tejados de París en un mar de cobre y melancolía. Desde allí, la vista se extiende infinita, y el aire parece cargado de historias susurradas por generaciones de artistas que encontraron en Montmartre refugio e inspiración. En cada rincón late la memoria de figuras como Pablo Picasso y Vincent van Gogh, que alguna vez recorrieron estas mismas calles buscando capturar la esencia vibrante de la vida bohemia.

Barrio de Montmartre de París

La romántica plaza del Tertre, con sus pintores retratando miradas enamoradas y paisajes improvisados, respira un encanto casi teatral. Las farolas al caer la noche tiñen el empedrado de sombras suaves, mientras el murmullo de conversaciones y el aroma a café recién hecho envuelven el ambiente en una calidez íntima. Montmartre no es solo un barrio; es una emoción suspendida en el aire, un poema urbano que habla de libertad creativa, de pasión y de nostalgia. Es el lugar donde cada esquina parece guardar una promesa, donde el amor y el arte se entrelazan con naturalidad, y donde el alma encuentra, aunque sea por un instante, la sensación de estar exactamente en el sitio correcto.

Muro del amor de París

Nada más salir del metro está uno de los puntos utilizados por los Youtubers, es el muro del amor o des JeT'Aime GPS N48.8847774 E2.338356 , situado entre Square Jehan Rictus, 14 en la Pl. des Abbesses.

El Muro de los Je t'aime, conocido también como el Muro del Amor, es uno de los rincones más íntimos y simbólicos de París, escondido en la plaza Jehan Rictus, al pie de la colina de Montmartre. Sobre una pared azul profundo, cientos de “je t'aime” —“te amo”— se repiten en más de 250 idiomas, como si el mundo entero hubiera decidido declarar sus sentimientos en un solo susurro colectivo.

Creado en el año 2000 por el artista Frédéric Baron junto con la calígrafa Claire Kito, el muro está compuesto por más de 600 azulejos esmaltados que, unidos, forman una gran declaración universal de amor. Las pequeñas manchas rojas dispersas entre las frases simbolizan fragmentos de un corazón roto que, reunidos, representan la humanidad reconciliada a través del afecto.

Iglesia de San Juan de Montmartre de París

El lugar tiene algo profundamente poético: parejas que se toman de la mano, viajeros que buscan la frase en su propio idioma, promesas susurradas frente a la pared azul que parece latir con cada palabra escrita. No es un monumento grandioso ni imponente, pero su fuerza reside en la sencillez del mensaje repetido una y otra vez, recordando que, más allá de culturas y fronteras, el amor se pronuncia con la misma intensidad en cualquier lengua.

La Iglesia de San Juan de Montmartre GPS N 48.8842618 E2.3374459 se alza con discreta elegancia al pie de la colina de Montmartre, en el distrito 18 de París. A diferencia de la blancura monumental del Sacré-Cœur que corona la cima, esta iglesia sorprende por su estilo audaz y moderno para su época, convirtiéndose en una joya arquitectónica poco conocida pero fascinante.

Interior de la Iglesia de San Juan de Montmartre de París

Construida entre 1894 y 1904 por el arquitecto Anatole de Baudot, fue una de las primeras iglesias levantadas con estructura de hormigón armado, una innovación revolucionaria en aquel tiempo. Su diseño combina elementos neogóticos con toques del Art Nouveau, visibles en las líneas estilizadas, los arcos ligeros y los delicados detalles decorativos. El ladrillo rojizo de su fachada le otorga una calidez singular, creando un contraste armonioso con el cielo parisino.

En el interior, la luz se filtra suavemente a través de vitrales coloridos que proyectan reflejos cambiantes sobre las columnas esbeltas. El espacio transmite una sensación de verticalidad y recogimiento, como si invitara al visitante a elevar la mirada y el pensamiento. Hay una belleza sobria en su atmósfera, un silencio que parece proteger siglos de fe y de historia cotidiana.

Vitral de la Iglesia de San Juan de Montmartre de París

Los vitrales de la Iglesia de San Juan de Montmartre constituyen uno de sus tesoros más delicados y expresivos. En contraste con la estructura innovadora de hormigón y ladrillo del edificio, las vidrieras aportan una dimensión espiritual y artística que envuelve el interior en una atmósfera cálida y contemplativa.

Realizados a comienzos del siglo XX, en plena sensibilidad modernista, combinan simbolismo religioso con una estética cercana al Art Nouveau. Las líneas son suaves y ondulantes, y los colores —azules profundos, rojos encendidos, verdes luminosos— se entrelazan con formas estilizadas que parecen casi vegetales. La luz, al atravesarlos, no solo ilumina: transforma el espacio, proyectando matices que cambian a lo largo del día y creando una sensación de movimiento silencioso.

Àbside de la Iglesia de San Juan de Montmartre de París

Los vitrales representan escenas bíblicas, figuras de santos y símbolos cristianos, pero lo hacen con una elegancia sobria, sin la exuberancia medieval de otras catedrales góticas. Aquí la espiritualidad se expresa de manera más íntima, más recogida, acorde con el espíritu innovador del templo. La verticalidad de las ventanas guía la mirada hacia lo alto, reforzando esa sensación de elevación interior.

Menos visitada que otros monumentos de la zona, la Iglesia de San Juan de Montmartre guarda un encanto íntimo, casi secreto. Es un lugar donde el arte y la espiritualidad se encuentran en equilibrio, y donde el espíritu bohemio del barrio se mezcla con la serenidad de la tradición religiosa, ofreciendo al caminante una pausa contemplativa en medio del vibrante corazón de Montmartre.

Arte en el Passage des Abbesses de Montmartre de París

Muy cerca tenemos El Passage des Abbesses GPS N48.8849968 E2.3374571, en el corazón de Montmartre, no es un museo formal, pero respira arte en cada rincón. Más que albergar grandes piezas consagradas, funciona como un pequeño escenario urbano donde el arte aparece de manera espontánea y viva.

En sus muros suelen surgir intervenciones de street art: murales efímeros, esténciles poéticos, pequeñas ilustraciones y frases manuscritas que dialogan con la tradición bohemia del barrio. Estas obras cambian con el tiempo, superponiéndose unas a otras, como capas de memoria visual. Muchas evocan el espíritu romántico del lugar, con siluetas enamoradas, referencias musicales o guiños a la vida artística de Montmartre.

Arte en el Passage des Abbesses de Montmartre de París

A pocos pasos, la icónica entrada del metro Abbesses diseñada por Hector Guimard actúa casi como una escultura pública. Sus formas orgánicas y curvas, características del Art Nouveau, convierten un simple acceso subterráneo en una pieza artística integrada al paisaje urbano.

El arte del Passage des Abbesses no está encerrado tras vitrinas; vive en la pared, en la textura del ladrillo, en la creatividad anónima que transforma el espacio cotidiano. Es un arte libre, cambiante y cercano, que prolonga la tradición de pintores y soñadores que hicieron de Montmartre un símbolo universal de expresión creativa. Aquí la obra no siempre lleva firma, pero siempre deja una impresión íntima en quien se detiene a observar.

Visitar Montmartre es volver al pasado del siglo XIX con los impresionistas, los bohemios y la efervescente política comunista.

Funicular de Montmartre de París

Para subir tomamos el funicular El Funicular de Montmartre GPS N48.8857026 E2.3411712 asciende suavemente por la lader, en el corazón de París, como un pequeño viaje suspendido entre la vida cotidiana y el cielo abierto de la colina. Más que un simple medio de transporte, es una experiencia breve pero encantadora que conecta la parte baja del barrio con la explanada de la Basílica del Sagrado Corazón.

Inaugurado en 1900, el funicular nació para facilitar el acceso a la cima sin tener que subir los más de doscientos escalones que serpentean hacia la basílica. Hoy funciona con tecnología moderna, pero conserva ese aire nostálgico de los viejos sistemas de montaña. En pocos minutos, sus cabinas acristaladas se deslizan por la pendiente, ofreciendo una perspectiva cambiante del barrio: tejados inclinados, árboles que asoman entre los edificios y fragmentos del cielo parisino que se abren poco a poco.

Funicular de Montmartre de París

El trayecto es corto, casi un suspiro, pero tiene algo simbólico. Es el tránsito entre el bullicio urbano y la contemplación panorámica; entre la prisa de la ciudad y la calma que se respira en lo alto. Mientras asciende, uno siente que se aproxima a un mirador donde París se despliega en toda su amplitud, con sus avenidas, sus cúpulas y su horizonte infinito.

El Funicular de Montmartre no solo ahorra esfuerzo: añade un toque romántico al recorrido, como si la subida a la colina fuera también una elevación del ánimo. Es un pequeño rito de paso que prepara al visitante para la luz blanca de la basílica y la vista inolvidable que aguarda en la cima.

Suenan las campanas de la Iglesia de San Pedro de Montmartre GPS N48.8867337 E2.3394264 y esto un indicativo que tiene abiertas sus puertas, aprovechamos para ver su interior.

Iglesia de San Pedro de Montmartre de París

La Iglesia de San Pedro de Montmartre es mucho más que un templo antiguo: es la raíz espiritual e histórica de la colina de Montmartre, un lugar donde las capas del tiempo permanecen visibles y casi palpables. Mientras la cercana Basílica del Sagrado Corazón domina el paisaje con su blancura luminosa, San Pedro se mantiene discreta, sólida, casi humilde, como una guardiana silenciosa de los siglos.

Fue consagrada en 1147 en presencia del rey Luis VII de Francia y vinculada a una poderosa abadía benedictina femenina. Durante la Edad Media, la colina no era aún el barrio bohemio que conocemos, sino un enclave religioso rodeado de campos y viñedos. La iglesia formaba parte de un complejo monástico que estructuraba la vida espiritual y económica de la zona.

Interior de la Iglesia de San Pedro de Montmartre de París

Arquitectónicamente, el edificio es un fascinante cruce entre el románico tardío y los inicios del gótico. En su interior destacan los robustos pilares y capiteles esculpidos, algunos de los cuales podrían incorporar elementos reaprovechados de construcciones anteriores, quizá incluso romanas. Las bóvedas, restauradas en el siglo XIX, evocan la verticalidad gótica, pero conservan la sobriedad románica en sus líneas. Esa mezcla crea una atmósfera singular: no es la grandiosidad solemne de una catedral, sino la intimidad recogida de un santuario antiguo.

Durante la Revolución Francesa, la abadía fue destruida y la iglesia sufrió daños, llegando a utilizarse como depósito y almacén. Su restauración posterior permitió rescatar este testimonio excepcional del París medieval, convirtiéndolo en uno de los escasos edificios del siglo XII que aún se conservan en la ciudad.

Altar Mayor de la Iglesia de San Pedro de Montmartre de París

En la Iglesia de San Pedro de Montmartre, el arte no se impone con grandiosidad, sino que se descubre con atención. Sus obras dialogan con la arquitectura medieval y con la historia profunda de Montmartre, creando un conjunto sobrio pero cargado de significado.

Uno de los elementos más valiosos son los capiteles románicos del siglo XII, decorados con motivos vegetales y figuras simbólicas. Tallados en piedra con una expresividad austera, muestran hojas estilizadas, entrelazados y escenas de inspiración bíblica. Algunos historiadores sugieren que ciertas columnas podrían reutilizar fragmentos de construcciones más antiguas, lo que añade una capa adicional de misterio histórico.

En contraste con la piedra medieval, los vitrales modernos —instalados durante las restauraciones del siglo XIX y XX— aportan color y luminosidad al interior. Representan escenas religiosas y figuras de santos, pero con una estética más contemporánea, estableciendo un diálogo entre épocas. La luz que atraviesa estos vitrales suaviza la severidad de los muros antiguos y envuelve el espacio en una atmósfera contemplativa.

Transepto de la Iglesia de San Pedro de Montmartre de París

El altar mayor y varias esculturas religiosas completan el conjunto artístico. Destacan imágenes de la Virgen y de santos vinculados a la tradición parisina, así como relieves y detalles ornamentales que, aunque discretos, enriquecen el recorrido visual del templo. También se conservan lápidas y restos funerarios que evocan la antigua abadía benedictina que formó parte del complejo original.

Hoy, al entrar en San Pedro, el contraste es profundo: afuera bulle la vida turística, los artistas callejeros y el murmullo constante de visitantes; adentro reina un silencio espeso, casi monástico. La luz que penetra por los vitrales contemporáneos ilumina las piedras antiguas, creando un diálogo entre pasado y presente. Es un lugar donde se percibe la continuidad de la historia, donde la fe, la arquitectura y la memoria colectiva se entrelazan en un equilibrio sereno.

Plaza de Tertre de Montmartre de París

Paseamos por la Plaza de Tertre GPS N48.8865763 E2.3382529 , corazón vibrante de Montmartre, y es fácil entender por qué los artistas de todo el mundo se sienten atraídos por este rincón de París. Si cierras los ojos, la plaza no es solo adoquines y cafés: se convierte en un escenario suspendido en el tiempo. Ahí, entre el bullicio de los turistas y el aroma a café, se puede imaginar a Pablo Picasso paseando inquieto, buscando un marchante que comprenda su arte revolucionario, mientras sus ideas parecen saltar de su mente a cada esquina de la plaza.

A un lado, Vincent van Gogh camina agitado, con sus característicos tubos de óleo desbordando color, como si cada pincelada que imagina pudiera convertirse en una tormenta de luz sobre la tela. Cerca de él, Camille Pissarro se inclina sobre un caballete, capturando con precisión impresionista la luz cambiante sobre los tejados inclinados de Montmartre, mientras la brisa mueve suavemente los árboles y las banderolas de la plaza.

Obras de arte Plaza de Tertre de Montmartre de París

En la esquina, Edgar Degas dibuja con delicadeza a las bailarinas que se mueven frente a él, el trazo de su lápiz casi invisible pero lleno de vida, como si la música de un piano lejano se filtrara en cada línea. Y no muy lejos, Henri de Toulouse-Lautrec, con su mirada mordaz y aguda, captura la esencia de las noches parisinas, retratando a mujeres de cabarets y cafés con una mezcla de ironía y ternura que solo él podía lograr.

La plaza respira creatividad. Los cafés, los artistas callejeros, los pintores improvisados y los músicos que se mezclan con las sombras de la tarde hacen que cada rincón tenga su propia historia. Entre caballetes, risas y charlas sobre técnicas y colores, parece que el tiempo se pliega: el Montmartre de hoy convive con el de hace más de un siglo, y por un instante, uno puede sentir la energía de toda una generación de genios que caminó exactamente por los mismos adoquines, con la pasión por la pintura latiendo en sus manos.

Pintores de la Plaza de Tertre de Montmartre de París

Para un aficionado a la pintura, la Plaza de Tertre es como estar un pez en el agua: cada rincón, cada caballete, cada mancha de color invita a detenerse, observar y aprender. Aquí no se trata solo de mirar cuadros; se trata de interactuar con los artistas, escuchar sus historias, preguntar sobre técnicas, mezclas de pigmentos o la manera de capturar la luz cambiante de Montmartre. Los pinceles se mueven, los lienzos respiran y el aire parece cargado de creatividad.

Sin embargo, hay un detalle curioso: muchos de los pintores que dan vida a la plaza son ya muy mayores. Sus manos, aunque seguras y expertas, han recorrido Montmartre durante décadas, y sus estilos reflejan toda una historia de pintura clásica, desde el postimpresionismo hasta la figuración contemporánea. Esto hace que la plaza tenga un carácter tradicional muy marcado, pero también deja ver que, quizá, una renovación generacional aportaría nuevas energías, nuevas visiones y frescura al ambiente. Imaginemos jóvenes artistas con estilos urbanos, surrealistas o digitales mezclándose con los veteranos: la plaza seguiría siendo la misma, pero el aire vibraría con un pulso creativo aún más intenso.

Galería de arte en la Plaza de Tertre de Montmartre de París

Aun así, esa mezcla de tradición y vida cotidiana es parte de su encanto: se siente que uno está participando de un legado vivo, donde cada trazo tiene memoria y cada color, historia. Para quien ama la pintura, interactuar aquí es una lección constante: no solo de técnica, sino de pasión, perseverancia y amor por el arte que trasciende generaciones.

Comer en la plaza es para ricos o famosos con una gran cartera. Nos alejamos unos metros y vemos un pequeño restaurante Chez Ma Cuisine GPS N48.8869091 E2.3378808, ofrece unos menús por 27 euros con dos platos y postre. Realmente comemos escasos pero con buen sabor.

Comammderie du Clos de Montmartre de París

A la salida del restaurante visitamos exteriormente la Comammderie du Clos Montmartre GPS N48.8870359 E2.3389129, era el antiguo depósito de agua, ahora es la sociedad Vinícola, tiene el jardín con plantones diferentes variedades de uvas.

La Commanderie du Clos Montmartre es un verdadero vestigio de la historia agrícola de Montmartre, un barrio que hoy conocemos por su bohemia y arte, pero que durante siglos estuvo cubierto de viñedos. Este edificio, situado en el corazón de la colina, fue parte de la antigua Commanderie, un conjunto que administraba las tierras y la producción vinícola en Montmartre, vinculada históricamente a órdenes religiosas y a la tradición del vino parisino.

El edificio mantiene un encanto discreto, con muros de piedra, portones antiguos y pequeños patios que evocan el Montmartre rural de siglos atrás. Entre sus paredes se respira la historia de quienes cultivaron la tierra, prensaron uvas y celebraron vendimias, mucho antes de que la colina se convirtiera en refugio de artistas. Es también un lugar donde se conservan algunas barricas históricas y detalles arquitectónicos que recuerdan la función original de la Commanderie: un espacio de trabajo, administración y vida comunitaria en torno al viñedo.

La Maison Rose de Montmartre de París

Seguimos paseando y llegamos a un lugar icónico La Maison Rose (literal Casa Rosa) GPS N48.8879233 E2.3387544 es uno de los lugares con más encanto visual de Montmartre, y un símbolo del espíritu artístico y bohemio de París. Situada en la esquina de Rue de l'Abreuvoir y Rue des Saules, esta casita de color rosa pastel con contraventanas verdes parece sacada de un cuadro impresionista y ha sido un motivo recurrente para pintores y fotógrafos durante más de un siglo.

Aunque hoy funciona principalmente como restaurante con encanto, su importancia va mucho más allá de su cocina. Fue comprada alrededor de 1905 por el pintor catalán Ramon Pichot y su esposa, Germaine Gargallo, quien había sido modelo de artistas como Pablo Picasso. Germaine decidió repintar la casa de rosa tras inspirarse en los colores brillantes que había visto en Barcelona, y pronto el lugar se convirtió en un punto de encuentro para artistas y creativos que vivían o pasaban por Montmartre.

La Maison Rose de Montmartre de París

A lo largo de los años, personalidades de la escena artística y bohemia han pasado por allí; se dice que Salvador Dalí, además de Picasso, formaron parte de ese círculo creativo que encontraba en La Maison Rose una pausa, una conversación o una inspiración casual mientras la luz del atardecer bañaba la colina.

Además, su aspecto se ha inmortalizado en obras de arte. Uno de los pintores locales más célebres, Maurice Utrillo, nacido en Montmartre, la representó en varias pinturas, siendo especialmente famosa su obra titulada La Petite Maison Rose, que contribuyó a fijar la imagen de esta casa en la memoria visual del barrio.

Hoy La Maison Rose sigue siendo un lugar muy fotografiado y querido, no solo por su fachada pintoresca, sino porque representa la mezcla entre vida cotidiana y arte que caracteriza a Montmartre: un restaurante donde se puede saborear la cocina local mientras se siente la presencia viva de un pasado creativo que aún inspira a caminantes, pintores aficionados y amantes de la historia del arte.

La Vigne du Clos de Montmartre de París

Luego pasamos por la viña que aún se conserva en París GPS N48.8880608 E2.3388188 y que quedó retratada en numerosos cuadros de la época.

La Vigne du Clos Montmartre es uno de los tesoros más singulares de Montmartre, un recordatorio vivo de que esta colina, hoy famosa por sus artistas y cafés, fue durante siglos un paisaje agrícola cubierto de viñedos. Situada en la parte alta del barrio, cerca de la Basílica del Sagrado Corazón, la viña es la última vestigia de los numerosos viñedos que prosperaron en Montmartre desde la Edad Media hasta el siglo XX.

Conocida también como Clos Montmartre, ocupa un pequeño terreno rodeado de muros y protegido del bullicio urbano, conservando la forma de los antiguos clos, viñedos cerrados típicos de Francia. Cada parra ha sido cuidadosamente mantenida y renovada, y la variedad predominante es pinot noir, aunque también se cultivan otras cepas tradicionales de la región parisina. La viña produce cada año un vino limitado, el vin de Montmartre, que se celebra durante la Fête des Vendanges, la tradicional fiesta de la vendimia, un evento que combina historia, cultura y fiesta popular, y que recuerda la conexión histórica de la colina con el cultivo de la vid.

La Vigne du Clos de Montmartre de París

Más allá de su función agrícola, la Vigne du Clos Montmartre es un espacio cultural: turistas y locales pueden visitarla, recorrer los senderos entre las hileras de uvas y aprender sobre las técnicas tradicionales de poda y cultivo urbano. Cada parra parece susurrar historias de siglos pasados, evocando la Montmartre rural que antecedió al barrio bohemio y artístico que conocemos hoy. La viña también sirve como recordatorio de que, antes de los caballetes y los cafés de pintores, esta colina fue un lugar donde la tierra y el trabajo humano marcaban el ritmo de la vida cotidiana.

La Vigne du Clos Montmartre ha sido mucho más que un viñedo urbano: su presencia en Montmartre la convirtió en un motivo artístico recurrente, especialmente durante los siglos XIX y XX, cuando la colina atraía a pintores en busca de luz, atmósfera y autenticidad. Para artistas como Maurice Utrillo, la viña no era solo un paisaje: era un símbolo del Montmartre auténtico, anterior al turismo masivo, donde los adoquines, muros y parras contaban la historia del barrio. Utrillo inmortalizó el viñedo en varios lienzos, jugando con la luz y las sombras de las calles cercanas y la disposición de las hileras de uvas, capturando la calma y la melancolía de un París más rural y cotidiano.

Otros artistas impresionistas y postimpresionistas encontraron en la Vigne du Clos Montmartre un escenario ideal para explorar el color y la textura. La geometría de las cepas, los muros que las rodeaban y la luz cambiante del atardecer permitían experimentar con perspectivas, contrastes de luz y sombra, y composiciones donde la vida urbana comenzaba a fusionarse con la naturaleza.

Basílica del Sagrado Corazón de París

El bus número 40 nos devuelve hasta la Basílica del Sagrado Corazón GPS N 48.886243 E2.343084. Tener a todo París ante tus pies y poder descifrar dentro de la panorámica los principales monumentos es una tarea que merece muy mucho la pena.

La Basílica del Sagrado Corazón se alza majestuosamente en la cima de la colina de Montmartre, como un faro blanco que domina el horizonte de París. Su construcción, iniciada en 1875 y terminada en 1914, responde a un momento convulso de la historia francesa: tras la Guerra Franco-Prusiana y la sangrienta Comuna de París, la ciudad quiso erigir un monumento de reconciliación y devoción. Cada piedra blanca de travertino no solo refleja la luz del sol, sino también la esperanza de una ciudad que quería levantarse de sus heridas y mirar al futuro.

Nave de la Basílica del Sagrado Corazón de París

La arquitectura de la basílica combina elementos romanos y bizantinos con un espíritu francés propio, visible en sus cúpulas múltiples, arcos y detalles ornamentales. La cúpula central, que se eleva sobre Montmartre, permite que el visitante sienta casi la sensación de tocar el cielo, mientras la vista panorámica sobre París se abre a 360 grados: desde los tejados rojizos hasta los jardines del centro, cada ángulo parece un lienzo viviente, donde la ciudad se despliega con una belleza casi teatral.

En el interior, el impacto visual es igualmente impresionante. El ábside alberga un mosaico monumental de Cristo en Majestad, compuesto por millones de piezas de vidrio y oro, iluminado por la luz que atraviesa los vitrales de colores suaves. Los detalles decorativos de mármol y piedra tallada crean un juego de luces y sombras que acompañan al visitante a lo largo de la nave central, evocando contemplación y recogimiento. La campana “Savoyarde”, una de las más grandes del mundo, resuena como un recordatorio del paso del tiempo y la historia viva de Montmartre.

Vitrales de la Basílica del Sagrado Corazón de París

La basílica no es solo un espacio de fe; es también un motivo artístico y cultural. Pintores, fotógrafos y viajeros han buscado capturar su presencia, sus líneas y la luz que baña los tejados del barrio al amanecer o al atardecer. Artistas como Maurice Utrillo inmortalizaron la silueta de la colina con la basílica en sus lienzos, y aún hoy, fotógrafos y pintores contemporáneos se sienten atraídos por su imponencia serena.

Subir sus escaleras se convierte en un rito: a medida que uno asciende, el bullicio bohemio del barrio queda atrás y se abre un espacio de calma y contemplación. La mezcla de historia, arquitectura, arte y espiritualidad convierte a la Basílica del Sagrado Corazón en un punto donde Montmartre revela toda su dimensión: no solo como barrio de artistas y cafés, sino como corazón histórico y espiritual de París, un lugar donde cada piedra, cada mosaico y cada vista cuentan una historia de fe, arte y memoria colectiva.

Mosaico del ábside de la Basílica del Sagrado Corazón de París

La Basílica del Sagrado Corazón no solo destaca por su arquitectura monumental, sino también por las numerosas obras de arte que decoran su interior, convirtiéndola en un auténtico museo de arte religioso al aire libre.

Mosaico de la Basílica del Sagrado Corazón de París

Entre las piezas más importantes se encuentra el mosaico del ábside, conocido como Cristo en Majestad, obra colosal de más de 450 m² realizada por Luc-Olivier Merson. Este mosaico, compuesto por millones de pequeñas teselas de vidrio y oro, representa a Cristo rodeado de ángeles y santos, en una composición que combina solemnidad y luz vibrante. Su escala y riqueza cromática lo convierten en uno de los mosaicos más grandes de Francia.

Los vitrales son otro punto central de su valor artístico. Aunque no tan antiguos como los de otras catedrales góticas, los vitrales de la Sacré-Cœur aportan color y luminosidad al interior, proyectando reflejos que cambian con la luz del día y resaltan la arquitectura románico-bizantina de la basílica. Los vitrales muestran escenas religiosas, figuras de santos y motivos simbólicos, y han sido restaurados y conservados con gran cuidado para mantener su intensidad cromática.

Basílica del Sagrado Corazón de París

El altar mayor y sus esculturas complementan la decoración. Talladas en mármol y piedra, representan ángeles, santos y escenas de la Pasión de Cristo. Cada detalle es meticulosamente trabajado para armonizar con la monumentalidad del espacio y el estilo decorativo general de la basílica.

Además, la basílica alberga bajo sus cúpulas y en sus capillas laterales pequeñas esculturas, relieves y elementos decorativos de gran valor artístico, muchos de ellos realizados por artistas franceses de finales del siglo XIX y principios del XX. Aunque no todos son conocidos internacionalmente, forman un conjunto que refleja la excelencia del arte religioso de la época y la intención de la Sacré-Cœur de ser un espacio de inspiración y contemplación.

Cúpula de la Basílica del Sagrado Corazón de París

Por último, la campana Savoyarde, aunque no es una obra pictórica, es también un símbolo artístico en sí misma: fundida en 1895, es una pieza de ingeniería y diseño que combina belleza, proporción y sonido poderoso, contribuyendo a la experiencia estética de la basílica.

La estatua de San Miguel Arcángel que corona uno de los remates de la Basílica del Sagrado Corazón representa al arcángel en su papel de vencedor sobre el mal, un tema muy tradicional en la iconografía cristiana. En la escultura, San Miguel aparece con alas desplegadas, portando una lanza o estandarte, y pisando un dragón, que simboliza a Satanás o las fuerzas del mal que la fe triunfa sobre ellas.

Este tipo de representación no solo tiene un valor simbólico religioso, sino también un papel decorativo y arquitectónico: la estatua se coloca en un punto elevado de la basílica para ser visible desde lejos, convirtiéndose en un punto focal que refuerza la verticalidad y majestuosidad del edificio. El ángel está orientado hacia el exterior, como un guardián de Montmartre, mientras la pátina verdosa del bronce le da un tono que contrasta con la blancura del travertino de la basílica.

San Miguel en la Basílica del Sagrado Corazón de París

En conjunto con otras esculturas exteriores —como las estatuas ecuestres de Juana de Arco y San Luis IX— y los relieves del pórtico, la figura de San Miguel integra un mensaje visual: la Sacré-Cœur no es solo un edificio religioso, sino también un monumento simbólico de protección, fe y victoria espiritual, que corona la colina y vigila París desde su posición dominante.

Panorámica desde la Basílica del Sagrado Corazón de París

Lo de jamos para el final de la tarde y coincidiendo al atardecer para contemplar París desde la explanada de la Basílica del Sagrado Corazón GPS N48.885775 E2.343218, es asomarse a un sueño suspendido sobre los tejados grises de la ciudad. Desde lo alto de Montmartre, donde el viento parece llevar ecos de acordeón y pasos de antiguos artistas, la capital francesa se extiende como un océano de piedra y luz, palpitante y sereno al mismo tiempo. No es solo una vista: es una emoción que asciende lentamente por el pecho, una sensación de estar frente a algo eterno.

A medida que la mirada recorre el horizonte, la silueta esbelta de la Torre Eiffel emerge con delicadeza, como si vigilara la ciudad con paciencia infinita. Más allá, la cúpula dorada de Los Inválidos destella cuando el sol la acaricia, convirtiéndose en un faro cálido entre las formas geométricas de los edificios. Incluso la línea moderna del distrito de La Défense aparece suavizada por la distancia, integrada en el conjunto como un susurro contemporáneo en medio de la historia.

Panorámica Basílica del Sagrado Corazón de París

El atardecer transforma la escena en un poema visual. El cielo se tiñe de tonos ámbar, rosa y violeta, y la luz cae oblicua sobre las fachadas, encendiendo ventanas como pequeñas promesas. Las sombras se alargan y la ciudad parece respirar más despacio, como si se preparara para vestirse de estrellas. Cuando finalmente cae la noche, París resplandece con una elegancia íntima: las avenidas iluminadas dibujan líneas doradas que atraviesan la oscuridad, y cada monumento parece contar una historia silenciosa.

En la escalinata, parejas y viajeros se sientan uno junto al otro, compartiendo miradas y silencios. El murmullo lejano de la ciudad se mezcla con la música improvisada de algún artista callejero, creando una banda sonora espontánea para el momento. Allí arriba, el tiempo parece dilatarse. El bullicio cotidiano queda lejos, reducido a un rumor suave, mientras el corazón late al ritmo pausado de la contemplación.

Moulin de la Galette de París

Tomamos el bus 40 hasta el último molino de Montmartre y se puede ver en muchos de los lienzos de la época, también en los actuales. Es otro punto crítico para Youtubers es el Moulin de la Galette GPS N48.8872783 E2.3370712.

El Moulin de la Galette es mucho más que un antiguo molino: es un fragmento vivo del alma bohemia de Montmartre, un lugar donde la historia, el arte y la vida popular se fundieron bajo el cielo abierto de la colina más alta de París. En el siglo XIX, cuando la ciudad aún no había absorbido completamente este barrio periférico, la colina conservaba un aire rural, con viñedos, senderos y varios molinos de viento que aprovechaban las corrientes elevadas. Entre ellos, el Moulin de la Galette se convirtió en el más célebre.

Perteneciente a la familia Debray, el molino comenzó como una construcción destinada a moler grano, pero con el tiempo su función cambió. En sus alrededores se empezó a vender una pequeña torta rústica —la “galette”— acompañada de vino local, y poco a poco el lugar se transformó en una guinguette, un espacio de baile al aire libre donde los parisinos acudían los domingos para olvidar las preocupaciones de la semana. Allí se mezclaban obreros, costureras, soldados, artistas y jóvenes enamorados. La música sonaba entre risas, y el polvo del suelo se levantaba con el ritmo de los pasos.

Moulin de la Galette de París

El ambiente vibrante y luminoso del Moulin de la Galette quedó inmortalizado por el pintor impresionista Pierre-Auguste Renoir en su célebre obra Bal du moulin de la Galette. En ese lienzo, Renoir capturó la alegría efímera de una tarde de baile, la luz filtrándose entre los árboles y el movimiento espontáneo de la multitud. No es solo una escena festiva: es un retrato de la modernidad naciente, del ocio popular y de la belleza cotidiana. El cuadro se convirtió en una de las imágenes más representativas del impresionismo y del espíritu alegre del París de finales del siglo XIX.

El molino también fue testigo de momentos más oscuros. Durante la Guerra Franco-Prusiana de 1870, el entorno de Montmartre sufrió violencia y escasez. Sin embargo, el barrio supo reinventarse, y en las décadas siguientes se consolidó como refugio de artistas como Pablo Picasso y Henri de Toulouse-Lautrec, que encontraron en sus calles empinadas una fuente inagotable de inspiración.

Moulin de la Galette de París

Hoy, aunque ya no funciona como molino activo, la estructura histórica sigue en pie, integrada en un restaurante que conserva su nombre. Pasear por la Rue Lepic y descubrir su silueta es como atravesar una puerta hacia el pasado. Las aspas ya no giran impulsadas por el viento, pero la memoria del lugar permanece: en las pinturas, en las fotografías antiguas y en la imaginación de quienes suben hasta Montmartre buscando la esencia romántica de París.

Petit Moulin de París

Bajamos por las calles inclinadas de Montmartre hacia el Pequeño Molino GPS N48.8873562 E2.3361251 , desgraciadamente la vegetación casi tapa la silueta y no es posible entrar en la finca.

El Petit Moulin es uno de los antiguos molinos que aún se conservan en la colina de Montmartre, en París. Su nombre significa literalmente “pequeño molino” y formaba parte del conjunto de molinos de viento que, hasta el siglo XIX, dominaban el paisaje rural de la zona.

Se encuentra en la Rue Lepic, muy cerca del famoso Moulin de la Galette. De hecho, ambos formaban parte del mismo complejo perteneciente a la familia Debray. Mientras el Moulin de la Galette se hizo célebre como lugar de baile y ocio popular, el Petit Moulin tenía originalmente una función más práctica: moler grano y producir harina aprovechando los vientos de la colina.

Petit Moulin de París

Con el paso del tiempo y la expansión urbana de París, los molinos dejaron de utilizarse con fines agrícolas. Sin embargo, el Petit Moulin sobrevivió como testimonio del pasado rural de Montmartre. Hoy ya no funciona como molino, pero su estructura histórica se mantiene integrada en edificaciones posteriores, lo que permite imaginar cómo era el barrio antes de convertirse en el centro bohemio y artístico que conocemos.

El Petit Moulin representa esa transición entre el Montmartre campesino y el Montmartre artístico: un recuerdo silencioso de una época en la que la ciudad terminaba mucho más abajo y la colina era todavía campo abierto.

Caminamos cuesta abajo hasta la Plaza Blanche donde está el famoso Molino Rojo GPS N48.8841232 E2.3311253 , afortunadamente no hay entradas para los siguientes días, el precio varía entre 110 y 250 euros por persona.

Moulin Rouge de París

El Molino Rojo es uno de los cabarets más famosos del mundo y uno de los grandes símbolos de la vida nocturna parisina. Inaugurado en 1889, en el barrio de Pigalle, al pie de la colina de Montmartre, nació en plena Belle Époque como un lugar dedicado al espectáculo, la música y la libertad artística.

Su característica más reconocible es el molino rojo iluminado que corona la fachada, convertido en icono internacional de París. Desde sus inicios, el Moulin Rouge fue un espacio donde se mezclaban aristócratas, burgueses, artistas y bohemios, todos atraídos por la atmósfera vibrante y transgresora del cabaret.

Allí se popularizó el cancán francés, una danza enérgica y provocadora para su época, con faldas levantadas al ritmo vertiginoso de la música. El pintor Henri de Toulouse-Lautrec inmortalizó el ambiente del local en sus famosos carteles y pinturas, retratando bailarinas, cantantes y escenas nocturnas que hoy forman parte esencial del imaginario artístico de Montmartre.

Moulin Rouge de París

A lo largo del siglo XX, el Moulin Rouge se consolidó como escenario de grandes espectáculos de revista, con elaborados vestuarios, coreografías multitudinarias y una puesta en escena espectacular. Actualmente continúa ofreciendo shows diarios que combinan tradición y modernidad, manteniendo viva la esencia del cabaret parisino.

Barrio de Pigalle de París

El lugar también ha inspirado obras cinematográficas, como la película Moulin Rouge! dirigida por Baz Luhrmann, que revitalizó su leyenda para nuevas generaciones.

Continuamos descubriendo el barrio de Pigalle es uno de los barrios más conocidos y controvertidos de París, situado entre los distritos 9º y 18º, a los pies de la colina de Montmartre. Su nombre proviene del escultor del siglo XVIII Jean-Baptiste Pigalle, aunque con el tiempo el lugar adquirió una identidad propia, muy ligada a la vida nocturna, el arte y la bohemia.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, Pigalle se convirtió en el epicentro del entretenimiento parisino. Cabarets, cafés-concert y salas de baile florecieron en sus calles iluminadas por neones. El más famoso es el Moulin Rouge, inaugurado en 1889, que atrajo a artistas, aristócratas y curiosos deseosos de experimentar el espíritu libre de la Belle Époque. También el pintor Henri de Toulouse-Lautrec retrató este ambiente vibrante en sus carteles y escenas nocturnas.

Barrio de Pigalle de París

Durante el siglo XX, Pigalle adquirió fama como el “barrio rojo” de París, con locales eróticos, teatros de variedades y una intensa vida nocturna que le dio una reputación provocadora. Sin embargo, esa faceta convivió siempre con otra dimensión cultural: estudios de artistas, salas de música y una escena creativa alternativa.

En las últimas décadas, el barrio ha experimentado una transformación significativa. Sin perder del todo su carácter atrevido, hoy combina bares modernos, cafés de estilo retro, tiendas de instrumentos musicales —especialmente guitarras en la zona sur Pigalle (SoPi)— y una atmósfera más cosmopolita y renovada. La mezcla entre lo histórico y lo contemporáneo le otorga una identidad singular dentro de la ciudad.

Metro del Barrio de Pigalle de París

Pigalle es, en definitiva, un lugar de contrastes: festivo y artístico, provocador y creativo, popular y sofisticado al mismo tiempo. Caminar por sus calles es recorrer una parte intensa de la historia cultural de París, donde la noche y el arte siempre han ido de la mano.

Para finalizar el día caminamos hasta su parada del metro de la línea 12 verde. Nunca habíamos estado en este barrio pese a lo famoso que es, íbamos buscando una Bulangerie y nos sorprende que todavía todas las tiendas de la calle estén dedicadas al sexo desde distintos enfoques, incluso todavía hay un Cine X.

Anoche en el parking de París

Desde el metro de Pigalle hacemos el recorrido inverso al de la mañana, ósea Port Chapelle, bus 350 hasta la Feria de Autocaravanas. Cuando llegamos anochece que no es poco.

De regreso mentalmente calculamos el gasto en transporte durante todo el día en París y salen 24 euros, hoy casi hemos amortizado uno de los dos abonos.

Día 30 de septiembre (martes)
Ruta: París

Metro de París

La noche ha sido menos fría que los días anteriores en el parking de Exposiciones de L Bourget en París GPS N48.946022 E2.428654 y cuando sale el sol se nota en el interior.

Salimos para descubrir París, tenemos colapsada la entrada a la Feria de Autocaravanas y el autobús número 350 tarda casi 45 minutos en llegar. En otros 20 minutos estamos en la Port de la Chapelle allí la línea 12, luego hacemos trasbordo en la línea 10 direccion al extremo oeste de la ciudad hasta la estación Port Boulogne-Billancourt.

Durante el viaje nos damos cuenta que partimos desde Le Bourget de una zona muy racializada y según nos vamos alejando hacia el oeste la gente cambia mayoritariamente es blanca, los edificios, las tiendas y las casas son diferentes y mejores.

Nuestro primer destino, quizás no sale entre las guías de París, no lo conocíamos, pero os puedo asegurar que merece muy mucho la pena.

Museo Albert Kahn de París

Se trata del Museo Albert Kahn GPS N48.8413079 E2.2277163 su precio es 9 euros. Este museo conserva la obra de este fotógrafo y cineasta del siglo XIX y principios del XX. Durante su vida hizo más de 100 horas de películas y más de 72000 fotografías en blanco y negro, mucho mayor número son las que yo tengo guardadas.

Albert Kahn era un orientalista que viajaba por todo el mundo con su cámara al hombro y relataba y retrataba durante 22 años como era la vida tan difícil en el norte de África, Japón, la India, China por poner ejemplos. Luego a su regreso a Paris las mostraba y vendía entre la prensa y la élite burguesa.

Era de origen judío se dedicó a las finanzas, amaso una enorme fortuna especulando con oro y diamantes en Sudáfrica.

Museo Albert Kahn de París

Tras amasar una fortuna, se lanzó a la creación de su proyecto filantrópico. Se interesaba por los problemas políticos y sociales de su tiempo y buscaba establecer espacios de reflexión y debate, deseoso de brindar a las personas los medios para comprenderse mejor. Ver, saber, prever: Albert Kahn abogó por el acercamiento entre los pueblos inculcando el espíritu internacional en su red de élites ilustradas.

Con el dinero atesorado lo invertía en la creación de unos de los jardines más bonitos de París. Si Claud Monet compro el Jardin Giverny para pintar al oleo la naturaleza con sus nenúfares y el puente Japonés, Albert Kahn compra un inmenso terreno a las afueras de Paris para poder fotografiarlo.

Museo Albert Kahn de París

El Museo Albert-Kahn es uno de los espacios culturales más singulares del área metropolitana de París, ubicado en Boulogne-Billancourt, a orillas del Sena. Este museo combina historia, fotografía, cine y paisajismo en un entorno que refleja el ideal humanista y universalista de su creador, el banquero y filántropo francés Albert Kahn (1860–1940). Su proyecto fue extraordinario para su época: quiso preservar la memoria visual del mundo en un momento de profundos cambios políticos, sociales y tecnológicos a comienzos del siglo XX.

Entre 1909 y 1931, Albert Kahn financió una ambiciosa iniciativa conocida como “Los Archivos del Planeta”, enviando fotógrafos y operadores de cámara a más de cincuenta países con el fin de documentar la diversidad cultural de la humanidad. El resultado fue una de las colecciones más importantes de fotografía en color temprana —especialmente mediante la técnica del autocromo— y una vasta producción cinematográfica. Estas imágenes muestran escenas de la vida cotidiana, paisajes urbanos y rurales, retratos y tradiciones de lugares tan diversos como Japón, Mongolia, Brasil, Noruega o la India, constituyendo hoy un testimonio visual invaluable de un mundo anterior a las dos guerras mundiales.

Museo Albert Kahn de París

El museo no solo resguarda este archivo excepcional, sino que también lo contextualiza a través de exposiciones permanentes y temporales que abordan temas como la memoria, la diversidad cultural, el diálogo intercultural y la evolución de los medios visuales. El edificio actual, renovado y ampliado recientemente, integra arquitectura contemporánea con el respeto por el entorno histórico, ofreciendo espacios luminosos y tecnológicos que permiten apreciar tanto fotografías originales como proyecciones audiovisuales.

Los jardines del Museo Albert-Kahn, en las afueras de París, no son únicamente un conjunto paisajístico: son un poema vegetal, una geografía íntima donde la naturaleza y el ideal humano se funden en un mismo suspiro. Concebidos a comienzos del siglo XX por Albert Kahn, estos jardines nacieron del deseo profundo de reconciliar culturas a través de la belleza. Kahn, viajero y soñador, quiso que en este rincón del mundo convivieran armoniosamente distintas tradiciones paisajísticas, como si cada árbol, cada estanque y cada sendero fueran una palabra en un lenguaje universal.

Jardín Museo Albert Kahn de París

El recorrido comienza casi sin que el visitante lo advierta, como si el jardín lo envolviera suavemente. No hay ruptura brusca entre ciudad y naturaleza; el tránsito es delicado, progresivo. Los senderos serpentean entre masas de vegetación cuidadosamente dispuestas para crear perspectivas cambiantes, juegos de luz y sombra, silencios verdes que invitan a caminar sin prisa. El aire parece transformarse: se vuelve más fresco, más lento, más íntimo. Cada paso es una transición emocional.

El jardín japonés es quizá el corazón más contemplativo del conjunto. Allí el tiempo parece suspenderse. El agua de los estanques refleja el cielo como un espejo tembloroso, mientras carpas de colores trazan círculos silenciosos bajo la superficie. Puentes curvos de madera cruzan delicadamente el agua, como gestos de caligrafía en el paisaje. Las piedras, dispuestas con precisión casi espiritual, dialogan con el musgo y con los arces que en otoño se incendian en tonos rojos y dorados. No hay exuberancia excesiva: hay equilibrio, pausa, respiración. Es un espacio que invita al recogimiento, a escuchar el murmullo del viento entre las hojas y el sonido leve del agua contra la orilla.

Jardín japones del Museo Albert Kahn de París

Al avanzar, el jardín francés formal aparece como una afirmación de orden y claridad. Sus líneas geométricas, sus parterres estructurados y sus ejes visuales introducen una sensación de armonía racional. Aquí la mano humana se percibe con nitidez, pero no como imposición, sino como diálogo con la naturaleza. Las flores dibujan arabescos de color, y la simetría ofrece un reposo distinto: el de la proporción y la medida. Es la expresión de una tradición que encuentra belleza en la organización y en la perspectiva.

Muy cerca, el jardín inglés transforma la atmósfera. Las formas se vuelven más libres, más románticas. El césped ondula suavemente y los árboles parecen crecer sin sujeción aparente, como si la naturaleza hubiera decidido expresarse con espontaneidad. Senderos irregulares conducen a pequeños claros donde la luz se filtra entre las ramas. Aquí el visitante puede experimentar la ilusión de estar en un paisaje natural intacto, donde la intervención humana se disuelve en la apariencia de lo salvaje. Es un espacio para perderse levemente, para dejar que la imaginación complete lo que la vista apenas sugiere.

Museo Albert Kahn de París

El bosque de los Vosgos introduce una dimensión más profunda y casi misteriosa. La vegetación se densifica, las sombras se alargan, el suelo se cubre de hojas que crujen bajo los pasos. El ambiente se vuelve más fresco, más húmedo, evocando paisajes montañosos del este de Francia. En este sector el jardín adquiere un carácter casi introspectivo, como si invitara a la meditación silenciosa. Los troncos verticales crean una arquitectura natural que contrasta con la apertura luminosa de otras zonas.

Jardín del Museo Albert Kahn de París

La verdadera magia del conjunto reside en las transiciones. No se trata de compartimentos aislados, sino de una sucesión armónica de mundos que se entrelazan suavemente. El visitante pasa de una cultura a otra sin atravesar fronteras visibles; el cambio se percibe en la textura del suelo, en la densidad de la vegetación, en la manera en que la luz cae sobre el agua o sobre la piedra. Es un viaje sin desplazamiento geográfico, una vuelta al mundo contenida en cuatro hectáreas.

En su dimensión simbólica, los jardines encarnan el mismo espíritu que animó los célebres “Archivos del Planeta” impulsados por Albert Kahn: preservar la diversidad y fomentar el entendimiento entre los pueblos. Si las fotografías capturaban rostros y paisajes lejanos, estos jardines traducen esa diversidad en formas vivas, en árboles que crecen juntos a pesar de sus orígenes distintos. Cada rincón es una metáfora silenciosa de convivencia.

Jardín del Museo Albert Kahn de París

Hoy, restaurados y cuidadosamente mantenidos, los jardines del Museo Albert-Kahn siguen ofreciendo un refugio poético en medio del dinamismo urbano. Son un lugar donde el visitante no solo observa, sino que siente; no solo camina, sino que se transforma ligeramente con cada paso. Entre reflejos de agua, sombras móviles y fragancias estacionales, el jardín se revela como un espacio donde la belleza se convierte en puente, y la naturaleza en lenguaje universal.

Cuando abandonamos el museo después de observar muchas fotografías del jardín de hace más de cien años, miramos el reloj y son las 15;00 horas, Imposible comer a esa hora en Francia.

Plano del Jardín del Palacio de Luxemburgo de París

Vemos un restaurante de comida rápida se llama Rimone GPS N48.8404431 E2.2277039 y por 12;50 euros tiene un menú de sándwich con huevos, bebida y postre, al menos nos permite reponernos.

De segundo plato de la tarde lo vamos a dedicar a ver otro de los Jardines más bonitos de París, se trata del Jardín del Palacio de Luxemburgo GPS N48.8466179 E2.333756 , este si es más turístico.

Los jardines del Jardín del Luxemburgo, situados en el corazón del Barrio Latino de París, constituyen uno de los espacios verdes más emblemáticos y apreciados de la ciudad. Extendiéndose alrededor del majestuoso Palacio del Luxemburgo, actual sede del Senado francés, estos jardines combinan historia, arte, arquitectura y naturaleza en un conjunto armónico que refleja la evolución del gusto paisajístico francés desde el siglo XVII hasta nuestros días.

Jardín del Palacio de Luxemburgo de París

El origen del jardín se remonta a 1612, cuando María de Médici, viuda del rey Enrique IV, decidió construir un palacio que evocara la atmósfera de su Florencia natal. Inspirada por los jardines italianos del Renacimiento, especialmente los de Boboli, mandó diseñar un espacio que combinara elegancia, perspectiva y orden. Con el tiempo, el jardín fue transformándose, especialmente bajo la influencia del paisajismo francés clásico, hasta adquirir su característica combinación de parterres geométricos y áreas de estilo más libre.

El trazado actual ofrece una dualidad fascinante. Frente al palacio se despliega el jardín formal francés, con amplios parterres simétricos, avenidas rectilíneas y céspedes cuidadosamente delimitados. Este sector responde a la tradición clásica que privilegia la perspectiva axial y el dominio humano sobre la naturaleza. Las flores cambian según la estación, creando composiciones cromáticas que aportan vitalidad al conjunto. Las sillas verdes metálicas, distribuidas libremente, permiten a los visitantes sentarse donde deseen, fomentando una relación íntima y espontánea con el espacio.

Jardín del Palacio de Luxemburgo de París

En el centro del jardín destaca el gran estanque octogonal, donde generaciones de niños han hecho navegar pequeñas embarcaciones de vela de madera. Esta escena, repetida día tras día, forma parte del imaginario parisino y aporta una dimensión entrañable y cotidiana al lugar. Alrededor del estanque, el jardín se convierte en un punto de encuentro donde estudiantes, lectores, turistas y familias comparten el mismo espacio en una convivencia serena.

Más allá del eje central, el paisaje se suaviza y adopta un carácter más naturalista. Senderos sinuosos conducen hacia áreas arboladas que ofrecen sombra y recogimiento. En estas zonas el jardín adquiere una atmósfera más romántica, casi introspectiva, donde el murmullo de las hojas y el canto de los pájaros amortiguan el ruido urbano. Aquí el visitante puede experimentar una sensación de retiro dentro de la ciudad, un equilibrio entre lo público y lo íntimo.

Jardín del Palacio de Luxemburgo de París

El Jardín del Luxemburgo también es un auténtico museo al aire libre. Más de un centenar de esculturas adornan sus senderos y explanadas, incluyendo representaciones de reinas y figuras femeninas destacadas de la historia de Francia, así como obras de artistas de distintas épocas. Entre las más conocidas se encuentra la fuente de Médici, un rincón de inspiración barroca que introduce un aire romántico con su estanque alargado, sus esculturas y su vegetación envolvente. Este espacio, ligeramente apartado, se percibe como un escenario teatral donde el agua y la piedra dialogan en un juego de reflejos y sombras.

Monumento al Estudiante Resistente del Jardín del Palacio de Luxemburgo de París

A lo largo de los siglos, el jardín ha sido testigo de transformaciones políticas y sociales. Fue escenario de episodios de la Revolución Francesa, sufrió modificaciones durante el Segundo Imperio y continuó adaptándose a las necesidades urbanas modernas. Sin embargo, ha conservado su esencia como lugar de encuentro, contemplación y ocio. Hoy en día, además de su valor histórico y estético, alberga actividades culturales, exposiciones fotográficas al aire libre, conciertos y espacios dedicados al ajedrez, el tenis y la apicultura.

Fontaine Médicis Jardín del Palacio de Luxemburgo de París

Uno de los sitios más bonitos del jardín es La Fontaine Médicis es uno de los rincones más evocadores y románticos del Jardín del Luxemburgo, en el corazón de París. Es un espacio donde el tiempo parece fluir con la misma lentitud que el agua que resbala por sus muros, creando un refugio de sombra y frescor apartado del bullicio urbano.

La fuente fue encargada en el siglo XVII por María de Médici, quien deseaba evocar en Francia la atmósfera de los jardines italianos de su juventud. Inspirada en las grutas manieristas del Renacimiento florentino, la Fontaine Médicis fue concebida como un ninfeo: una arquitectura que integra agua, escultura y vegetación para crear un efecto teatral y contemplativo. Originalmente más sencilla, fue transformada en el siglo XIX bajo la dirección del arquitecto Alphonse de Gisors, quien añadió el largo estanque frontal y reorganizó el conjunto escultórico.

Fontaine Médicis Jardín del Palacio de Luxemburgo de París

La composición actual presenta un muro arquitectónico coronado por un frontón curvo y flanqueado por columnas, cubierto en parte por hiedra y vegetación que le confieren un aire antiguo, casi secreto. En el centro, bajo un arco en penumbra, se encuentra el grupo escultórico que representa el mito de Acis y Galatea sorprendidos por el cíclope Polifemo, una escena de amor y celos tomada de la mitología clásica. La figura de Polifemo, situada en lo alto, observa desde la roca en una tensión dramática que contrasta con la serenidad aparente del estanque.

El agua desempeña un papel esencial en la atmósfera del lugar. El estanque alargado refleja las esculturas, los árboles y el cielo, duplicando la escena y creando una profundidad visual que invita a la contemplación. Los plátanos y castaños que rodean la fuente proyectan sombras móviles sobre la superficie, y el murmullo constante del agua aporta una sensación de intimidad y recogimiento.

Detalle de la Fontaine Médicis Jardín del Palacio de Luxemburgo de París

A diferencia de los amplios parterres geométricos del jardín formal, la Fontaine Médicis se percibe como un espacio recogido, casi escondido. Sus bancos de piedra permiten sentarse frente al estanque, en una disposición que sugiere silencio y reflexión. Es un lugar frecuentado por lectores, estudiantes y paseantes que buscan un momento de pausa. En otoño, las hojas doradas flotan sobre el agua; en verano, la vegetación espesa intensifica el carácter fresco y sombrío del conjunto.

Esculturas Jardín del Palacio de Luxemburgo de París

En el Jardín del Luxemburgo, las esculturas forman un verdadero museo al aire libre que dialoga con la arquitectura del Palacio del Luxemburgo y con la vegetación que las rodea. Más de un centenar de obras jalonan paseos y parterres, convirtiendo el jardín en un espacio donde arte, historia y naturaleza se entrelazan de manera armónica.

Uno de los conjuntos más emblemáticos es la serie de estatuas de las reinas y mujeres ilustres de Francia, instaladas alrededor del jardín en el siglo XIX. Estas figuras —entre ellas representaciones de soberanas medievales, figuras del Renacimiento y personajes históricos femeninos— conforman una galería simbólica que celebra la memoria nacional desde una perspectiva femenina poco habitual en su época. Dispuestas en una secuencia casi narrativa, parecen custodiar el jardín y observar el ir y venir de los visitantes con gesto sereno.

Esculturas Jardín del Palacio de Luxemburgo de París

Entre las obras más conocidas destaca La Estatua de la Libertad, una de las versiones realizadas por Frédéric Auguste Bartholdi, autor también de la célebre Estatua de la Libertad de Nueva York. Esta réplica, de menor tamaño, establece un vínculo simbólico entre París y el ideal universal de libertad, integrándose discretamente en el entorno arbolado del jardín.

Otra escultura significativa es Le Triomphe de Silène, obra de Jules Dalou. Esta composición dinámica representa a Sileno, figura mitológica asociada al cortejo de Dioniso, rodeado de faunos y niños. La obra introduce un movimiento vibrante y festivo que contrasta con la solemnidad de otras estatuas, aportando una dimensión lúdica al conjunto.

En las zonas más arboladas y en torno a la Fontaine Médicis, las esculturas adquieren un carácter más íntimo y poético. Allí, el juego de luces y sombras transforma las figuras a lo largo del día, creando efectos cambiantes sobre el mármol y el bronce. Las superficies pulidas reflejan la luz matinal, mientras que al atardecer adoptan tonos cálidos que intensifican su expresividad.

Jardín del Palacio de Luxemburgo de París

Las esculturas contemporáneas también han encontrado su lugar en el jardín, mostrando que este espacio no es únicamente un vestigio histórico, sino un entorno vivo que continúa dialogando con el presente. La coexistencia de estilos —clásico, romántico, realista y moderno— convierte el recorrido escultórico en una experiencia plural, donde cada obra aporta una voz distinta al conjunto.

Orangerie Jardín del Palacio de Luxemburgo de París

Para terminar, llegamos a La Orangerie du Luxembourg forma parte del conjunto histórico del Palacio del Luxemburgo, integrado en el célebre Jardín del Luxemburgo de París. Como muchas construcciones de este tipo en Europa, la Orangerie nació con una función práctica y simbólica a la vez: proteger durante el invierno los árboles de cítricos y otras plantas delicadas, que en los siglos XVII y XVIII representaban lujo, exotismo y prestigio.

Las orangeries eran espacios esenciales en los grandes jardines aristocráticos, pues permitían conservar naranjos, limoneros y palmeras en grandes macetas móviles que, durante la estación cálida, se exhibían en los parterres. En el caso del Luxemburgo, la Orangerie se integra en la tradición del jardín clásico francés, donde la arquitectura dialoga con la vegetación y subraya la geometría del conjunto. Su estructura alargada y sobria responde a criterios funcionales: muros gruesos para mantener el calor, amplios ventanales orientados al sur para captar la luz solar y techos altos que favorecen la ventilación.

Orangerie Jardín del Palacio de Luxemburgo de París

Más allá de su función original, la Orangerie del Luxemburgo ha evolucionado con el tiempo. En la actualidad, además de albergar plantas en determinadas épocas, se utiliza como espacio cultural, acogiendo exposiciones temporales de arte contemporáneo, fotografía y eventos vinculados a la vida cultural parisina. De este modo, el edificio mantiene su relación con la naturaleza, pero amplía su significado al convertirse en lugar de encuentro entre creación artística y patrimonio histórico.

Arquitectónicamente, la Orangerie se caracteriza por su sobriedad elegante. No compite con el palacio ni con las perspectivas principales del jardín; al contrario, se integra discretamente en el paisaje, respetando la armonía clásica del conjunto. Su fachada clara, rítmica y luminosa contrasta con el verde de los árboles circundantes, generando un equilibrio visual que varía según la estación. En primavera y verano, cuando los jardines se llenan de flores y paseantes, la Orangerie se percibe como un telón arquitectónico que enmarca la vida del parque.

Organique Orangerie Jardín del Palacio de Luxemburgo de París

En términos simbólicos, la presencia de una orangerie en el Luxemburgo evoca el espíritu de refinamiento y apertura cultural que marcó la creación del palacio por María de Médici en el siglo XVII. Los cítricos, originarios de regiones más cálidas, representaban la conexión con otros territorios y la fascinación europea por lo exótico. Así, la Orangerie no solo protegía plantas delicadas, sino que encarnaba una aspiración estética y cultural.

En la Orangerie de Palacio de Luxemburgo se presenta la exposición gratuita titulada Organique, donde se dedica a esculturas, música, videos y flores.

Organique es una muestra creada por la asociación Les Muses que transforma el espacio histórico de la Orangerie —normalmente dedicado a proteger cítricos y otras plantas delicadas durante el invierno— en un escenario de arte contemporáneo inspirado en la naturaleza y el vivant (lo que está vivo). Fechas y acceso:

Organique Orangerie Jardín del Palacio de Luxemburgo de París

La exposición con entrada libre con el concepto: Organique explora el mundo vegetal desde una perspectiva poética y sensorial, a través de videos vegetales que expresan la belleza y la complejidad del infiniment petit (lo infinitamente pequeño) de las plantas.

Las proyecciones se disponen en una frise (una franja o muro continuo de imágenes) que dialoga con parterres florales especialmente diseñados para la ocasión, creando un recorrido inmersivo entre arte y naturaleza.

La exposición se inspira en reflexiones filosóficas —como las de Goethe sobre la Metamorfosis de las plantas— y en meditaciones poéticas que invitan a contemplar la vida vegetal desde una mirada lenta y profunda.

Flores Orangerie Jardín del Palacio de Luxemburgo de París

En el centro del espacio, la escultura de Flore, de Aristide Maillol, actúa como presencia icónica que observa y acompaña toda la experiencia. Además, una ambientación sonora especialmente compuesta envuelve al visitante, añadiendo una dimensión acústica al viaje sensorial.

Solamente nos queda tiempo para hacer el recorrido a la inversa de la mañana, metro línea 12 verde hasta Port de la Chapelle, después el bus 350 hasta la Feria Le Bourget.

Decir que todo el día nos ha acompañado el sol se convierte en un poema viviente, un encuentro entre luz, color y memoria que despierta todos los sentidos. Los rayos cálidos atraviesan las copas de los árboles, proyectando sombras danzantes sobre senderos y céspedes perfectamente cuidados, invitando a caminar despacio o a descansar sobre un banco mientras la ciudad late suavemente alrededor. En el Jardín del Luxemburgo, los niños hacen navegar pequeños barcos de madera en el estanque, mientras parejas, artistas y lectores se sumergen en la calma, dejándose envolver por el murmullo del agua y el canto de los pájaros. La Fontaine Médicis, con su estanque reflejando los cielos y la vegetación circundante, añade un aire de misterio romántico, como si cada imagen fuese un instante detenido en el tiempo.

Flores Orangerie Jardín del Palacio de Luxemburgo de París

Las esculturas, desde las reinas históricas hasta las musas clásicas, parecen vigilar con gesto sereno a los visitantes, integrándose con la naturaleza y transformando cada paseo en un recorrido entre historia y poesía. Cada parterre, cada árbol y cada senda contribuyen a un paisaje cuidadosamente tejido donde el arte y la vida se encuentran, evocando la misma sensación que producen las imágenes del Museo Albert-Kahn, donde los jardines fueron capturados en fotografías y películas tempranas que buscaban preservar la memoria del mundo. Allí, al igual que en París, la luz acaricia los estanques, los puentes y los bosques, revelando matices que solo el sol puede destacar y transformando cada rincón en un instante digno de ser recordado.

En este día soleado, caminar por los jardines se siente como recorrer un sueño compartido: los colores vivos de las flores, el aroma de los tilos y la brisa que juega con las hojas se mezclan con el tiempo detenido de las fotografías de Kahn, creando un diálogo entre presente y pasado. Es un instante donde París y sus jardines se muestran tiernos y generosos, invitando a la contemplación, al romance y a la reflexión, y donde cada sombra y cada reflejo parecen contar una historia que solo se revela a quien se detiene a mirar con atención.

Día 1 de octubre (miercóles)
Ruta: París

París

La noche ha sido tranquila como las anteriores en el parking de Exposiciones de L Bourget en París GPS N48.946022 E2.428654 , hasta las 9;00 h. no dejan entrar a las nuevas autocaravanas al parking.

Salimos escopetados porque el bus 350 pasa a las 10:00 horas, hoy hay menos tráfico, en 20 minutos estamos en Port de la Chapelle. El conductor del bus nos indica que cojamos el bus 38 que nos deja en el Palacio de Justicia, en otros 20 minutos estamos en todo el centro.

El Palacio de Justicia tiene en el interior La Santa Capilla GPS N48.8552971 E2.3439802, tenemos que esperar otros 20 minutos porque no tenemos los billetes reservados. Hoy primero de octubre bajaban los precios de la visita de 19 euros a 13, nos ahorramos 12 euros, que no está mal.

Parteluz de la Santa Capilla de París

No recordaba bien está iglesia porque la entrada a ras del suelo es una nave llena de estatuas doradas entre los arcos con un azul cielo decorado con la flor de lis de los reyes de Francia.

La Sainte-Chapelle, situada en el corazón de la París, en la histórica Île de la Cité, es considerada una de las obras maestras del gótico radiante y un emblema del poder religioso y político de la Francia medieval. Su construcción, entre 1242 y 1248, fue ordenada por el rey Luis IX de Francia, conocido más tarde como San Luis, con un objetivo preciso: albergar y venerar reliquias sagradas adquiridas por el monarca, entre ellas la Corona de Espinas y fragmentos de la Vera Cruz, símbolos supremos de la pasión de Cristo. Este gesto no solo reflejaba la profunda religiosidad de Luis IX, sino también su intención de afirmar la supremacía del poder real a través de la espiritualidad y del arte.

Santa Capilla de París

La Sainte-Chapelle es un edificio de dimensiones modestas en planta, pero de una ambición artística descomunal. Se erige en dos niveles claramente diferenciados: la capilla inferior, de carácter más sobrio, destinada a la vida cotidiana de los miembros del palacio real, y la capilla superior, concebida como un santuario para las reliquias, un espacio donde cada elemento arquitectónico y decorativo tenía la función de magnificar la divinidad. La capilla superior se considera uno de los ejemplos más sobresalientes del gótico radiante, un estilo que busca enfatizar la verticalidad, la luz y la transparencia.

Lo que hace única a la Sainte-Chapelle es su maravilloso conjunto de vitrales, que cubren prácticamente todas las paredes de la capilla superior. Son 15 vidrieras monumentales, cada una de unos 15 metros de altura, que narran más de mil escenas bíblicas, desde el Génesis hasta la vida de Cristo y los santos, pasando por historias de reyes y profetas. Los colores intensos —azules profundos, rojos intensos, verdes y dorados— transforman la luz del sol en un torrente de narrativa visual que inunda el interior con un resplandor casi sobrenatural. Al atravesar los vitrales, la luz no solo ilumina el espacio físico, sino que parece envolver al visitante en un flujo de historia, fe y poesía visual, generando una experiencia casi mística. La capilla se convierte así en un lugar donde se percibe, simultáneamente, la grandeza de lo divino y la sensibilidad del arte humano.

Altar Mayor de la Santa Capilla de París

La estructura arquitectónica contribuye enormemente a esta sensación de elevación y ligereza. Las columnas esbeltas, los arcos apuntados y las nervaduras de las bóvedas se alzan hasta los ventanales, casi disolviendo la masa de piedra y permitiendo que la luz fluya sin obstáculos. Cada detalle ornamental —capiteles, tracerías, esculturas y motivos vegetales— fue diseñado para integrarse en un sistema simbólico completo: todo el edificio funciona como una metáfora de la ascensión del alma hacia lo divino. Los colores de los vitrales no son meramente decorativos: cada escena, cada matiz de rojo, azul o dorado, estaba pensado para educar, inspirar y conmover al espectador, guiando su mirada hacia la santidad de las reliquias que una vez se conservaban allí.

El espacio se percibe de manera diferente según la hora del día. Por la mañana, los rayos del sol iluminan los vitrales del este, generando un efecto de resplandor que parece activar las historias de los profetas y patriarcas. Al mediodía, la luz llena el interior con un brillo uniforme que resalta la armonía del conjunto arquitectónico. Por la tarde, los tonos cálidos suavizan la escena y crean un efecto más introspectivo y contemplativo, mientras los rayos oblicuos atraviesan los cristales y proyectan sombras de colores sobre el suelo de piedra, casi como un tapiz vivo que cambia con el paso del tiempo.

Decoracion de la Santa Capilla de París

Más allá de su valor artístico, la Sainte-Chapelle representa un símbolo político y religioso. La posesión de reliquias sagradas reforzaba la legitimidad del rey y su vínculo directo con lo divino, mientras que la magnificencia del edificio exhibía ante nobles, clérigos y visitantes extranjeros la riqueza, la cultura y el poder de la corona francesa. La capilla no era solo un lugar de culto, sino un manifiesto arquitectónico del poder y del refinamiento cultural de la monarquía medieval.

El primer nivel de la Sainte-Chapelle, también conocido como capilla inferior, se encuentra directamente sobre los cimientos del edificio y servía principalmente a los miembros de la corte y al personal del palacio real. A diferencia del nivel superior, diseñado para albergar reliquias y asombrar con su esplendor, esta planta inferior es más sobria, íntima y funcional, aunque aún conserva la elegancia y la delicadeza propias del gótico.

Santa Capilla de París

El espacio se organiza como una nave alargada con bóvedas de crucería, columnas esbeltas y arcos apuntados que crean un ritmo visual continuo. Las paredes, decoradas con motivos florales y escultóricos discretos, reflejan el estilo gótico temprano, con énfasis en la proporción y la claridad. La luz que entra a través de los ventanales, aunque más limitada que en la capilla superior, baña el interior con un tono cálido y tranquilo, creando un ambiente recogido y meditativo. Este nivel incluía capillas laterales y pequeños altares, permitiendo la celebración de misas privadas y oraciones, y su sobriedad enfatiza el contraste con el lujo y la luminosidad de la capilla superior.

En cuanto a la portada principal de la Sainte-Chapelle, se trata de un ejemplo delicado y refinado de la arquitectura gótica. La puerta se enmarca en un arco apuntado con tracerías ornamentales que combinan motivos geométricos y vegetales, coronados por una arquivolta decorativa con pequeñas esculturas de santos y profetas. Sobre la portada se sitúa un ventanal superior que, aunque más pequeño que los vitrales de la capilla superior, introduce luz al interior y anuncia desde el exterior la verticalidad y la elegancia del edificio.

Portada del segundo nivel Santa Capilla de París

La portada transmite desde el primer vistazo la armonía entre la forma y la función: es un umbral que prepara al visitante para la experiencia espiritual y visual que se encuentra en el interior. Sus detalles escultóricos, la precisión de los relieves y la simetría del conjunto muestran la intención de impresionar sin recurrir a la ostentación excesiva, y representan un preludio simbólico de la luz y el color que aguardan en el nivel superior.

El segundo nivel de la Sainte-Chapelle, conocido como capilla superior, es el corazón espiritual y artístico del edificio, concebido para albergar las reliquias sagradas que poseía el rey Luis IX de Francia, entre ellas la Corona de Espinas. A diferencia del primer nivel, sobrio y funcional, esta planta se eleva hacia la luz con un diseño que parece desafiar la gravedad, convirtiéndose en un verdadero santuario de luz y color que simboliza la unión entre lo divino y lo humano.

Ábside de la Santa Capilla de París

El espacio es notable por sus paredes prácticamente enteras cubiertas de vitrales, que alcanzan unos 15 metros de altura y narran más de mil escenas bíblicas: desde la Creación y los patriarcas hasta la vida de Cristo, los Apóstoles y las historias de los santos. Cada ventana es una obra maestra en sí misma, compuesta por pequeños fragmentos de vidrio de colores intensos —azules profundos, rojos vibrantes, verdes y dorados— que filtran la luz solar y la transforman en un caleidoscopio de narrativas y símbolos. La luz que atraviesa estos vitrales no solo ilumina el espacio, sino que parece llenar el alma del visitante, creando una sensación de trascendencia y éxtasis espiritual.

La arquitectura del segundo nivel enfatiza la verticalidad: columnas esbeltas, arcos apuntados y nervaduras de las bóvedas elevan la mirada del visitante hacia arriba, guiándola hacia los vitrales y reforzando la sensación de ligereza y elevación. La estructura de piedra se integra de manera armoniosa con el vidrio, dando la impresión de que las paredes casi desaparecen, dejando que la luz sea la verdadera protagonista. Cada detalle, desde los capiteles decorados hasta las delicadas tracerías, está cuidadosamente diseñado para dirigir la atención hacia lo sagrado, reforzando la función espiritual de la capilla.

Apostolado de la Santa Capilla de París

El impacto sensorial del segundo nivel es único. Dependiendo de la hora del día, la luz del sol crea efectos distintos: por la mañana, los tonos cálidos y dorados parecen envolver las escenas bíblicas en un resplandor suave; al mediodía, la iluminación uniforme permite apreciar la riqueza de los colores y la precisión de las figuras; por la tarde, la luz oblicua produce reflejos y sombras que acentúan la sensación de profundidad y misterio. Esta interacción constante con la luz hace que cada visita sea diferente, casi como si la capilla estuviera viva.

Durante la Revolución Francesa, la Corona de Espinas fue llevada a la Biblioteca Nacional. Sin embargo, después del Concordato de 1801 entre Napoleón y el Papa Pío VII, la reliquia fue devuelta.

Después de la restauración de la Catedral de Notre-Dame, la Corona de Espinas volvió a su hogar el 13 de diciembre de 2024. La reliquia se exhibe en un nuevo relicario diseñado por Sylvain Dubuisson, adornado con cientos de cristales que reflejan la luz y simbolizan la conexión eterna entre el sufrimiento y la salvación. La Corona de Espinas se expone al público en solemne procesión interna de la Catedral el primer viernes de cada mes.

Rosetón de la Santa Capilla de París

Desgraciadamente la iglesia quedo embutida dentro del Palacio de Justicia y apenas se aprecia su fisonomía, destaca el enorme pináculo, semejante a la catedral de Notre Dame.

Museo de Arte y Oficios de París

Cuando salimos es la hora de comer y después de ver varias alternativas nos decantamos por el restaurante L'Annexe donde comen los jueces y abogados GPS N48.8550152 E2.3456372, decantamos por las bagettes calientes y un trozo de pizza, total 32 euros. Es una ruina el almuerzo porque nunca vemos un árbol donde ahorcarnos.

Para aprovechar la tarde hemos visto una iglesia que tiene buena pinta, cuando llegamos se trata del museo de Artes y Oficios GPS N48.8663408 E2.3548715, la iglesia está desacralizada y solo puedes entrar pagando 12 euros, como el tema del museo no es de nuestro agrado renunciamos a entrar.

Tenemos reservada la visita a la Torre de la Catedral de Notre Dame a las 16; 15 horas, precio 19 euros GPS N48.8532929 E2.3472465 .

Catedral de Notre Dame de París

La subida es un verdadero esfuerzo continuo porque son 410 escalones dentro de una escalera de caracol. Está visita la hicimos hace 21 años cuando éramos mucho más ágiles, aunque íbamos tirando de nuestros hijos pequeños.

Lo que se puede ver en la actualidad no tiene nada que ver a la visita de entonces, no se puede visitar la Galería de las Quimeras, Solamente se visita una de las torres, no se visita el pasadizo construido en madera de roble que comunican ambas torres y que circula por debajo de las bóvedas de cobre. El pináculo se ve de refilón, y la decoración en Bronce del apostolado, el ángel se ve muy lejos, en definitiva, no tiene nada que ver con lo anterior, aunque después del incendio es un éxito poder llegar aquí.

Los últimos tramos se hacen en el interior de una escalera de Caracol de madera y todos los soportes de estos tramos son maderas de Robles centenarios franceses que se han cortado para esta restauración. La zona aún huele a madera quemada.

Rosetón de la Catedral de Notre Dame de París

La subida a lo más alto de la torre derecha se hace bajo un control exhaustivo de personas y solamente puedes permanecer cinco minutos. Descubrir a tus pies todo París es una maravilla, aunque está vez he descubierto que hay muchas grúas en el horizonte, señal que la ciudad está cambiando.

La Torre de la Catedral de Notre Dame en París es uno de los puntos más emblemáticos para comprender la grandeza arquitectónica y espiritual de la célebre Catedral de Notre Dame de París. Este majestuoso templo gótico, cuya construcción comenzó en 1163 bajo el reinado de Luis VII, se convirtió a lo largo de los siglos en uno de los símbolos más representativos de Francia y del arte medieval europeo. Las torres occidentales, visibles desde distintos puntos del Sena, forman parte esencial de su silueta inconfundible y han sido testigos de coronaciones, celebraciones religiosas y acontecimientos históricos trascendentales.

Escaleraa de la Torre de la Catedral de Notre Dame de París

La fachada principal está flanqueada por dos torres gemelas de aproximadamente 69 metros de altura. A diferencia de otras catedrales góticas europeas, las torres de Notre Dame no culminan en agujas puntiagudas, lo que les otorga un aspecto robusto y equilibrado. La Torre Norte alberga las famosas campanas, entre ellas la gran Emmanuel, cuyo sonido ha marcado momentos históricos de Francia. Durante la visita, los viajeros ascienden cerca de 400 escalones por una estrecha escalera de caracol, un recorrido que permite apreciar de cerca la estructura medieval y experimentar la sensación de ascenso hacia lo alto, como símbolo de elevación espiritual.

Uno de los elementos más fascinantes del recorrido por la torre es el encuentro con las célebres gárgolas y quimeras. Estas figuras de piedra, además de cumplir una función práctica como desagües para la lluvia, poseen un fuerte carácter simbólico. Desde lo alto, parecen vigilar la ciudad, creando una atmósfera casi mística. Muchas de estas esculturas fueron añadidas o restauradas en el siglo XIX durante la gran intervención dirigida por el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc, quien también diseñó la icónica aguja central que se alzaba sobre el crucero antes del incendio de 2019.

Panorámica desde la Torre de la Catedral de Notre Dame de París

El 15 de abril de 2019, un devastador incendio afectó gravemente la cubierta y la aguja de la catedral, generando una profunda conmoción mundial. Sin embargo, las torres principales resistieron la estructura del siniestro, y desde entonces se emprendió un ambicioso proyecto de restauración destinado a devolverle su esplendor original. La reapertura progresiva del monumento ha renovado el interés por descubrir sus alturas y contemplar desde allí una de las vistas más impresionantes de París.

Desde la cima de la torre, el visitante disfruta de una panorámica privilegiada del río Sena, la Île de la Cité y monumentos como la Torre Eiffel y el Museo del Louvre. La experiencia combina historia, arte y emoción, ya que cada escalón conecta al viajero con siglos de fe, cultura y transformación urbana.

Quimeras en la Torre de la Catedral de Notre Dame de París

El tour actual por las torres de la Catedral de Notre Dame de París en París se realiza mediante un sistema de acceso controlado con reserva previa obligatoria en línea. No es una visita guiada tradicional, sino un recorrido autoguiado con horario asignado, lo que permite organizar el flujo de visitantes y garantizar la seguridad tras los trabajos de restauración posteriores al incendio de 2019. Al llegar a la hora indicada, los visitantes acceden por la entrada situada en la fachada occidental y comienzan el ascenso por una estrecha escalera de caracol medieval que cuenta con aproximadamente 424 escalones.

La experiencia tiene una duración aproximada de 50 minutos y se desarrolla en distintos niveles. A medida que se asciende, se pueden observar de cerca las impresionantes estructuras de piedra, los arbotantes y detalles arquitectónicos que normalmente pasan desapercibidos desde el suelo. Uno de los momentos más impactantes es el encuentro con las célebres gárgolas y quimeras, situadas en la galería superior, desde donde parecen vigilar la ciudad. Estas esculturas, muchas de ellas restauradas en el siglo XIX por el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc, constituyen uno de los grandes atractivos del recorrido.

Campanas de la Torre de la Catedral de Notre Dame de París

Durante la subida también es posible contemplar las campanas, incluida la famosa Emmanuel, cuyo sonido ha acompañado acontecimientos históricos de Francia. Finalmente, se accede a la plataforma panorámica de la torre sur, desde donde se obtiene una vista privilegiada del río Sena, la Île de la Cité y monumentos emblemáticos como la Torre Eiffel y el Museo del Louvre. El tiempo en la parte más alta es limitado para permitir la rotación de visitantes, pero suficiente para disfrutar del paisaje y tomar fotografías.

El acceso puede verse condicionado por factores climáticos, ya que en caso de viento fuerte o condiciones adversas la subida puede suspenderse por seguridad. Debido al número elevado de escalones y la ausencia de ascensor, la visita no está recomendada para personas con movilidad reducida o problemas cardíacos. En conjunto, el tour actual ofrece una experiencia intensa y física que combina historia, arquitectura y una de las panorámicas más espectaculares de París, permitiendo redescubrir uno de los monumentos más emblemáticos de Europa desde las alturas.

Para regresar buscamos otra alternativa en el medio de transporte, cogemos el RER, B, es un tren de cercanías, en Notre Dame hasta Le Bourget, llegamos en 15 minutos, luego el bus 152 y tres paradas estamos en la Feria para dormir.

Pináculo desde la Torre de la Catedral de Notre Dame de París

Esto de bajar al centro en las cercanías está muy bien porque te quitas todos los embotellamientos de las salidas y entradas a París. Mañana vamos a profundizar más.

Día 2 de octubre (jueves)
Ruta: París

Los inválidos de París

La noche en el Parking de Exposiciones de L Bourget GPS N48.946022 E2.428654 de la Feria de París ha sido muy buena. Amanece el día con un sol radiante, tenemos mucha suerte con el tiempo.

Para llegar al centro cogemos el bus número 350 que nos deja en 20 minutos en Port de Chapelle, allí cogemos el metro línea 12 verde y 14 estaciones hasta Concord, luego trasbordo línea 13 azul hasta Los Invalides.

Visitar los Inválidos es un buen plan para ver otra parte de París GPS N 48.8553244 E2.3018099 . La entrada son 17 euros.

Los museos de la guerra y todo lo que se le parezca nos son nuestro fuerte. Solamente vemos algunos objetos de Napoleón.

Museo de la Orden de la Liberacion en Los Inválidos de París

El Musée de l'Ordre de la Libération es uno de los museos históricos más significativos de París, dedicado a la memoria de la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial y a la orden creada por el general Charles de Gaulle en 1940. Se encuentra ubicado en el complejo de Les Invalides, un lugar emblemático que también alberga el sepulcro de Napoleón Bonaparte.

El museo fue creado para preservar y transmitir la historia de la Orden de la Liberación, una distinción excepcional fundada en Londres el 16 de noviembre de 1940. Esta condecoración fue otorgada a aquellas personas, unidades militares y ciudades que desempeñaron un papel destacado en la liberación de Francia del dominio nazi. En total, solo 1.038 personas, 18 unidades militares y 5 ciudades (entre ellas París) recibieron esta prestigiosa distinción, lo que demuestra su carácter extraordinario.

Museo de la Orden de la Liberacion en Los Inválidos de París

El recorrido del museo permite descubrir documentos originales, uniformes, objetos personales, fotografías, manuscritos y material audiovisual que narran el contexto de la Francia ocupada, la Francia Libre y la lucha por la liberación. También se pueden conocer las historias individuales de los llamados “Compañeros de la Liberación”, hombres y mujeres de perfiles muy diversos —militares, civiles, resistentes— que compartieron el compromiso de restaurar la soberanía francesa.

Uno de los espacios más conmovedores es el dedicado a las figuras emblemáticas de la Resistencia y al papel del propio Charles de Gaulle, cuya visión política y liderazgo fueron determinantes para reorganizar la Francia Libre desde el exilio. El museo no solo expone hechos históricos, sino que también transmite valores como el coraje, el sacrificio y la defensa de la libertad.

Tras una profunda renovación, el museo reabrió en 2019 con una museografía moderna, interactiva y pedagógica, que facilita la comprensión de un periodo complejo y dramático de la historia europea. La visita tiene una duración aproximada de una hora a una hora y media, y suele incluir acceso al patio de honor y a otras áreas del complejo de Les Invalides.

Tumba de Napoleón en Los Inválidos de París

Llegamos a la parte baja de la bóveda dorada que se puede divisar desde cualquier punto de París. Es la tumba de Napoleón Bonaparte, después de ser un hombre denostado en la Francia de su época, a su muerte fue perdonado su pasado y elevando su figura a la categoría de héroe nacional.

La tumba de Napoleón Bonaparte constituye uno de los espacios funerarios más monumentales de Europa y un lugar clave para comprender la construcción de la memoria histórica francesa en el siglo XIX. Se sitúa bajo la cúpula del Dôme des Invalides, dentro del complejo de Les Invalides en París, un edificio originalmente mandado construir por Luis XIV en el siglo XVII como hospital y residencia para veteranos de guerra. La elección de este lugar para albergar los restos del emperador no fue casual: simboliza la unión entre el poder militar, la gloria nacional y el recuerdo permanente.

Napoleón falleció el 5 de mayo de 1821 en la isla de Santa Elena, en el Atlántico Sur, donde estaba exiliado tras su derrota definitiva en Waterloo. Durante casi veinte años su cuerpo permaneció allí, hasta que en 1840 el rey Luis Felipe I autorizó el llamado “Retorno de las Cenizas”. El traslado fue un acontecimiento de enorme impacto político y emocional. El féretro llegó a París en diciembre de 1840 en una ceremonia solemne que reunió a multitudes y reforzó la figura de Napoleón como héroe nacional, más allá de las controversias de su reinado.

Tumba de Napoleón en Los Inválidos de París

El actual monumento funerario fue diseñado por el arquitecto Louis Visconti y finalizado en 1861, durante el Segundo Imperio de Napoleón III. El sarcófago central, de impresionante tamaño, está elaborado en cuarcita roja procedente de Rusia y descansa sobre un pedestal de granito verde. En realidad, el cuerpo de Napoleón se encuentra dentro de varios ataúdes concéntricos —de estaño, caoba, plomo y ébano— colocados en el interior del gran sarcófago exterior. Esta multiplicidad de capas subraya la voluntad de eternidad y solemnidad.

La disposición arquitectónica es profundamente simbólica. La tumba está situada en el centro de una cripta circular abierta, de modo que el visitante debe descender o rodear el espacio para contemplarla, generando un gesto casi ritual de respeto. Desde la galería superior se obtiene una vista completa del conjunto, enmarcado por la imponente cúpula dorada que se eleva a más de 100 metros de altura.

Bóveda de la Tumba de Napoleón en Los Inválidos de París

La cripta con el sarcófago de Napoleón Bonaparte se encuentra en el corazón del Dôme des Invalides, dentro del complejo de Les Invalides en París. Es uno de los espacios funerarios más imponentes y simbólicos de Europa, concebido no solo como lugar de sepultura, sino como escenario monumental destinado a exaltar la memoria del emperador.

Bajamos las escaleras para ver la cripta la tumba se sitúa en el centro de un vacío abierto en el pavimento de la iglesia superior, de modo que el visitante, al entrar, contempla primero el conjunto desde arriba y luego debe descender o rodear la balaustrada para aproximarse. Este diseño crea una puesta en escena cuidadosamente pensada: obliga a mirar hacia abajo, en un gesto que recuerda una inclinación de respeto.

Sarcófago de la Tumba de Napoleón en Los Inválidos de París

El sarcófago exterior, de enormes proporciones, está elaborado en cuarcita roja —a menudo confundida con pórfido— y descansa sobre un sólido pedestal de granito verde. En realidad, el cuerpo del emperador se encuentra protegido por varios ataúdes encajados uno dentro de otro, una práctica habitual en funerales de gran dignidad: ataúd de hierro, de caoba, de plomo y de ébano, hasta quedar depositado dentro del gran sarcófago monumental.

El suelo circular que rodea la tumba presenta una corona con los nombres de las principales victorias militares de Napoleón, como Austerlitz, Jena, Wagram y Marengo. En los muros de la cripta se disponen relieves escultóricos que representan sus reformas civiles y administrativas, como el Código Civil, la organización del Estado, la educación y la justicia. De este modo, el monumento no solo glorifica al estratega militar, sino también al legislador y reformador.

Cripta de la Tumba de Napoleón en Los Inválidos de París

La luz natural que desciende desde la cúpula crea un ambiente solemne y casi teatral. El dorado de la cúpula contrasta con el rojo oscuro del sarcófago, generando una atmósfera de grandeza imperial. El silencio del espacio, la escala monumental y la simetría arquitectónica intensifican la sensación de solemnidad.

En criptas cercanas reposan también miembros de la familia Bonaparte, como su hijo Napoleón II, así como destacados mariscales del Imperio. Todo el conjunto refuerza la idea de un panteón imperial integrado en el corazón militar de Francia.

Alrededor de la tumba de Napoleón Bonaparte, bajo la cúpula del Dôme des Invalides en el complejo de Les Invalides en París, se encuentran varias sepulturas de gran relevancia histórica que convierten el lugar en una auténtica necrópolis del Imperio y de la memoria militar francesa.

En criptas situadas alrededor del gran sarcófago central descansan miembros de la familia Bonaparte. Entre ellos se encuentra Napoleón II, conocido como el “Rey de Roma”, hijo del emperador y de María Luisa de Austria. Sus restos fueron trasladados desde Viena a París en 1940 y reposan en una tumba cercana a la de su padre, reforzando el simbolismo dinástico del conjunto.

Tumba de Foch de la Tumba de Napoleón en Los Inválidos de París

También se halla la tumba de Joseph Bonaparte, hermano mayor de Napoleón y rey de Nápoles y posteriormente de España, así como la de Jérôme Bonaparte, el hermano menor que fue rey de Westfalia. Estos sepulcros subrayan la dimensión familiar del Imperio napoleónico y su intento de consolidar una nueva dinastía europea.

Además de la familia imperial, el Dôme alberga los restos de importantes mariscales y figuras militares del Primer Imperio. Entre ellos destacan Louis-Alexandre Berthier, príncipe de Neuchâtel y uno de los colaboradores militares más cercanos al emperador; Hubert Lyautey, mariscal de Francia y figura clave del periodo colonial; y Ferdinand Foch, comandante supremo de las fuerzas aliadas durante la Primera Guerra Mundial. La presencia de Foch y Lyautey amplía el significado del lugar más allá del periodo napoleónico, integrando la memoria militar francesa de distintas épocas.

Es la hora de la comida y no hemos visto ni la mitad, sin salir del recinto hay un foot track que sirve comida ligera, pedimos dos Hot dog y una ensalada vegana, que no había quien se la terminase, con la bebida 40 euros, esto señores es París.

Continuamos la visita al monumento visitando la catedral de Saint Louis, está iglesia es muy nacionalista expone todas las banderas de las más importantes batallas. No tiene mucho que reseñar porque la decoración es escasa.

Iglesia de Los Inválidos de París

Por último, vemos la Iglesia de Los Inválidos, integrada en el complejo monumental de Les Invalides en París, es mucho más que un edificio religioso: representa la unión entre fe, monarquía y tradición militar que marcó profundamente la historia de Francia.

El proyecto fue impulsado en 1670 por el rey Luis XIV, el llamado Rey Sol, con el objetivo de ofrecer alojamiento, atención médica y dignidad a los soldados veteranos que habían servido a la corona. En una época en la que no existían sistemas públicos de pensiones, esta institución supuso una innovación social y política de gran relevancia. El conjunto incluía dormitorios, hospital, patios, refectorio y una iglesia destinada al culto.

Arquitectónicamente, el complejo religioso está formado por dos iglesias comunicadas pero diferenciadas: la Église Saint-Louis des Invalides y la iglesia del Dôme. La primera, pensada para los soldados, presenta una decoración relativamente sobria, aunque en su interior destacan centenares de banderas y estandartes militares colgados de las bóvedas, muchos de ellos capturados en batallas históricas. Estos símbolos convierten el espacio en una auténtica memoria visual de las campañas francesas.

Iglesia de Los Inválidos de París

La iglesia del Dôme, diseñada por el arquitecto Jules Hardouin-Mansart, es la parte más espectacular del conjunto. Su cúpula dorada, recubierta con pan de oro y renovada en varias ocasiones, alcanza más de 100 metros de altura y se convirtió en uno de los grandes referentes del barroco clásico francés. Inspirada parcialmente en la basílica de San Pedro del Vaticano, la estructura combina armonía, simetría y monumentalidad, elementos característicos de la arquitectura al servicio del absolutismo real.

El interior del Dôme es luminoso y solemne. Las pinturas y decoraciones de la bóveda exaltan la gloria divina y el poder real. Con el paso del tiempo, el lugar evolucionó hacia un panteón militar nacional. En 1840 se decidió trasladar allí los restos de Napoleón Bonaparte, que hoy reposan bajo la cúpula en una cripta monumental. Posteriormente, también fueron enterrados allí destacados militares franceses como Ferdinand Foch y Hubert Lyautey, ampliando el significado del lugar como santuario de la memoria militar francesa.

Altar Mayor de la Iglesia de Los Inválidos de París

Durante la Revolución Francesa, el complejo sufrió transformaciones y pérdidas, pero mantuvo su función simbólica. En la actualidad, además de conservar su carácter religioso, forma parte del Musée de l'Armée, que expone colecciones que abarcan desde la Edad Media hasta el siglo XX.

Visitar la Iglesia de Los Inválidos es recorrer varios siglos de historia francesa en un solo espacio. Es contemplar la ambición del absolutismo, la gloria imperial y la memoria republicana bajo una misma cúpula dorada. El silencio solemne, la escala monumental y la riqueza artística convierten la experiencia en una de las más impactantes de París, donde arquitectura, política y memoria se funden en un mismo escenario.

Campo de Marte de París

A la salida vemos que la calle está tomada por la Policía Nacional, ya en la mañana habíamos visto mucho movimiento. La parada del bus indica que Ferme por manifestación. Pronto vemos en las noticias de París que hoy hay huelga general nacional y se celebra una manifestación que termina en la plaza donde estamos.

Pies en polvorosa en dirección del Parque de Marte desde donde comienza la panorámica más bonita de París con la Torre Eiffel y al fondo Trocadero.

Nos vamos acercando a la Torre Eiffel interactuando con su arquitectura y haciendo las mismas tonterías de los Youtubers.

El Parc du Champ-de-Mars, situado en el corazón de París, es mucho más que un amplio jardín urbano: es un espacio cargado de historia, simbolismo y proyección cultural. Se extiende desde la École Militaire hasta la imponente Torre Eiffel, formando un eje visual perfecto que combina arquitectura monumental y paisaje abierto. Su nombre, que significa “Campo de Marte”, hace referencia al dios romano de la guerra, ya que en el siglo XVIII fue concebido como terreno para maniobras militares de los cadetes de la escuela militar cercana.

Campo de Marte de París

Con el paso del tiempo, el lugar dejó atrás su función castrense y se convirtió en escenario de acontecimientos fundamentales de la historia francesa. Durante la Revolución Francesa acogió la Fiesta de la Federación en 1790, una celebración multitudinaria que simbolizaba la unidad nacional, así como episodios más conflictivos que marcaron el rumbo político del país. Más adelante, en 1889, la construcción de la Torre Eiffel para la Exposición Universal transformó definitivamente el parque en un icono mundial.

Además de su importancia histórica, el Campo de Marte posee un fuerte protagonismo en el imaginario cinematográfico. Gracias a su vista directa de la Torre Eiffel y a su amplitud, ha sido escenario de numerosas producciones internacionales que buscan capturar la esencia romántica y monumental de París. En la película de James Bond A View to a Kill, se muestran secuencias ambientadas en la capital francesa que incluyen la silueta inconfundible de la Torre Eiffel y sus alrededores, reforzando la imagen de sofisticación y elegancia asociada al lugar. Asimismo, el parque y su entorno aparecen en cintas como Midnight in Paris, donde la ciudad se presenta como un espacio nostálgico y artístico, y en producciones románticas como Paris Can Wait, que exaltan la belleza cotidiana de la capital francesa.

Torre Eiffel de París

El Campo de Marte también ha sido escenario frecuente de documentales, transmisiones televisivas y eventos masivos, como celebraciones del Día Nacional de Francia y espectáculos de fuegos artificiales que iluminan la Torre Eiffel y se reflejan en la vasta explanada verde. En la actualidad, el parque es punto de encuentro para residentes y visitantes que disfrutan de picnics, paseos y actividades culturales al aire libre.

La Torre Eiffel no es solo una estructura de hierro que se eleva sobre París; es un suspiro detenido en el cielo, una promesa vertical que parece unir la tierra con los sueños. Desde el verde del Parc du Champ-de-Mars, su silueta se alza como una delicada filigrana metálica, ligera a pesar de su fuerza, elegante incluso en su firmeza.

Nació como un desafío, como una obra audaz que muchos no comprendieron al principio. Sin embargo, el tiempo la convirtió en el corazón palpitante de la ciudad. Diseñada por el ingeniero Gustave Eiffel, fue pensada para celebrar el progreso y la modernidad, pero terminó representando algo mucho más profundo: el espíritu romántico de París.

Torre Eiffel de París

Al amanecer, la torre despierta envuelta en tonos dorados, como si el sol la acariciara primero a ella antes que a cualquier otro rincón de la ciudad. Al caer la noche, se transforma en un faro de luces titilantes, un vestido de estrellas que brilla sobre el Sena. Cada destello parece un guiño cómplice para los enamorados que se prometen eternidad bajo su sombra.

Miles de historias han comenzado a sus pies: declaraciones temblorosas, abrazos largos, silencios llenos de significado. La Torre Eiffel observa todo desde su altura serena, guardiana de secretos, testigo discreta de besos que se funden con la brisa parisina. No juzga, no interrumpe; simplemente permanece, como una presencia fiel que acompaña el paso del tiempo.

Más que hierro y remaches, la torre es emoción. Es la certeza de que la belleza puede surgir de la audacia, que lo que alguna vez fue criticado puede convertirse en símbolo universal. Es el recuerdo de que el amor, como ella, se sostiene con firmeza cuando está bien construido y se ilumina mejor en la oscuridad.

Torre Eiffel de París

En la actualidad no se puede acceder como antaño a la base de La Torre Eiffel, desde los atentados en París, han vallado el recinto con cristaleras y para acceder hay que pagar una cantidad y pasar un estricto control de seguridad.

Vemos que los ascensores de la torre no funcionan y un cartel indica que por la Huelga General Nacional el monumento está Ferme, pero, ahora viene la parte buena, se puede acceder al interior de la torre gratuitamente.

Fuente de la Plaza de la Concorde de París

Después de disfrutar de este privilegio y de llenar la memoria del teléfono con la imagen de la torre abandonamos el perímetro.

Pasamos por el parking donde dormíamos hace muchos años en nuestra autocaravana que está justo desde donde salen los barcos por el Sena. En aquel entonces dormir viendo la Torre Eiffel era un privilegio de muy pocos, ahora es misión imposible

Intentamos llegar hasta Trocadero pero está todo vallado y no se puede acceder, lo están rehabilitando.

Obelisco de la Plaza de la Concorde de París

Decidimos volver a casa cogemos allí el bus que nos deja en la Plaza de la Concorde, es la más bonita y monumental. Solamente nos queda el metro en la línea 12 hasta Port de la Chapelle donde nos espera el bus 350 que nos deja en la feria.

Día 3 de octubre (viernes)
Ruta: París

La noche en el parking Parking de Exposiciones de L Bourget GPS N48.946022 E2.428654 de la Feria de París ha sido muy buena, tanto que nos hemos levantado a las 9:00 horas.

Hoy para bajar al centro de París nos lo hemos jugado a la ruleta rusa, el autobús primero en llegar es el que tomamos y luego ya adaptamos el recorrido. Tomamos el bus número 152, y nos bajamos en la primera parada de la línea 7 Rosa, estación 8 de mai de 1945, luego varias estaciones hasta Opera.

Nuestro primer destino del día es la Ópera Garnier GPS N48.8719732 E2.3290265 situado en la Plaza de la Opera, precio 15 euros.

Nunca hubiéramos imaginado un edificio tan bonito, es como entrar en un cuento de hadas. La gente lo sabe y muchos van vestidos para fotografiarse en su interior porque ofrece tantos rincones y recursos que es aprovechado por los inflencers. Ellas llevan sus mejores galas, como transparencias, faldas cortísimas, vestidos súper largos, botas altas, medias de todo tipo. Lo importante es reflejar el espíritu dentro de un verdadero Palacio.

La Palais Garnier, conocida como la Ópera Garnier, no es solo un teatro: es un palacio donde la arquitectura se convierte en espectáculo antes incluso de que se alce el telón. Situada en el corazón de París, fue inaugurada en 1875 tras más de una década de construcción, como parte del ambicioso proyecto de transformación urbana impulsado por el barón Haussmann durante el Segundo Imperio. Su creador, el joven y entonces poco conocido arquitecto Charles Garnier, concibió el edificio como una obra total, donde cada elemento —desde la fachada hasta los más mínimos detalles decorativos— formara parte de una experiencia sensorial completa.

El exterior del edificio es una sinfonía de piedra, mármol y dorados. Columnas monumentales sostienen una fachada ricamente ornamentada con esculturas alegóricas que representan la Música, la Danza, la Armonía y la Poesía. Las cúpulas verdes y los detalles en oro capturan la luz parisina y hacen que el edificio parezca vibrar incluso en silencio. No fue diseñado para pasar desapercibido, sino para afirmar el poder cultural y artístico de Francia.

Al entrar, el visitante se encuentra con la famosa Gran Escalinata, un despliegue teatral de mármoles policromos, barandillas elegantes y balcones abiertos. Este espacio no era simplemente un acceso a la sala, sino un escenario social donde la aristocracia y la burguesía se mostraban antes de la función. En el siglo XIX, asistir a la ópera era tanto un acto cultural como un acontecimiento social. Cada paso sobre la escalinata era parte de una coreografía silenciosa de miradas, vestidos y gestos.

El auditorio, con capacidad para más de 1.900 espectadores, está diseñado en forma de herradura, siguiendo la tradición italiana. El terciopelo rojo, las molduras doradas y la gran lámpara central crean una atmósfera cálida y envolvente. Sobre el techo, el pintor Marc Chagall añadió en 1964 una obra vibrante y colorida que representa escenas de grandes compositores, aportando un contraste moderno dentro del marco clásico. Esta combinación de tradición y modernidad simboliza la continuidad viva del arte.

Bajo el escenario y en los niveles subterráneos se esconde uno de los aspectos más fascinantes del edificio: un enorme depósito de agua subterráneo, construido para estabilizar los cimientos en un terreno húmedo. Este espacio alimentó la imaginación del escritor Gaston Leroux, quien situó allí parte de la acción de su novela The Phantom of the Opera. Desde entonces, la figura del “fantasma” forma parte inseparable del aura misteriosa del teatro, reforzando su dimensión romántica y legendaria.

A lo largo de su historia, la Ópera Garnier ha sido escenario de estrenos memorables, galas imperiales, transformaciones políticas y acontecimientos culturales que reflejan la evolución de Francia. Aunque desde 1989 la mayor parte de las representaciones de ópera se realizan en la Ópera Bastilla, el Palais Garnier sigue siendo la sede principal del Ballet de la Ópera de París, una de las compañías más prestigiosas del mundo.

Más allá de su función artística, la Ópera Garnier es un símbolo. Representa la idea de que el arte puede tener un hogar tan grandioso como las emociones que despierta. Cada lámpara encendida, cada acorde que resuena bajo su cúpula, cada aplauso que estalla en su sala confirma que este palacio no fue construido solo con piedra y oro, sino con la ambición de celebrar la belleza en su forma más sublime.

 

Cuando salimos es la hora de almorzar, entramos en el dilema diario. Afortunadamente hoy tenemos más éxito, estamos cerca de las Galerías La Fayette y tiene un espacio Gourmet, es parecido a la Boqueria en Barcelona o al mercado de san Miguel en Madrid, pero aquí los precios son mucho mejores. Nos tomamos sendas bagettes con la bebida por 18 euros los dos.

Enfrente está todo el complejo de la Galería La Fayette, nunca habíamos entrado. Lo primero que vemos es el espacio de Dior con sus bonitos bolsos, precio 5000 euros unidad, preguntamos a la vendedora por los modelos exclusivos de 50.000 euros y nos lleva ante la vitrina, son como los anteriores y le añaden un cero más porque están hechos de piel de cocodrilo. Es un claro ejemplo de lo disparatado de este mundo.

Nos quedamos admirados con la arquitectura de la tienda con una antigüedad de 150 años, seguro que fue el primer centro comercial del mundo.

Las plantas están construidas en redondo como una plaza de toros, cubierta con una bonita bóveda de cristal. Para los que conocen Madrid, os acordáis de la tienda de SEPU en la Gran Vía, ahora es Primark, pues estoy seguro que copiaron su arquitectura, pero le falta la bóveda.

Sin quererlo llegamos a otro espacio Instragramers en la Galería, han colocado una pasarela de cristal suspendida bajo la bóveda que puedes hacer maravillosas tomas. Desgraciadamente hay que conseguir invitaciones descargándose un código QR, pero el chico de la puerta habla español y le cuento el rollo que soy analógico y sénior y nos deja entrar. Disfrutamos como enanos asomados al vacío.

Otro punto Instragramers dentro de la Galería La Fayette es la terraza, han colocado una valla de cristal y a tus pies tienes la panorámica de todo París, desgraciadamente empieza a llover y desmerece un poco la ocasión para poner posturitas.

Desde la estación La Fayette cogemos el metro para ir a nuestro segundo punto del día, se trata de La Casa Roche, obra del gran arquitecto Le Corbusier, precio 10 euros.

Esta casa fue construida para Raoul La Roche, un banquero y coleccionista de arte suizo, y se caracteriza por su diseño innovador y su integración de arte y arquitectura.

La casa se divide en dos partes: una galería para exponer la colección de pinturas de La Roche y sus apartamentos privados. El diseño de la casa se basa en los cinco puntos de la arquitectura moderna de Le Corbusier, que incluyen el uso de pilotes, la fachada libre, la planta libre, la ventana horizontal y la cubierta-jardín.

La Casa La Roche es un ejemplo de cómo la arquitectura moderna puede ser funcional y estética al mismo tiempo. Su diseño innovador y su integración de arte y arquitectura la convierten en una obra maestra de la arquitectura moderna.

En estos momentos exponen en sus paredes cuadros obra de Liliane Tomasko, es una artista reconocida nacida en Zurich que vive en New York, su obra me recuerda mucho a Joan Miro.

Y por último queremos visitar la calle más chip de París y que está en el ojo de los Instragramers, es la rue Cremieux, se ha puesto de moda porque es como un pueblo dentro de la voragine de París.

Este barrio es más residencial con casas bajas con ventanas y puertas de colores donde los vecinos han decorado sus aceras con grandes macetas. Desgraciadamente cuando lo visitamos llueve, pero los Instragramers están a buen recaudo.

Solamente nos queda tomar el metro hasta la linea 7 Rosa y llegar a la última estación 8 mai 1945. Allí pasa nuestro bus 152 que nos deja en la Feria Le Bourget.

Hasta mañana!

 

Día 4 de octubre

Ruta: París

La noche ha sido muy extraña porque ha soplado el viento con fuerza,cuando nos levantamos en el exterior hace una muy buena temperatura 19°c esto creo que es una vaguada meteorología porque empieza a llover y el termómetro baja rápidamente.

Con el día tormentoso salimos con el paraguas porque llueve de verdad.

Hoy el primer autobús que llega es el 350 que nos deja de una manera precipitada en la Port de la Chapelle, metro linea 12 verde hasta Concord y un bus nos acerca hasta la puerta de Petit Palais, se trata del Museo de Bellas Artes de París.

Es un gran olvidado para el público turístico, la entrada es gratuita a los fondos del Museo.

Es un museo que tiene importantes obras de arte de todos los siglos y de todos los estilos.

El Museo de Bellas Artes de París, Petit Palais, alberga una impresionante colección de obras de arte. Entre las pinturas más destacadas se encuentran "Autorretrato con perro" de Rembrandt, "Las Tres Bañistas" de Cézanne, "Puesta de sol sobre el Sena en Lavacourt, efecto de invierno" de Monet. La colección también incluye obras de Fragonard, Greuze, David, Géricault, Delacroix, Courbet, Pissarro, Renoir, Sisley y otros maestros.

El museo cuenta con una sección de arte gráfico y artes decorativas, con obras de artistas como Gallé, Fouquet y Lalique.

Cuando terminamos decidimos comer en el museo pedimos menú fórmula un fish and chips a la francesa con postre y bebida precio ambos 58, 50 euros.

Justo enfrente se encuentra el Grande Palais, entrada gratuita.

Este museo es una verdadera barbaridad por la cantidad de exposiciones y publicidad, aunque la posibilidad de entrada gratuita para ver su arquitectura, es la que elegimos nosotros.

El Grand Palais de París es un edificio emblemático que destaca por su estilo ecléctico y su rica decoración, característico de la Escuela de Bellas Artes de París. Su arquitectura refleja el gusto por la ornamentación y la grandiosidad de la época de la "Belle Époque". La fachada principal está constituida por una columnata o peristilo, obra de Deglane, inspirada en la concebida por Claude Perrault para el Louvre en tiempos de Luis XIV.

La estructura metálica y vidriera de la cubierta es una gran novedad para la época, con una estructura de hierro y acero vista, y un gran acristalamiento que proporciona luz natural al interior. El peso de metal utilizado supera las 7.000 toneladas, comparable al de la Torre Eiffel. Los frisos exteriores son un extenso mosaico de cerca de 75 metros de longitud, realizado según técnicas tradicionales, y ofrecen la vista de una larga banda de colores vivos, realzados con oro.

El Grand Palais fue concebido como un monumento dedicado a la gloria del arte francés y ha sido testigo de la evolución del arte moderno y de los avances de la civilización durante el siglo XX. En la actualidad, alberga diversas exposiciones y eventos culturales. Su arquitectura y diseño lo convierten en un destino imprescindible para los amantes del arte y la historia..

Un autobús nos lleva hasta la puerta.del Museo Cernuschi, entrada a los fondos permanentes es gratuita.

El Museo Cernuschi es un museo de arte asiático ubicado en París, especializado en arte de China, Japón, Corea y Vietnam. Con más de 12,000 obras en su colección, es uno de los museos más antiguos de París y una de las cinco principales colecciones de arte chino de Europa.

La colección permanente incluye más de 900 obras de arte chino, bronces chinos, cerámica y estatuas.

Solamente nos queda regresar a casa.

Hasta Mañana.

Día 5 de octubre

Ruta: París -Burdeos

La noche ha sido tranquila en el parking de la Feria Le Bourget.

Hoy es el último día de feria y oficialmente tenemos que abandonar el parking antes de las 21;30 horas.

Decidimos hacer unas compras en el mercadillo de la plaza 8 de mai de 1945. Es una espacie rastro donde encuentras todo tipo de cosas destinadas principalmente a los inmigrantes de todas partes del mundo.

Son cosas nuevas a unos precios de derribo, hay tiendas para Indios, para marroquíes, pakistaníes etc.

Compramos unas camisetas a buen precio y comida marroquíes, vemos el aceité de oliva a mejor precio que en Marruecos.

Sobre las 12;30 partimos para Burdeos. Atravesar París de norte a sur nunca es tarea fácil, incluso en un día como hoy en domingo, tardamos más de una hora.

Vamos hacer los primeros 400 km por peajes, el precio supera los 65 euros y el resto de 20O km por autovía gratuita.

Llegamos a Burdeos sin muchos problemas y nos quedamos a dormir en el Centro Comercial Le Lac. GPS N44.877753 W0.566140

Hasta mañana!

Día 6 de octubre

Ruta: Burdeos-Madrid

La noche en el parking del centro comercial Le Lac ha sido muy tranquila, siempre a las 7,30 escuchas las maquinas limpiando y el ajetreo de los camiones.

Hacemos una compra de productos franceses en el Auchan, compramos calamares frescos a 9 euros, mejillones franceses son pequeños pero muy buenos de sabor, muslos de canard, pan, vino, yogueres, etc.

Vamos hasta la estación de servicios Auchan para repostar combustible estimado hasta la llegada a la frontera española, echamos 32 litros a 1.558€, el mejor precio de toda Francia. GPS N44.883873 W0.563017 .

Llegamos a la frontera de Irun donde paramos a comer en el parking reservado para autocaravanas GPS 43.3434302 W1.7605419 .

Luego repostamos en la gasolinera más barata low cost de Irun Gasolinera Bidasoil GPS N 43.335841 W1.7527704.

El resto del viaje lo hacemos con normalidad el indicador parcial indica que hemos recorrido 2742 km. a una media de consumo 10.9 litros.

FIN

 

-FIN-

 

 

 

 

A. López

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